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PASCUA DE RESURRECCIÓN 2005
Mensaje de monseñor Andrés Stanovnik, obispo de Reconquistas,
para la Pascua 2005
“Al amanecer del primer día de la
semana...” (Mt 28, 1)
Con esas palabras empieza el relato de la resurrección de Jesús. Desde
aquel amanecer, ese día se convierte en el día más importante de la
semana, del año y de la historia. Porque ese día es la Pascua del
Señor, es decir, la muerte y resurrección de Jesucristo. Es el
domingo, Día del Señor.
Hace dos mil años
que los cristianos celebramos la Eucaristía los días domingos,
renovando sobre la mesa del altar el maravilloso misterio de la muerte
y resurrección del Señor. Por eso, el domingo nos identifica y nos
distingue. Los cristianos somos ese pueblo que se reúne el día domingo
en el templo para celebrar la Pascua del Señor. Por su parte, el
pueblo judío, nuestros hermanos mayores, se reúnen el sábado para
conmemorar el Éxodo, la pascua judía. Lo propio hacen el día viernes
nuestros hermanos musulmanes.
Preguntémonos ¿qué
importancia le damos nosotros al día domingo y a la Misa dominical?
Son actualísimas las palabras del Santo Padre, en las que pide a los
cristianos que no confundamos la celebración del domingo, que debe ser
una verdadera santificación del día del Señor, con el fin de semana,
entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión.
Necesitamos, sigue diciendo el Papa, una comprensión más profunda del
domingo, para vivirlo, incluso en situaciones difíciles, con plena
docilidad al Espíritu Santo.
(Cf.
Dies Domini, n. 4).
Tenemos que
recuperar el domingo como Día del Señor para poder recuperarnos a
nosotros mismos como seres humanos y como comunidad humana, como Hijos
de Dios y como miembros de la Iglesia. Y para poder hacerlo, renovemos
nuestra fe en la resurrección de Jesucristo. Abramos nuestro corazón a
Cristo y escuchemos el grito que anuncia nuestra esperanza: ¡Cristo
resucitó, Aleluya!
Así, el “amanecer
del primer día de la semana”, será también nuestro amanecer, porque en
ese amanecer Cristo venció la muerte y el pecado y con Él,
adhiriéndonos firmemente a Él, recibiremos la vida de Dios en
nosotros. Él nos alimenta con su Palabra y al “partir el pan” en la
Misa dominical. En Él apoyamos toda nuestra esperanza y por Él
esperamos poseer un día la vida eterna.
Que nuestro saludo
pascual no sea algo exterior, sino un gesto profundo de encuentro y
compromiso con los demás, especialmente con los que estamos alejados.
Que ese saludo cristiano nos acerque más a Dios y a la comunidad de mi
parroquia. Que al desearle felices pascuas a mi vecino, me haga pensar
qué puedo hacer por mi comunidad, por mi barrio, por mi escuela, por
mi hospital o por mi centro de salud. Que nuestro saludo pascual sea
cordial, sincero y comprometido, y nos regale la esperanza de un nuevo
amanecer en nuestra vida.
Caminando hacia el
Jubileo diocesano, en este año dedicado a la Familia y al Matrimonio,
deseo saludar especialmente a todas las familias de nuestra Diócesis y
desearles la paz y la alegría de Jesús Resucitado. A todas las
hermanas y hermanos de buena voluntad, mientras los saludo de corazón
deseándoles muy Felices Pascuas, los invito repetir juntos el lema de
nuestro Jubileo: Abramos el corazón a Cristo y anunciemos con María la
esperanza.
Mons. Andrés Stanovnik OFM
Cap., obispo de Reconquista |