Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, OFMCap, obispo
de Reconquista
en la misa por la fiesta de la Inmaculada Concepción
Iglesia catedral -
8 de diciembre de 2005
La imagen
de la Inmaculada Concepción, que transportamos en la carroza,
hermosamente adornada para esta ocasión, atrae nuestras miradas.
Ante el misterio que representa esa imagen nos estremecemos.
Sentimos que Dios hizo grandes cosas en ella desde que fue concebida
sin pecado, hasta su total disponibilidad a la voluntad divina.
Aquello que Dios no pudo hacer con Eva y con Adán, lo pudo hacer más
tarde con el sí de María. Adán y Eva, encantados con probar cómo se
vivía sin Dios, terminaron mal entre ellos y buscaron un lugar donde
esconderse. “Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?” Ante
esta pregunta de Dios, no hubo lugar que sirviera para ocultarse.
Hoy tampoco existe ese lugar.
En los
comienzos de la humanidad Dios llamó a Adán y Eva para que vivieran
en amistad con Él, se trataran con amor entre ellos y se dedicaran a
transformar la creación, para hacerla un lugar bello y habitable
para todos. Pero ellos se dejaron encandilar por otro proyecto. Un
proyecto que les sugería vivir sin Dios y pensaron que así les iría
mucho mejor y serían felices sin esfuerzo ni sudor, sin sacrificarse
ni trabajar. Les fue muy mal. Como hoy a nosotros, cuando
pretendemos organizar nuestra convivencia social al margen de Dios y
desconociendo las leyes que él puso en la naturaleza humana y en la
creación entera. Sin embargo, a pesar de escondernos y de acusarnos
unos a otros, como lo hicieron Adán y Eva, Dios, en su misericordia
continúa llamándonos y proponiéndonos su amistad.
Fue así
como, en el momento oportuno, Dios llamó a María de Nazareth para
que colaborara con Él en la obra de salvación del género humano. A
diferencia del primer hombre, María no estaba escondida cuando el
Ángel de Dios la visitó. No era necesario que Dios le dijera ¿dónde
estás?, porque ella estaba allí, como una verdadera amiga de Dios.
Esa amistad la llenaba de su presencia. Por eso el Ángel la saludó
diciéndole “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Y
aunque la propuesta de Dios era incomprensible para María, ella
confió en su amistad y se puso toda a su disposición. Entonces Dios
hizo maravillas con ella: a través de María Dios encontró la puerta
adecuada para entrar y hacerse cargo de nuestra condición humana.
Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero, Hijo de la Virgen
Madre, es la obra más grande del Amor de Dios por nosotros. Por eso
san Juan, contemplando esa maravillosa obra, dejará escrito para
siempre en su evangelio: Dios es Amor.
Así como
María engendró a Dios por su total disponibilidad al querer de Dios,
así lo hace también la Iglesia. Nosotros miramos a María y nos damos
cuenta lo que Dios está haciendo en nosotros. En María contemplamos
un anticipo de la Iglesia. Un anticipo es un adelanto de algo que
está por venir. Algo que de alguna manera ya está, pero no
totalmente. Eso es un anticipo. María es como un avance de lo que
Dios está haciendo con su Iglesia y en cada uno de nosotros. Por
eso, al contemplar ese anticipo, el corazón se nos llena de gozo, de
fe y de esperanza, porque eso que Dios hizo con María lo viene
haciendo en la Iglesia, y en la vida de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad.
De un
modo especial, reconocemos agradecidos la obra que Dios hizo en
nuestra Iglesia Diocesana durante la últimas cinco décadas. El
Jubileo es, sobre todo, ese gozo que sentimos por la obra que Dios
hace en medio de su Pueblo. Pero, al mismo tiempo, es una
oportunidad única para convertir nuestra vida a Dios, que consiste
en amarlo a Él y a nuestro prójimo.
Hoy
estamos concluyendo el segundo año de preparación al Jubileo
Diocesano. Lo hemos dedicado al Matrimonio y la Familia, primera
imagen del Amor de Dios. Durante este año hemos visto cómo la
Eucaristía es fuente, centro y cumbre del Matrimonio y de la
Familia; hemos reflexionado también sobre la Familia como la primera
escuela donde aprendemos a convivir con los demás y a orientar
nuestra vida hacia el bien común.
Por eso,
la carroza de la Virgen representa el año que hemos dedicado al
Matrimonio y la Familia. Son muchos los matrimonios y las familias
que han participado en las reflexiones y actividades que se
realizaron a lo largo del año. Otras han perdido, lamentablemente,
esta oportunidad. Podríamos decir que algunas familias se “llenaron
de gracia” y sintieron que el Señor Jesús está con ellas. En cambio,
otras, tal vez tengan que animarse a “oír la voz de Dios” que se
pasea por el jardín de sus vidas y les pregunta: “¿Dónde estás”? A
estas familias les decimos: vengan, no vale la pena vivir
escondiéndose de Dios, no hay lugar donde esconderse de su
presencia. Vengan, Él nos llama, para que juntos construyamos la
Iglesia de Dios.
Estamos
iniciando el último año de preparación al Jubileo Diocesano, cuya
magna fecha se cumplirá el 11 de febrero de 2007. Este año lo vamos
a dedicar a la Iglesia. La Iglesia es la casa de Dios y la puerta
del cielo. También a María la invocamos así: Casa de Dios y Puerta
del Cielo. María es Casa de Dios porque está llena de Él. También la
Iglesia, que formamos todos está llena de Dios. Con inmensa alegría
y gratitud podemos comprobar que entre nosotros hay muchas personas,
niños, jóvenes, adultos y ancianos, cuyas vidas están llenas del
Amor de Dios. El testimonio de estos hermanos hace que la Iglesia
sea también puerta del cielo.
Sin
embargo, humildemente reconocemos que debemos trabajar mucho todavía
para hacer de nuestra Iglesia casa de Dios. Necesitamos rellenar los
huecos de nuestro egoísmo; tapar las goteras por las que se filtra
la desesperanza y la increencia; reparar las grietas que se producen
por el incumplimiento de nuestros deberes religiosos; rasquetear a
fondo y embellecer nuestro compromiso como católicos y ciudadanos
con los valores del Evangelio. Entonces la casa de Dios será también
para nosotros y para los demás puerta del cielo.
Permítanme ahora recordar que no existe casa espiritual sin un lugar
donde sus miembros puedan reunirse. Toda comunidad de bautizados
necesita un techo. Lo mismo sucede cuando el varón y la mujer se
comprometen a vivir juntos: ambos buscan un lugar y un techo donde
compartir su amor y hacerlo fecundo. El Jubileo Diocesano es una
oportunidad única para reconstruir y embellecer la Casa de Dios.
Como Hijos de María, nos sentimos con el compromiso de sostener la
casa espiritual y material. Así como la casa espiritual tiene
goteras, grietas y necesidad urgente de ser reparada, también la
casa material presenta signos severos de deterioro. Así como la
reparación de la casa espiritual depende de todos y de cada uno, del
mismo modo la casa material exige el esfuerzo de todos.
Como
seguramente ya saben, estamos empeñados en reconstruir no sólo el
edificio espiritual, sino también la casa material. El templo
catedral sigue siendo entre nosotros un impresionante ejemplo de fe,
de generosidad, de visión y de compromiso cristiano de nuestros
padres y abuelos. Hemos tomado la firme decisión de repararlo y
terminarlo. Para ello, ya se ha formado un excelente equipo de
arquitectos, que están trabajando en este proyecto. En coordinación
con ellos, el Consejo de Asuntos Económicos de la Parroquia
Inmaculada Concepción, asumió la tarea de administrar los recursos,
que aportaremos entre todos para terminar esta obra. Hoy se
recogerán con este fin los sobres que se distribuyeron
oportunamente. En adelante se irán programando otras acciones con el
fin de recaudar los fondos necesarios para la reconstrucción y
terminación de la Iglesia Catedral de Reconquista.
También
hoy Dios se pasea por las calles de nuestra ciudad, camina nuestros
barrios, se asoma a nuestras instituciones, observa nuestros
emprendimientos, entra en nuestras casas y nos pregunta a cada uno:
“¿Dónde estás?” Animémonos a salir a la luz y sintamos que María, la
Llena de Gracia, nos acompaña y nos sugiere las palabras exactas
para una respuesta correcta: “Yo soy la servidora del Señor, que se
cumpla en mí lo que has dicho”. Y decidámonos, como ella, a vivir en
amistad con Dios, firmes en la fe, alegres en la esperanza y
comprometidos en serio a ser buenos, justos y solidarios con todos,
para que nuestra Iglesia, como María Inmaculada, sea cada vez más
Casa de Dios y Puerta del Cielo.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista |