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“El humilde vuelve los ojos
al Altísimo”
(
cf. Eclo 34,25)


Mensaje de monseñor Andrés Stanovnik, obispo de Reconquista
para la Cuaresma 2005


Volver a Dios y a nuestros hermanos

1. La Cuaresma es un tiempo para volver a Dios y a nuestros hermanos. Para poder hacerlo es necesario reconocer que el ser humano no puede arreglárselas solo. Necesita de los demás y sobre todo de Dios. Para volver a Dios tenemos que mirar a Jesús y aprender de Él el camino que nos lleva a Dios. Al mirar a Jesús, nuestra mirada se detiene a contemplar su pasión, su muerte y su resurrección, es decir, la entrega total de su vida a Dios. Ésa fue la Pascua de Jesús, a la que nos preparamos en este tiempo, para que sea también nuestra Pascua. Con Jesús aprendemos a entregar nuestra vida a Dios y así encontrar el camino que nos lleva a Él.


2.
Pero la Cuaresma es además un tiempo para volver a nuestros hermanos. Para volver a nuestros hermanos, nuestra mirada también se detiene en Jesús, para aprender con Él a mirar a los demás. Entre los demás, los primeros son los miembros de la propia familia: esposo, esposa, hijas, hijos, hermanos, hermanas y abuelos. Enseguida, vienen la comunidad cristiana y la comunidad civil, de la cual somos miembros y en la cual tenemos derechos y obligaciones. El momento más importante de encuentro de la comunidad cristiana es la Misa dominical. Y el primer compromiso del laico cristiano es su misión de ser levadura en la sociedad civil y colaborar activamente para humanizar la convivencia entre las personas, con el testimonio cristiano de su vida.


3.
Por eso, para volver a Dios en esta Cuaresma los invito a que pensemos en la Misa dominical, en el Matrimonio y la Familia, y en el compromiso del laico cristiano. Pensemos en la Misa dominical, porque estamos en el Año Internacional de la Eucaristía; en el Matrimonio y la Familia, porque es el tema que elegimos para este año de preparación al Jubileo diocesano; y en el compromiso del laico cristiano, porque este año se celebrará el Congreso Nacional de los Laicos, al que se están preparando todas las diócesis en Argentina. Todo esto puede darnos la impresión de ser demasiados temas juntos. Para no perdernos en tantos temas, los invito a mirar la Pascua de Jesús y luego desde ella dar una mirada a esos temas. Pero, antes, veamos cuál es el mayor obstáculo que hoy tenemos en el camino para volver a Dios y a nuestros hermanos.


Arreglárselas sin Dios y sin los demás

4. Una vieja manera de pensar se extiende con inusual rapidéz entre nosotros. Podríamos sintetizarla con esta frase: el ser humano puede arreglárselas sin Dios. Según esa vieja manera de pensar, la existencia de Dios sería algo pasado de moda. Hoy la ciencia desplaza a Dios y ocupa su lugar. Según esta manera de pensar, sólo lo que la ciencia dictaría sería verdadero y el hombre se convertiría en artífice exclusivo de su propia vida y su destino. La mujer sería la única dueña de su cuerpo. Nadie tendría autoridad ni derecho a decirle lo que debe hacer. Así, el ser humano habría llegado por fin a la edad adulta y la religión sería un resabio de épocas pasadas. Esta es una manera de pensar muy vieja, tantas veces repetida cuantas fracasada, que ya la Biblia reconoce y denuncia en las primeras páginas del Génesis y luego en otras muchas más.


5.
En efecto, en el Génesis se narra cómo el varón y la mujer, la primera comunidad humana, intentan hacer su vida al margen de Dios. La serpiente, figura de la tentación, les sugiere que si comen del fruto prohibido, serán como dioses, conocedores del bien y del mal. Es decir, podrán arreglárselas sin Dios. Éste sería algo superfluo, una realidad superada, algo que ya fue. Las consecuencias de su conducta fueron dramáticas: empezaron a acusarse el uno al otro y así se rompió la primera comunidad humana. Dios Padre, que no los abandonó a su suerte, les prometió acompañarlos de cerca y salvarlos, recordándoles “el trabajo y el sudor”, es decir, el sacrificio, por el que tendrán que pasar para reencontrarse y sobrevivir.


6.
Desde entonces, Dios, con infinita sabiduría, paciencia y misericordia nos acompaña para que reencontremos el camino de la relación con Él, con los hermanos y con la creación. Su misericordia llegó al punto máximo con Jesús, su Hijo, que sacrificó su vida para mostrarnos el camino del reencuentro. Sin embargo, los seres humanos, duros de corazón, seguimos insistiendo en construir nuestra vida al margen del Amor de Dios, como si su presencia amorosa fuera un obstáculo o una amenaza al deseo que tenemos de realizarnos y ser felices. Y no nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos alejamos de nosotros mismos y de los demás. Ese alejamiento da lugar a que cada uno, cada grupo y cada pueblo, pretendan construir su propio paraíso aquí en la tierra.


Creo en Jesús que murió y resucitó por mí

7. Pero, a pesar de todo, ahí está Dios, lo queramos o no, llamándonos para que volvamos a Él. La prueba más grande de que Dios no nos abandonó a nuestra suerte es Jesús. El tiempo de Cuaresma es un tiempo favorable para mirar nuestra vida desde la muerte y resurrección de Jesucristo, es decir, desde su Pascua. Sólo la Pascua de Jesús explica nuestra vida y sólo en ella le encontramos el verdadero sentido. Por eso, la Iglesia, nos propone que en este tiempo nos preparemos de un modo especial para celebrar la Pascua de Jesús, que es nuestra Pascua. La Pascua de Jesús es una cuestión de vida o muerte para nosotros. Porque si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe y seríamos los más idiotas entre todos los seres humanos, dice San Pablo.


8.
Por eso, para empezar bien nuestra Cuaresma, empecemos diciendo que creemos en Dios Padre todopoderoso, que creó los cielos y la tierra, y en su Hijo Jesucristo, que nació de la Virgen María, padeció y fue sepultado. Jesús era Dios y aceptó padecer y ser sepultado ¿Por qué? ¿Qué necesidad tuvo Dios de morir? ¿Por qué aceptó sufrir y entregarse a la muerte? ¿Para qué ese sacrificio? ¿Era realmente necesario todo eso? Sin embargo, allí, delante de nuestros ojos está el tremendo acontecimiento de la historia: el Hijo de Dios, igual a Dios Padre, fue juzgado por Poncio Pilato, padeció, murió y fue sepultado. Si todo hubiese terminado allí, tendríamos hoy el recuerdo de un hombre justo y bueno, que pasó haciendo el bien y que fue injustamente condenado a muerte. No pasaría de ser un hermoso recuerdo.


9.
Sin embargo, Jesús de Nazareth, resucitó y está vivo entre nosotros. De su costado abierto nació la Iglesia. La ofrenda amorosa de su vida creó una nueva humanidad, un nuevo pueblo. La Pascua es el triunfo de Jesús sobre la muerte. Nosotros, unidos por la fe a Él, resucitamos también con Él. Su triunfo es nuestro triunfo. Ésta es la gran alegría de la Pascua. El sacrificio de su vida no fue vano. ¿Creemos en serio que Jesús resucitó al tercer día, como lo decimos en el Credo, y que está “sentado a la derecha del Padre” y que está vivo entre nosotros? Renovemos nuestra fe en Jesús y en la Iglesia, de la cual somos miembros.


10.
El tiempo de Cuaresma es, sobre todo, un tiempo para volver a Dios. Para acercarnos a Él, necesitamos renovar nuestra fe debilitada por el alejamiento y por pensamientos que nos hacían creer que sin Dios se puede vivir igual y, quién sabe, mejor que con Él. Por eso, al empezar nuestra Cuaresma digamos: “Creo Señor, pero aumenta mi fe” y repitámoslo con frecuencia. Dejemos que así la presencia de Jesús se haga cada vez más familiar y amiga. En la intimidad con Él, preguntémosle: “Señor, ¿qué quieres que haga?”.


Volver a la Iglesia

11. Volver a Dios es volver a la Iglesia. Cuando nos alejamos de Dios, también nos alejamos de la Iglesia y de los sacramentos, especialmente de la Reconciliación y de la Eucaristía. Cuando nos alejamos de Dios, nos alejamos de nuestros hermanos. Por eso, volver a Dios es volver a acercarnos a nuestros hermanos, empezando por los que profesamos la misma fe. Entonces, volver a Dios es volver a la Iglesia, es volver a reencontrarnos con la comunidad de la parroquia y de la capilla más cercana al propio domicilio. Por consiguiente, volver a Dios es ir a Misa los domingos y fiestas de guardar. El primer paso para volver a Dios, es hacer el camino que nos lleva a la Iglesia.


12.
Algunos piensan que se puede volver a Dios sin necesidad de la Iglesia, es decir, sin necesidad de la comunidad cristiana; que se puede estar con Dios y hablar con Él, sin tener que ir al templo. Esas personas separan a Dios de los demás y así ellas mismas se excluyen de la comunidad. Pensar que se puede volver a Dios solo, sin necesidad de la comunidad cristiana, es decir, de la Iglesia, es una ilusión. Pensar que puedo volver a Dios sin ayuda de nadie y sin celebrarlo con nadie, es lo mismo que arreglármelas solo. Como no se puede prescindir de los demás en la vida social, tampoco se puede prescindir de los demás cuando se trata de las cosas de la fe y de la religión. Dios nos hizo semejantes a Él, es decir, seres para vivir en comunidad. Cuando nos distanciamos de esta semejanza, nos perdemos a nosotros mismos y nos aislamos de los demás. Y este no es el camino de felicidad que Dios quiere para nosotros.


13.
El Matrimonio y la Familia, es la primera comunidad que constituimos los seres humanos. La alianza matrimonial es la comunidad de vida y de amor que constituyen un varón y una mujer, para el bien de ellos y para el bien de los hijos, a los cuales educarán precisamente en el amor, del cual éstos han nacido. Es en esta primera comunidad donde aprendemos a convivir con los demás. Ningún otro acuerdo entre las personas puede equipararse a la alianza matrimonial. Por eso, el Matrimonio y la Familia son tan importantes para la sociedad y para la Iglesia. La Iglesia se preocupa en promover, acompañar y sostener a los matrimonios y a las familias. Ese fue también el motivo por el cual decidimos dar prioridad al Matrimonio y a la Familia durante este año de preparación al Jubileo diocesano.


14.
El Matrimonio y la Familia cristiana son imagen del Amor de Dios. Es maravillosa la vocación del Matrimonio y la Familia en la comunidad cristiana: ellos son llamados a ser signo del Amor de Dios en medio de nosotros. El amor fiel hasta la muerte, como es el Amor de Dios por nosotros. Dios quiso que la primera comunidad humana, constituida por el varón y la mujer, reflejaran la Alianza de Dios con los hombres. Esa Alianza se selló definitivamente con Cristo a través de su cuerpo entregado y su sangre derramada. La vocación y misión del Matrimonio y de la Familia es hacer visible esa Alianza. Por eso, el sacramento del matrimonio es indisoluble y de una vez para siempre, como la Alianza de Dios con los hombres. Este año quisiéramos, con la ayuda del Equipo Diocesano de la Pastoral Familiar, ofrecer un apoyo pastoral a los matrimonios, a las familias y a los jóvenes que se preparan para el sacramento del matrimonio.


15.
Pero sabemos que no todos los matrimonios cristianos logran vivir la estabilidad de ese vínculo y se separan, estableciendo nuevas uniones y nuevas familias. Las personas que viven estas situaciones, por lo general, deben afrontar muchos sufrimientos, incomprensiones y angustias. La Iglesia, buscando el bien y la salvación de todos, y atenta a los que más padecen, desea acompañar y estar más cerca de aquellas personas y familias que se constituyeron en nuevas uniones. En nuestra Diócesis hemos iniciado un camino de acompañamiento pastoral con las personas casadas que se separaron y establecieron nuevas uniones. Quisiéramos que este año, dedicado al  Matrimonio y la Familia, se extendiera en las diversas comunidades parroquiales el cuidado pastoral hacia aquellos que estuvieron casados por Iglesia, se separaron y formaron nuevas uniones.


Comprometerse con el bien común

16. Si volver a Dios es hacer el camino que lleva a la Iglesia y a la comunidad cristiana más cercana al propio domicilio, donde los domingos se celebra la Misa, necesariamente, volver a Dios es también hacer el camino que lleva al compromiso por el bien común. Este camino nos lleva a ocuparnos de nuestra convivencia ciudadana. Ningún católico puede decir o pensar que eso no le interesa o que de eso se encarguen los otros. El bien común es algo que nos atañe a todos y todos debemos colaborar para que  ese bien común e integral realmente beneficie todos.


17.
Esta tarea corresponde sobre todo a los laicos. A ellos les compete por vocación y misión hacer que los valores del Evangelio humanicen la política, la economía y la convivencia ciudadana. Es tarea propia del laico católico trabajar para que efectivamente haya lugar para todos, especialmente para los pobres, en la mesa común de los argentinos. Con esa finalidad se está llevando a cabo el Congreso Nacional de Laicos, a través de un programa de temas y actividades, cuyo objetivo tiende a que los laicos profundicen la vocación y responsabilidad que tienen en la hora actual de nuestra Diócesis y de nuestra Patria. Por eso, volver a Dios en esta Cuaresma, es también participar en las acciones que lleva a cabo dicho Congreso, a través de la Junta de Laicos en nuestra Diócesis.


¡Ánimo, vuelve a Dios!

18. En resumen, para volver a Dios en esta Cuaresma y superar el aislamiento al que nos lleva la idea de que es posible arreglárselas solo, es ir a Misa los domingos, es reconciliarnos en el Matrimonio, en la Familia y con las personas con las cuales convivimos a diario bajo un mismo techo, y es asumir efectivamente nuestras responsabilidades ciudadanas en la defensa y promoción del bien común de todas las personas, con una especial atención a los más necesitados.


19.
Para finalizar, animo a todos con las palabras del lema jubilar diocesano: “Abramos el corazón a Cristo y anunciemos con María la esperanza”, y los invito a rezar juntos la oración del Jubileo:

Padre bueno,
te alabamos y te bendecimos
por la presencia salvadora de tu Hijo Jesús
en estos cincuenta años
de nuestra Iglesia diocesana.
Danos la fuerza de tu Espíritu
para hacer de nuestra Iglesia
casa y escuela de comunión.
Que Él nos enseñe a compartir
todo lo que somos y tenemos,
especialmente con los más pobres.
Para que, unidos a María,
anunciemos al mundo la esperanza
y lleguemos con ella a la vida eterna.
Amén.


Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista



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