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MENSAJE PARA LA NAVIDAD 2005
Mensaje de Navidad de monseñor Andrés Stanovnik, obispo de
Reconquista y de monseñor Ramón Dus, obispo auxiliar
de la diócesis (Diciembre de 2005)
…a
quien pondrán el nombre de Emmanuel,
que traducido significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23)
Con esta frase del
Evangelio, que nos anuncia el encuentro de Dios con nosotros, deseo
compartir mis sentimientos de alegría y de paz en esta Navidad.
Quisiera llegar con este abrazo navideño hasta los rincones más
alejados de nuestra geografía diocesana, hasta allí donde la lluvia y
el barro o el río dejan aisladas a muchas personas, familias y
comunidades; pero también hasta aquellos a quienes el dolor y la
enfermedad han alejado de Dios; hasta donde la oscuridad del pecado ha
sembrado maldad y odio en los corazones; quisiera que el mensaje de
esperanza, que brota del misterio que celebramos en estos días,
llegara hasta aquellos a quienes las adicciones han destrozado la
vida; hasta donde la ambición desmedida por el dinero y el poder
pervierten el ejercicio del bien común; hasta allí donde el placer, la
fama y la superficialidad degeneran la dignidad de las personas.
Al mismo tiempo y
de un modo muy especial, deseo estar cerca de todos aquellos que
vivieron con intensidad el Adviento. En la vida de muchos de ellos, la
esperanza de la venida del Señor ya es experiencia anticipada de su
presencia. Viven esa presencia en la fidelidad conyugal y la unión
familiar, en el compromiso con la comunidad y el empeño por el bien
común, en el esfuerzo sincero por ser honestos, justos y generosos con
su tiempo, con sus talentos y con sus recursos materiales. En comunión
espiritual con todos ellos, deseo compartir esta reflexión navideña.
Navidad es, ante
todo, el encuentro de Dios con nosotros. No es un encuentro que
nosotros hemos programado o que nosotros podamos fabricarlo. Es Dios
quien decidió venir y golpear la puerta de nuestra vida. Tal vez
estemos demasiado acostumbrados a “hacer” la Navidad y ya no nos
sorprende con su impresionante novedad. Como sucede en las relaciones
que tenemos con las personas. Nos hacemos una idea de los demás y ya
no nos queda lugar para otra idea. Así, los demás terminan siendo como
nosotros los hicimos. Con la Navidad puede pasar lo mismo: si perdemos
lo esencial de su misterio, entonces empezamos a hacerla a nuestra
medida, la convertimos en un antojo, en un resultado de nuestros
caprichos. Hacemos la Navidad a nuestro gusto: en lugar del
Nacimiento, nos colocamos nosotros, como la medida de todo nacimiento.
En eso consiste el drama profundo del ser humano: colocarse en el
lugar de Dios, convertirse en Dios, no aceptarse como paciente y
confiada tarea de imagen y semejanza suya. En cambio, lo esencial de
la Navidad es que Dios vino, viene y seguirá viniendo. Y esa venida
fue una decisión de Él. El misterio de esa venida está representado en
el Niño Dios, colocado en el centro del humilde escenario de la
historia humana. Ante este acontecimiento “increíble”, nos postramos
en profunda adoración y dejamos que Dios hable.
Navidad es la
irrupción de Dios en la vida de los hombres:
“... a
quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa:
Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23). Esta irrupción produjo una
transformación inédita en las relaciones de Dios con los hombres, a
tal extremo que la razón humana fue llevada al límite de sus
posibilidades. Era algo increíble: ante ese encuentro, la razón humana
empezó a madurar su camino en la fe.
Ya en los primeros
siglos de cristianismo se sabía que “la fe es la única a la que se le
concede ver a Dios”. Sin ella, no se lograría entender nada de lo que
estamos diciendo.
El encuentro con
Dios produce una profunda conmoción y sorpresa. Recordemos, por
ejemplo, cuando Dios habló a Abrám, “Abrám cayó con el rostro en
tierra” (Gen 17, 2); o el diálogo con el que Dios sorprende a
Moisés y éste, confundido, le responde: “¿Quién
soy yo para presentarme ante el Faraón y hacer salir de Egipto a los
israelitas?” (Ex 3, 11); o en la vocación de los
Profetas, que ante
la presencia Dios y la misión que les encomienda, se desconciertan y,
como Jeremías, exclaman: “¡Ah,
Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven” (Jer
1, 6). A
todos les parecía increíble, impensable, imposible.
Así lo vivió
también María, cuando la visitó el Ángel Gabriel, “no lo podía creer”:
“El
Ángel entró en su casa y la saludó diciendo: Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo. Al oír estas palabras, ella quedó
desconcertada y se preguntaba qué podría significar ese saludo” (Lc
1, 28-29). Y ante la propuesta de ser madre del Salvador, su reacción
fue lógica, normal y muy humana: “¿Cómo podrá ser eso, si yo no tengo
relaciones con ningún hombre?” (Lc 1, 34).
Sin embargo, cuando María creyó en lo imposible, su corazón estalló de
gozo: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece
de gozo en Dios, mi Salvador” (Lc 1, 46-47). Ese gozo fue
anunciado por una multitud de ángeles a los pastores: “Gloria
a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por él”
(Lc 2, 14).
Dios sorprende con
su encuentro a aquel que se deja sorprender por Él. Él entra allí
donde el hombre lo deja entrar. Los primeros que vieron a Jesús
resucitado sintieron la misma alegría y paz. De esto dan cuenta los
discípulos de Emaús: “Y
se decían: ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el
camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32); o las
mujeres que volvían del sepulcro vacío “atemorizadas pero llenas de
alegría” (Mt 28, 8); o también, siguiendo el relato del
Evangelista, leemos que ante la aparición de Jesús resucitado, “era
tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a
creer” (Lc 24, 41). El verdadero encuentro con Dios trae
consigo sorpresa, alegría y paz.
La fe nos hace ver
que lo más extraordinario y asombroso que celebramos en la Navidad es
el encuentro de Dios con nosotros. En ese encuentro, Él viene dándose
a sí mismo. Encontrarse con Él es recibirlo a Él para que,
recibiéndolo, nos haga parecidos a Él. Y recomponga en nosotros la
imagen y semejanza de Dios, que por el pecado hemos perdido. Eso lo
puede hacer sólo Él. Pero no lo puede hacer si nosotros vivimos
distraídos y entretenidos en hacer la Navidad sólo con arbolitos,
estrellitas, papás noeles, regalos, sidra y pan dulce... Sin Dios, la
alegría y la paz se eclipsan y en su lugar surge algo parecido a la
paz y la alegría, pero en el fondo se trata de algo degenerado e
inhumano. Aún así, eso no deja de fascinarnos y nos hace creer que
podemos ser felices sin Dios, más rápido, con menos esfuerzo y a
nuestra medida. Retiramos al Niño Dios, que está representado el
centro del pesebre, y en su lugar construimos fantasías y luces de
colores.
En el centro de la
Navidad tiene que estar el pesebre. Esta representación nos ayuda a
contemplar el misterio de Dios-con-nosotros y a darle verdadero
sentido a todo lo demás. El pesebre representa un momento clave del
impresionante misterio de Dios. Es el camino que Él eligió para
manifestar su Amor por cada uno de nosotros. Ese Amor llegó a su
máxima expresión en la muerte y resurrección de Jesucristo. Es el
mismo camino de Amor que nos lleva a la Iglesia y a la Mesa del Altar.
Es el camino que nos orienta hacia Él y hacia los hermanos. Por eso,
representar este misterio a través de los pesebres, nos trae a la
memoria un acontecimiento “increíble”, sólo posible para Dios y su
inagotable imaginación para decirnos cuánto nos ama.
Por eso la Navidad
necesita de preparación, de tiempo y de dedicación. Por eso las cuatro
semanas de Adviento que nos preparan para ese encuentro. Por eso, Dios
nos concede determinados años de vida, como un adviento que nos
prepara para el encuentro definitivo con Él. Para eso viene a
encontrarse con nosotros en la Sagrada Escritura, en la Santa Misa, en
el Sacramento de la Reconciliación, en el hermano necesitado. Viene a
encontrarse con nosotros para que aprendamos con Él el camino hacia
Dios, para que encontremos con Él el camino del diálogo en el
matrimonio y en la familia; en nuestras comunidades parroquiales y
comunidades de capillas; en nuestras asociaciones, movimientos y
comisiones eclesiales; en los organismos de gobierno, asociaciones
sindicales, vecinales y entidades intermedias; para que con Él
aprendamos a ser pacientes, tolerantes y comprensivos, a ser justos y
misericordiosos. Éstas son las notas que muestran la verdad sobre el
hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Si llegáramos a olvidar
que fuimos creados a imagen y semejanza suya, y que Jesucristo es el
Camino, la Verdad y la Vida, nos quedaríamos solos con nuestra imagen
y semejanza, en medio de arbolitos, luces, sidra y pan dulce...
El pesebre nos trae
a la memoria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Emmanuel,
Dios con nosotros. De esta verdad brotan la alegría profunda y la paz
verdadera. Por eso, en el camino hacia el Gran Jubileo, alabamos y
bendecimos a Dios por la presencia salvadora de su Hijo Jesús, en
estos cincuenta años de nuestra Iglesia Diocesana. Por eso también,
durante todo el año 2006, última etapa de preparación al Jubileo,
queremos volver a pensar juntos sobre nuestra pertenencia y compromiso
con la Iglesia. Lo haremos integrándonos a la reflexión de toda la
Iglesia en América Latina, que se prepara para celebrar la V
Conferencia General de Episcopado Latinoamericano, con el tema que nos
entregó el Papa Benedicto XVI: “Discípulos y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él tengan vida” – “Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6).
Con Mons. Ramón A.
Dus y todo el Presbiterio, les deseamos la alegría y la paz que nacen
del encuentro con Dios. Los invitamos a darse tiempo para ese
encuentro, a prepararse y disponerse para que ese encuentro cada uno
individualmente, y también en familia. Vengan a celebrar la vigilia de
Navidad con la comunidad cristiana. Allí quisiéramos encontrarnos con
todos los catequistas, los niños, los jóvenes y los adultos que se
están preparando para recibir los sacramentos; con todos los que
participan en los diversos grupos parroquiales y movimientos. Deseamos
que nuestros ancianos y nuestros enfermos sientan la fuerza, el
consuelo, la alegría y la paz que trae el Niño Dios. Que a todos nos
sorprenda y conmueva profundamente la venida de Dios, al punto tal que
nos haga exclamar con los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas”, y
al mismo tiempo, nos impulse a construir un mundo de paz, entrelazando
nuestras manos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.,
obispo de Reconquista
Mons. Ramón A. Dus,
obispo auxiliar de Reconquista |