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EN ESPÍRITU Y EN VERDAD

Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
Tercer domingo de Cuaresma - 27 de febrero de 2005



Este evangelio es toda una enseñanza sobre el modo de evangelizar. Llama la atención a los discípulos en aquel entonces y a nosotros hoy, que Jesús revele los misterios más profundos de la fe a una mujer samaritana que no se destacaba ni por su inteligencia ni por una vida ejemplar para merecerse humanamente tal atención. Esta circunstancia nos hace comprender que el cristianismo no es el resultado del  escudriñamiento filosófico ni un sistema moral, sino un don que Dios mismo nos revela por su iniciativa. Esta observación, hoy está tomando actualidad frente a la corriente de la Nueva Era, que presenta una concepción del mundo y del hombre, en la cual las fuerzas de la naturaleza son consideradas autosuficientes y donde no hay lugar para un Dios al cual el hombre debería adorar.

La enseñanza de Jesús es sumamente didáctica. El primer paso es el acercamiento a la persona en su vida de todos los días, donde entabla una relación de confianza sencilla a partir de las necesidades que el mismo comparte. La conversación comienza por cosas intrascendentes, a partir de las cosas visibles, para hacernos descubrir la realidad invisible que se esconde detrás y debajo de la superficie, y llegar finalmente a una reflexión que toca las fibras más profundas del corazón humano.  Así, el agua del pozo es imagen de un manantial que Jesús hace brotar en el corazón del hombre, signo del Espíritu Santo que, como una fuente inagotable, quita para siempre la sed del hombre en su búsqueda espiritual y lo lleva a la vida eterna.

La pregunta de la mujer por el lugar dónde hay que  rendir culto, si en Jerusalén o en Samaría, da a Jesús la oportunidad para hablar de la verdadera oración, que no depende de un  espacio físico sino que se realiza en cualquier lugar en la interioridad de la persona, porque Dios es espíritu y debe ser venerado en espíritu y verdad. La paternidad de Dios que primero se manifestó a los judíos, no se limita a este pueblo, sino a partir de ellos se trasmite a todos los hombres.

Lo más sorprendente en la conversación de Jesús con la mujer samaritana es que él se revelara a esta mujer explícitamente como el Mesías esperado. Lo hace despertando en ella el asombro por el conocimiento que tenía de su corazón y su vida pasada. Y lo hace de tal manera que la mujer reconozca su propia verdad y se sienta amada a pesar de esta su realidad. La fe en el Mesías la lleva a contárselo a la gente de su pueblo que, a su vez, se acercan a Jesús y descubren y profesan que él es el Salvador del mundo. Así el Señor, en esta escena en el pozo de Jacob, con pocos trazos nos descubre el misterio trinitario de Dios, que se da a conocer y es: Padre, Hijo y Espíritu.

La conversión que produce el encuentro con Cristo, está simbolizada en el cuadro sugerente del cántaro abandonado, que la mujer dejó en el pozo, cuando corrió a la ciudad. Cuando el agua viva comenzó a brotar en su interior, el cántaro y el pozo de Jacob quedaron atrás ya ni podían satisfacer su sed.

¿Cuál es el mensaje de este evangelio para nosotros?

Como la samaritana hemos de tomar conciencia de que el Señor está presente en el camino de cada hombre, especialmente en los momentos en que sentimos nuestras necesidades materiales, sociales y espirituales. El reclamo de satisfacción, sobre todo en el plano profundo de nuestra persona, debería abrirnos la mente para entrar en un diálogo profundo con el Señor. Él conoce nuestro presente y nuestro pasado, y nos ofrece el agua que calma nuestra sed de Dios y que nos lleva hacia delante a un horizonte de esperanza. Si delante de él reconocemos nuestra verdad, él nos sanará. Si este encuentro con Cristo es auténtico, espontáneamente surge la urgencia de comunicarlo a los demás. La Buena Nueva es contagiosa y motiva a otros a hacer la misma experiencia y conocer así personalmente a Jesucristo. Cada uno dejará atrás su cántaro con el cual abrevaba antes sus ansias, porque al beber el agua que Cristo le da, no volverá más a tener sed.

Al acercarnos al altar, el Espíritu del Señor calma nuestra sed y nos anima a testimoniarlo entre los hombres.


Quilmes, 27 de febrero de 2005

Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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