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"LAS BIENAVENTURANZAS"


Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
30 de enero  de 2005 - en el  4º domingo del año


Mis queridos hermanos y hermanas:

Como los discípulos queremos acercarnos a Jesús, el Maestro, y prestar atención a lo que él nos enseña, en vista a las multitudes que también lo buscan y que aguardan su enseñanza de nuestra parte. Las Bienaventuranzas, con las cuales se inicia el Sermón de la Montaña, son como la síntesis de la vida cristiana. Escucharlas significa, permitir ­según la expresión de la carta a los Hebreos- que "la Palabra de Dios penetre hasta la raíz del alma y del espíritu y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas" (Hebr 4, 12-13).

Jesús habla en las Bienaventuranzas de la felicidad de la vida eterna; y de los anhelos, luchas y sufrimientos de la vida presente, en los cuales se gesta la recompensa del cielo. Esta "dicha paradójica" ­como la llamaba el Papa Pablo VI- sólo se puede entender, cuando uno mira al mismo Jesús. Porque lo que enseña, lo ha vivido primero él mismo. Y vivirlo nosotros, antes de ser un esfuerzo moral de nuestra parte, es una gracia por la cual Cristo nos deja participar en su propia vida. No es casual que este evangelio se lea en la Fiesta de Todos los Santos. Porque ellos, a lo largo de la historia de la Iglesia, han sido y son como otros Cristos y la manifestación de la veracidad de las Bienaventuranzas.

La tentación del hombre es querer vivir la plenitud de la vida ya ahora y para siempre. Permanentemente trata de engañarse a sí mismo desconociendo la suerte infalible de su mortalidad, poniendo su confianza en las cosas pasajeras, y desentendiéndose de los demás. Quiere pasarla bien. Lo que Jesús y sus santos seguidores nos enseñan es, que no hay en esta tierra nada que pueda satisfacer los anhelos profundos del hombre. "Solamente en esperanza estamos salvados", dice el apóstol (Ro 8, 24). Somos peregrinos y extranjeros en la tierra, y solamente de lejos podemos ver y saludar las promesas (cfr. Hebr. 11, 13). Pero lo que ellos nos enseñan también es que, la felicidad del Reino se inicia ya ahora, en la medida en que seguimos a Jesús y tenemos sus mismos sentimientos. Las Bienaventuranzas reflejan estos sentimientos de Cristo e indican en el propio corazón los accesos que nos ponen en el camino detrás de él.

Cada uno debe preguntarse, cuál es su anhelo más profundo y qué significa para él ser feliz.

- Si estás hundido en la tristeza y te sientes solo, no te aísles sino busca a otro que sufre la misma aflicción para consolarlo, como lo hizo Jesús que acudió a la casa de Marta y María cuando estaban llorando la muerte de Lázaro. Y tú mismo recibirás consuelo. "Felices los afligidos, porque serán consolados."

- Si estás sufriendo por la desigualdad de las oportunidades en la sociedad, no cedas a la tentación de la violencia, pide al Señor la fortaleza de poder resistir a la violencia propia y ajena. "Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia."

- Si tu reclamo profundo es un mundo de verdadera hermandad, entrégate a la causa de los demás. Y ya ahora tu hambre y sed de justicia recibirá satisfacción a pesar de la incomprensión. "Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados."

- Si te sientes muy débil y miserable, sé comprensivo y misericordioso para con el pecador y excluido. Y ya ahora tu mismo sentirás la misericordia de Dios que ama a los humildes. "Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia."

- Si anhelas estar en intimidad con Dios y verlo, déjate mirar por él y ábrele con confianza tu corazón. Y él purificará tus ojos para que lo puedas contemplar. "Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios."

- Si quieres que el Padre providente te quite los miedos y la inseguridad, trabaja por la paz entre los hombres. Y harás la experiencia de ser hijo o hija de él y de tener muchos hermanos. "Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios."

- Si sueñas con un mundo en que Dios sea reconocido por todos, prepárate para sufrir por practicar su ley en el ambiente público. Pero ahora ya sentirás que perteneces al Reino y que Cristo está a tu lado. "Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos."

- Resumiendo con la primera de las Bienaventuranzas: El que quiere entrar en el Reino de los Cielos, debe saber que las riquezas de esta tierra nos son confiados para que las administremos para el bien común y que el Señor mismo es la parte de nuestra herencia. "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos."

Mis queridos hermanos:

Creo que todos estamos concientes de que nuestra buena voluntad no es suficiente para alcanzar metas tan altas. El Señor dijo que los ricos no pueden entrar en el Reino de Dios. Pero agregó también de que no hay nada imposible para Dios. Celebrar ahora la Eucaristía significa acudir a Cristo mismo para que nos participe sus propios sentimientos y su fortaleza, y el anhelo de la santidad.


Quilmes, 30 de enero de 2005

Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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