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EVANGELIZACIÓN DE LA FAMILIA
Carta Pastoral del obispo de Goya, monseñor Luis Teodorico Stöckler,
para la Cuaresma 2001.
Hermanas y hermanos en Cristo:
Me alegro de poder tratar con ustedes el tema tan importante de la familia
que había quedado pendiente en nuestra diócesis, hace tiempo. El papa Juan
Pablo II lo propuso en varias oportunidades, las Conferencias Episcopales
Latinoamericanas de Puebla y Santo Domingo lo presentaron con mucho
énfasis, y el Episcopado Argentino elaboró un Directorio de Pastoral
Familiar. También en nuestra diócesis de Goya, sin duda, se han dado cosas
significativas a favor de la familia, como la catequesis familiar y los
retiros del movimiento Hogares Nuevos. Estos encuentros justamente, han
ayudado mucho para tomar conciencia del rol fundamental que juega la
familia en la sociedad y en la Iglesia, y de los desafíos enormes a los
cuales debe responder hoy. No es que estemos alarmados y que sintamos
temor; al contrario, porque estamos convencidos del valor de nuestra
propuesta. Pero la evangelización exige hoy un empuje fuerte, creatividad
fresca, y la solicitud sentida por el bien de tantos hogares que carecen
de la Buena Nueva de la familia cristiana.
Les propongo que durante la Cuaresma de este año, en las comunidades y
grupos profundicemos esta temática tan vital para cada uno; ya que todos,
de una y otra forma, estamos ligados a una familia. Y si alguien careciera
de ella, más todavía sentirá su valor. Así queremos empezar a prepararnos
para el Primer Sínodo Diocesano.
La enseñanza de la Iglesia reconoce en la institución de la familia cuatro
cometidos fundamentales:
- ser comunidad de personas
- ser servidora de la vida
- ser célula primera de la sociedad
- ser Iglesia doméstica
Quisiera hacer el enunciado de estos aspectos con el Documento de Santo
Domingo (N° 214), agregando una breve explicación, para que ustedes
después puedan hacer su reflexión sobre los mismos e indicar los problemas
más acuciantes que deberíamos tratar de resolver o por los menos tomar en
cuenta en nuestro esfuerzo personal y pastoral.
Primer cometido de la familia
«La misión de la familia es vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad
de personas que se caracteriza por la unidad y la indisolubilidad. La
familia es el lugar privilegiado para la realización personal junto con
los seres amados».
A diferencia del concepto de la persona como individuo que busca su
autorrealización y su independencia de todo lo que pueda tener las
características de autoridad, que es la base de una concepción liberalista
de la sociedad, los cristianos descubrimos la plenitud de la persona
justamente en la comunión con otras personas a las cuales nos entregamos
con todo nuestro ser; porque solamente al donar-nos nos encontramos a
nosotros mismos. Como dice Jesús: «El que quiera salvar su vida, la
perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará» (Mt 16,25).
Cristo puede reclamar esta grandeza de corazón; porque no sólo entregó su
vida por nosotros, sino también quiere seguir haciéndolo a través nuestro,
especialmente en los sacramentos donde Él se hace presente y nos
transforma con su gracia en otros cristos. El matrimonio cristiano es uno
de estos signos sagrados, en los cuales el Señor se entrega totalmente,
valiéndose de la palabra que los esposos empeñan en su casamiento y por la
cual se ligan definitivamente el uno al otro. Los esposos se hacen como un
solo ser, y ya no pueden separar lo que Dios mismo ha unido. La
realización personal que se da así, encuentra su prolongación por los
hijos, en los cuales el amor de los esposos se perpetúa de manera palpable
y permanente. Los hijos se sienten personas por ser fruto de la entrega
mutua de los padres que los han recibido como don gratuito de Dios que es
familia, uno y trino.
Los animo a seguir profundizando en este misterio y les recomiendo para
ello la lectura de la Biblia y también del Catecismo de las Iglesia
Católica.
Segundo cometido de la familia
«Ser como el ‘santuario de la vida’ (CA 39), servidora de la vida, ya que
el derecho a la vida es la base de todos los derechos hu-manos. Este
servicio no se reduce a la sola procreación, sino que es ayuda eficaz para
transmitir y educar en valores auténti-camente humanos y cristianos».
La comprensión correcta de esta segunda finalidad de la familia está
íntimamente ligada a la primera. No nos debe extrañar que los mismos que
consideran la persona como individuo independiente, sometido solamente a
los criterios de la opinión propia, se crean en el derecho de usar los
métodos que les parezcan más convenientes para el control de la natalidad,
incluyendo la muerte provocada del niño en gestación. El derecho a la
vida, como todos los derechos humanos, es indivisible. Por eso no podemos
considerar el embarazo como una intromisión en la vida de la madre, contra
la cual ella tendría el derecho de defenderse. Madre e hijo deben
convivir. Si hay alguien que tendría derecho a reclamar un cuidado mayor,
es justamente el hijo que todavía no puede valerse por sí mismo. La
Iglesia ha sido siempre muy firme en estos principios y no puede cambiar
lo que Dios ha establecido en el derecho natural. Aquí ustedes tienen que
hablar con claridad del rol de la sexualidad en nuestra vida, de la
cultivación de nuestros afectos y de la fidelidad en el compromiso
asumido. Nuestro cuerpo es un templo del Espíritu.
De vuelta les recomiendo la lectura de la Palabra de Dios y de la
enseñanza del Catecismo. Y no tengamos miedo de manifestar nuestra
convicción, aún en contra de toda una corriente de argumentos falaces con
los cuales quieren justificar proyectos de leyes y propagar programas
educativos inaceptables.
Tercer cometido de la familia
"Ser célula primera y vital de la sociedad (Familiaris Consortio 42). Por
su naturaleza y vocación la familia es promotora del desarrollo,
protagonista de una auténtica política familiar."
Probablemente este sea el punto más débil en la acción de los laicos. Las
malas experiencias en nuestro país y en nuestra provincia desaniman a los
que por su formación profesional deberían estar en los frentes donde se
gestan y aplican las leyes a favor o en contra de la familia. Es una labor
ardua, de muchos sinsabores, y exige un gran sacrificio de tiempo y
esfuerzo que muchas veces encuentra solamente la satisfacción de la propia
conciencia por cumplir con el deber moral para con el bien común. Pero no
dudemos de que la recompensa mayor que el Señor dará a los que lo
reconocieron ante los hombres, podemos disfrutar ya ahora cuando ayudamos
a los pobres a levantar la cabeza y a construir con su propio esfuerzo una
existencia digna. Todo lo que se invierta en el campo de la familia, será
en beneficio de la sociedad entera. La paz social se basa fundamentalmente
en la justicia para con las familias.
Esta temática debemos tratar con inteligencia y valentía en nuestro
sínodo. Para ello hace falta por un lado un conocimiento preciso de
nuestra realidad y, por el otro, un estudio profundo de la doctrina social
de la Iglesia. Apelo aquí especialmente a los dirigentes políticos y
sociales, a los docentes y a los profesionales. Busquen durante la
Cuaresma una oportunidad para reunirse, aunque sea una primera vez, para
plantear el problema social de las familias en su comunidad.
Cuarto cometido de la familia
"Ser ‘Iglesia doméstica’ que acoge, vive, celebra y anuncia la Palabra de
Dios; ser santuario donde se edifica la santidad y desde donde la Iglesia
y el mundo pueden ser santificados."
Esta finalidad no debe ser entendida como una válvula de escape para
aquellos que no se animan a actuar afuera, sino por el contrario: el
ambiente de la propia casa donde nos movemos con mayor libertad y donde
compartimos la Palabra de Dios, debería ser el resorte que nos impulse a
practicarla en todas partes. La oración en familia presidida por los
padres, la catequesis familiar, y la participación constante de la familia
en la misa crean hábitos de conducta en todos los integrantes de la casa
que ninguna educación meramente humana pude lograr. Alcanzar la coherencia
entre la religión y la moral, fe y vida; de esto se trata cuando hablamos
de la santidad. El que aprende en su casa que a Dios nuestro Padre nunca
le ocultamos nada, sabe que El también es el Padre de los otros y que por
lo mismo debemos amarlos como los ama El. Esta es la raíz de la
santificación del mundo y también de la Iglesia.
Vean ustedes, madres y padres, cuáles son las costumbres en su familia, y
pregúntense qué hacer para que su casa tenga algo de un pequeño santuario.
Son estas las propuestas que les entrego en esta Cuaresma. Creo que a
partir de ellas se puede dar un fecundo diálogo en las comunidades y en
las casas. A todos les pido que la oración por el Sínodo Diocesano surja
permanentemente en sus reuniones. A los jóvenes que dentro de la pastoral
familiar exigen una atención particular les pido que participen
activamente y hagan sus propias sugerencias; porque son ellos los que
están llamados a formar los nuevos hogares en una Iglesia que siempre
deber ser joven.
¡Que el Señor los bendiga y anime en el camino hacia la Pascua!
Los abrazo con todo mi afecto en Cristo.
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2311, del 4 de abril de 2001
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