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Muerte de Lázaro
Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
Quinto domingo de Cuaresma - 13 de marzo de 2005
Mis
queridos hermanos:
Como el ciego de
Nacimiento del Domingo pasado, hoy la enfermedad y la muerte de Lázaro son
dispuestas por Dios para manifestar su Gloria y para que Jesús sea
conocido como Hijo de Dios. Si bien el volver a la vida de Lázaro no es
como la resurrección de Jesús , porque él debía volver a morir. Sin
embargo es una prueba que la existencia humana no termina con la muerte.
Impresiona que el Señor llame a alguien, cuyo cuerpo se está
descomponiendo en la sepultura por su nombre. Evidentemente el grito del
Señor se dirigía al más allá. Desde donde Lázaro tenía que volver para
reanimar sus restos mortales.
La identidad de la
persona no se diluye con la muerte. Los que salen de este mundo siguen
siendo los mismos para siempre. Como pudimos ver en la transfiguración de
Jesús, donde se asocian a Él Moisés y Elías. Jesús en una discusión con
los saduceos que no creían en la resurrección de los muertos, les
pregunta" no han leído la palabra de Dios que dice- Yo soy el Dios de
Abraham el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Él no es un Dios de muertos,
sino de vivientes.
También la parábola del
rico que no comparte sus bienes con el pobre Lázaro delante de su puerta.
Y la suerte dispar de los dos después de la muerte, igual que la promesa
que recibe el buen ladrón del Señor Hoy estarás conmigo en el paraíso-
afirman la continuidad indestructible de la existencia humana. Pero la
perspectiva de la continuidad de nuestra vida de por sí no sería
suficiente para vivir feliz, sino no se explicarían los suicidios y la
propuesta de la llamada eutanasia.
Por el contrario para
el que no cree, la vida misma puede resultar un tormento o por lo menos un
absurdo sin sentido, que el hombre no ha elegido sino que un destino ciego
le ha adjudicado. Que diferente en cambio es la vida del creyente. Sabemos
que vamos a morir, y la perdida de un ser querido nos duele como a Marta y
a María y el mismo Jesús compartía sus sentimientos de congoja. Pero desde
que Cristo se ha manifestado como el Señor de la vida, como en el caso de
Lázaro, el joven hijo de la viuda de Naim y la hijita de Jairo.
Sabemos que la vida es
un don de Dios y que por eso merece ser vivida, aunque tenga sus
dificultades y sufrimientos. Porque desde que Dios mismo la compartió con
nosotros sabemos que al compartirla con los demás, ya ahora, se
convierte esta vida en un signo del Reino de Dios que estamos esperando.
El que vive y cree en Cristo no morirá jamás. Esta certeza nos da la
fortaleza para vivir con entrega y generosidad y cuando llegue el momento
de nuestra partida de este mundo el Señor de la vida nos esperará.
Cuando el Señor llama
siempre es para la vida y su llamado puede causarnos estupor, pero no
miedo. Confiar en Cristo y estar siempre atentos para escuchar su llamado
es lo que nos da la felicidad que buscamos . Aunque vivir como testigos
del Señor puede significar una amenaza para nosotros como para Lázaro, al
cual planeaban matar por ser un signo fehaciente del poder de Cristo. Pero
seguidores de Jesús que en libro del Apocalipsis están al lado de Él en la
ciudad eterna, dice la escritura que no amaron tanto la vida que temieron
la muerte. La vida aquí no es el don supremo. El don supremo es la vida
eterna. La fe en Cristo despierta en el corazón de sus discípulos la
audacia evangélica y hasta hace gozar a los apóstoles de haber sido
encontrados dignos de sufrir por su testimonio.
Con este espíritu nos
acercamos a la Semana Santa y a la celebración de la muerte y resurrección
de nuestro Señor. En aquel entonces cuando Jesús estaba frente a la
sepultura de Lázaro, Él llamaba al más allá. Nosotros estamos en el mas
acá y el Señor viene del mas allá para hacerse presente entre nosotros.
Él es la vida, ahora y
después y siempre.
Quilmes, 13 de marzo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |