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SAL Y LUZ
Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
6 de febrero de 2005
Al compararnos
con la sal y la luz, Jesús nos dice que sus discípulos no deben
conservarse para sí mismos, sino gastarse para los demás. Porque la sal se
disuelve para dar sabor y salud; la luz se consume para iluminar y dar
seguridad. No es la autorrealización la que busca el cristiano, sino la
autotrascendencia.
En estos días nuestro
Papa Juan Pablo nos da nuevamente una lección conmovedora de cómo se vive
esta enseñanza de Jesús. La enfermedad suele asustar al que la padece y
reducir el horizonte de su mirada al pequeño círculo de los que se centran
en él. El Papa, en cambio, desde el lecho del enfermo sigue atendiendo los
asuntos de la Iglesia y acepta para sí la palabra que Jesús dirigió a San
Pedro: "Cuando seas viejo, otros te llevarán donde no quieres ir." Tres
veces Jesús había preguntado a Pedro, si lo amaba, y tres veces le dijo
que su amor lo debía manifestar no sólo de palabra, sino con el pastoreo
de su rebaño. Y después le anticipó que le pediría una muestra aún más
grande de amor cuando sea viejo, aludiendo al martirio. Juan Pablo II ya
lo dijo después de su internación anterior, que había entendido que el
Señor le pedía la enfermedad para el ejercicio de su ministerio.
El testimonio del Papa
nos muestra lo que significa aceptar la palabra de Cristo: "El que quiera
salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y el Evangelio
, la salvará" (Mc 8, 35). Apostar a esta palabra, cambia la vida. El que
ha recibido la luz, no puede guardarla para sí. La felicidad propia está
ligada a la felicidad del otro. El que ha conocido el amor de Cristo, debe
testimoniarlo, aún cuando esto traiga incomprensión y sufrimiento. Los
comunicadores de los medios hoy, que pretenden ser los voceros de la
sociedad, en general no están identificados con este mensaje cristiano;
por el contrario, la corriente común es proponer una vida que apunta a
bienes efímeros y callar la búsqueda profunda del hombre. Esto exige estar
despierto y fuerte para no dejarse confundir. Ser sal y ser luz implica
que el cristiano, si bien debe estar en el mundo, no puede ser uno más en
la masa. Si esconde la luz que hay en él, las tinieblas lo invaden. Y
¡cuánta oscuridad habrá en él y a su alrededor! Cristo vino para salvar a
este mundo. Sin la sal del evangelio la sociedad se corrompe, sin la luz
los hombres pierden la orientación y no llegan a su destino.
Cuando veo la enorme
población en nuestra diócesis, ciertamente me preocupa el pequeño número
de los cristianos que participan en la vida de las comunidades. Pero más
me inquieta que el mensaje de la Iglesia no sea lo suficientemente claro,
para que los alejados descubran la necesidad de Jesucristo. Lo digo
primero para nosotros, obispo, sacerdotes y diáconos. Son muchas las cosas
que pide la organización de la pastoral. Pero debería ser claro que los
ministros sagrados no son agentes sociales, ni referentes culturales o
políticos; tareas que en sí son nobles y necesarias para la sociedad, pero
que no necesitan de la ordenación y del mandato. La misión de la Iglesia
es anunciar a Cristo como camino hacia el Padre, el misterio pascual al
cual Jesucristo nos invita en cada Eucaristía. Es enseñar que el arte de
vivir está en el arte de morir. El mensaje social es el la consecuencia de
este mensaje religioso.
Pero no solamente los
ministros sagrados están comprometidos. Cada uno tendrá que preguntarse
qué consecuencias trae la palabra de la sal y de la luz para él, y cómo
manifiesta su adhesión a Jesucristo. En la vida familiar: los esposos, los
padres, los jóvenes, los ancianos; en el mundo del trabajo: los
empresarios, los trabajadores; en la administración pública: los
funcionarios, los empleados; en el ambiente de la salud: los médicos, los
enfermeros; en la educación: los maestros, los estudiantes; en el
comercio: los intermediarios, los comerciantes, los clientes; y así
podemos seguir nombrando los diversos ambientes, donde se desarrolla
nuestra vida.
No tengamos miedo de
nombrar a Cristo. Debemos saber que el Señor nos está esperando en el
corazón de cada persona, ya antes de que nosotros hablemos de él. Que la
comunión que recibimos nos anime a ser sal y luz.
Quilmes, 6 de febrero de 2005
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes
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