Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, OFMCap, obispo
de Reconquista en la misa de presentación de monseñor Dus como obispo
auxiliar de la diócesis
2 de octubre de 2005
La Palabra de Dios que acabamos de oír es muy oportuna para el
momento que estamos viviendo en nuestra Iglesia particular. Ella, la
Iglesia, es la viña plantada por el Señor. Por lo tanto, es propiedad
de él y no nuestra. Él es el dueño, a él pertenecemos y por él
existimos. Él es la “piedra angular” y “la obra del Señor admirable a
nuestros ojos”, como nos dice hoy la Escritura. La Iglesia es una
invención de Dios y no de los hombres. Por eso, es él quien la cuida,
él quien se encarga de podarla y darle su propia vida: la vida del
Espíritu. Él nos elige a cada uno de nosotros por amor y nos llama a
trabajar en ella y hacerla verdadera casa y escuela de comunión y
solidaridad, para que sea fermento de una humanidad nueva en medio del
mundo. ¡Qué importante es para todos, especialmente para nosotros
obispos, presbíteros, diáconos y seminaristas, elegidos y llamados por
el Señor, que meditemos con frecuencia a quién pertenecemos y a quién
pertenece la viña en la que trabajamos!
El Señor ha
tenido una particular atención con nuestra Iglesia diocesana, al
entregarnos un obispo auxiliar. El Señor, que es el dueño de esta
viña, ha visto nuestra necesidad y se mostró atento y cuidadoso con
nosotros. Nos manifestó su misericordia y su bondad utilizando
diversos caminos. En primer lugar, lo hizo a través de la persona del
Su Santidad Benedicto XVI, quien ha visto la necesidad de nuestra
Iglesia y la ha socorrido con este nombramiento. Muy importantes
fueron las gestiones que realizaron el sr. Nuncio Apostólico en la
Argentina y el sr. Cardenal Presidente del CELAM. Ese cuidado del
Señor por su viña, se mostró también patente a través de nuestra
hermana Iglesia de Paraná, en la persona de su arzobispo Mons. Mario
Maulión, quien en seguida puso a disposición de la Iglesia al entonces
Rector de su Seminario. La generosa aceptación de Mons. Ramón Alfredo
Dus para ejercer este ministerio episcopal entre nosotros, fueron,
entre otras señales, una expresión clara del cuidado que el Señor
tiene por su viña y por cada uno de nosotros. Esto nos llena de
alegría y nos impulsa a renovar nuestra fe en el Señor Jesucristo y en
la Iglesia, su viña, y a comprometernos más en trabajarla para que
refleje mejor el amor de Dios en los ambientes donde vivimos.
Mons. Ramón fue
nombrado Obispo Auxiliar. Como tal, es el principal colaborador del
Obispo Diocesano en el gobierno de la Diócesis, a quien las funciones
que cumple en el CELAM privan de tiempo para poder responder a todas
las necesidades pastorales de nuestra Iglesia. El Obispo Auxiliar no
viene a reemplazar al Obispo Diocesano, sino a colaborar con él en el
gobierno de la Diócesis. Él viene para ayudarnos a vivir con más
convicción y entusiasmo la alegría de la fe, y descubrir cada vez más
la alegría de ser amados personalmente por Dios en Jesucristo.
A los obispos nos
vienen muy bien las palabras que, hace pocos días, el Santo Padre
dirigió a los nuevos obispos recordándoles que “dando los primeros
pasos en el ministerio episcopal [ustedes] se dieron cuenta de cuán
necesaria es la humilde confianza en Dios y el coraje apostólico, que
nace de la fe y da sentido y responsabilidad al Obispo” (Benedicto
XVI, Discurso a los nuevos Obispos, 19.09.2005). Entre sus
deberes, les decía el Papa, y “como sucesores de los apóstoles,
ustedes son maestros de la fe, doctores auténticos que ante todo
anuncian al pueblo con la misma autoridad de Cristo la fe que hay que
vivir y creer”. Este magisterio de la fe tiene hoy una importancia muy
grande porque vivimos “en un marco social y cultural en el que actúan
múltiples fuerzas, que tienden a alejarnos de la fe y la vida
cristiana” (Benedicto XVI, A los participantes en el Congreso
eclesial de la Diócesis de Roma, 06.06.2005).
Hay tres
acontecimientos eclesiales que me gustaría recordar con ustedes: uno
local, otro continental y otro universal. El acontecimiento local se
refiere al camino que estamos haciendo hacia el Jubileo diocesano.
Necesitamos intensificar nuestra preparación porque estamos caminando
demasiado lentamente. Exhorto firmemente a todos, en primer lugar a
los párrocos y vicarios, en seguida a los miembros de la Comisión para
el Jubileo diocesano, y por último a todos los fieles, dejémonos
interpelar por la fuerza del lema jubilar “Abramos el corazón a Cristo
y anunciemos con María la esperanza”. Y pongamos manos a la obra,
asumiendo con nuevo ardor sobre todo la misión diocesana.
El acontecimiento
continental se refiere a la preparación de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano. En las próximas semanas seremos
convocados a dar nuestro aporte a esa preparación. Esto será una gran
ocasión para renovar nuestra vida en Cristo, para ser sus discípulos y
misioneros, y disponernos a una gran misión continental hacia la que
apunta la V Conferencia General.
El tercer
acontecimiento es el Sínodo de los Obispos, convocado para la clausura
del Año de la Eucaristía y cuya solemne apertura se celebró hoy en
Roma. El tema de este Sínodo es: La Eucaristía: fuente y cumbre de
la vida y de la misión de la Iglesia, que nos habla de la
insustituible centralidad del misterio eucarístico en nuestra vida y
nos advierte sobre la necesidad e importancia de la participación en
la Misa dominical. Así como la Iglesia vive de la Eucaristía, así el
obispo, el presbítero, los catequistas, el matrimonio y la familia
cristiana, y cada fiel cristiano, viven de la Eucaristía. Caso
contrario, empieza a debilitarse la vida de fe, se va perdiendo
progresivamente la verdadera imagen de Dios y se la sustituye por
sentimientos religiosos vagos y pasajeros. Hagamos, como nos pide el
Santo Padre, que este maravilloso sacramento “deje en el corazón de
los fieles el deseo de arraigar cada vez más toda su vida en la
Eucaristía”.
Los tres
acontecimientos están íntimamente ligados entre sí: la acción
principal de nuestro Jubileo es la misión diocesana; la V Conferencia
General también mira hacia la misión continental; y el Sínodo nos
habla sobre la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la
Iglesia. Todo nos impulsa a la misión. “Tácitamente
o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creen
verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican
verdaderamente lo que viven? Hoy más que nunca el testimonio de vida
se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia
real de la predicación” (Evangelii Nuntiandi, n. 76).
¡Qué
enorme riqueza está a nuestra disposición! ¡Cuántos cuidados y
atenciones tiene el Señor con nosotros, su viña predilecta! ¡Y qué
impresionante es la tarea que el Señor nos encomienda! Pero él es la
“piedra angular”, “la obra del Señor admirable a nuestros ojos”, por
eso confiamos y nos encomendamos a él, suplicándole que nos enseñe a
ser verdaderos “padres, amigos y hermanos” (Pastores gregis, n.
12) del pueblo que él nos ha confiado.
Para finalizar,
tomo prestadas las palabras de nuestro querido Juan Pablo II: “Que la
Santa Madre de Dios sea para nosotros, maestra en escuchar y cumplir
prontamente la Palabra de Dios, en ser discípulo fiel al único
Maestro, en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la
ardiente caridad” (Pastores gregis, n. 14). Que así sea.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista |