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¿QUIÉN ES ÉSTE?


Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
Domingo de Ramos - 20 de marzo de 2005



Durante todo el tiempo de su predicación pública, Jesús había ocultado el secreto de su misión mesiánica, hasta que llegara su hora. Guiado por la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén, montado sobre un asna, ante las muchedumbres que colmaron la ciudad en la fiesta de Pascua. Él rehusó la ostentación del poder de los que andan a caballo o en carros de guerra. El pueblo lo aclamaba como el hijo de David y Salvador, que viene en el nombre del Señor. Y Jesús aceptó este homenaje multitudinario, que despertaba la ira de las autoridades de Jerusalén. Toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: "¿Quién es éste?"

El ramo de olivo que mantenemos en las manos y levantamos para expresar nuestra adhesión a Cristo, debería ser como nuestra respuesta a esta pregunta: ¿Quién es Jesucristo para nosotros? Hay mucha gente, bautizada en la Iglesia católica, que tiene vergüenza de hablar de él en público. Los parámetros que rigen en la sociedad, permiten hablar de la economía, de la política, del deporte, de temas frívolos, de la violencia, de la corrupción. Y si se trata de la religión, suele hablarse en tono polémico; como de las riquezas del Vaticano, del celibato de los sacerdotes, o de que la iglesia no tiene que meterse en la política. Pero raras veces se encuentra alguien que se anime a hablar públicamente sobre Jesucristo y profesar su fe en él. La religión es un asunto privado, dicen. Y en este contexto hasta el ramito de hoy es aceptado, como una costumbre piadosa o una protección contra maleficios.

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, si queremos interpretarla como el mismo Señor la entendió, exige de nuestra parte una definición con respecto a él. No basta una respuesta emocional, si no queremos repetir la conducta de aquellos que el domingo gritaron: "Hosanna", y el viernes: "Crucifícalo". Aquellos  que quieren silenciar a Cristo y su mensaje, siguen actuando con prepotencia para imponer sus proyectos. El Señor, como en aquel entonces, se manifiesta  públicamente, pero no impone su autoridad por la violencia. "El que era de condición divina, no consideró su igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor". Humildemente se presenta delante nuestro, sin poder, pero apelando a nuestra libertad para ser reconocido como el Hijo de Dios que entró en la historia humana para cambiarla.

No nos debe extrañar que los discípulos de Jesús se encuentren con la resistencia y el rechazo de los que no aceptan la ley de Dios como norma básica para el orden público. Pero  los que creen en él, serán capaces de resistir la presión y el miedo, y a testimoniar su fe con valentía en un ambiente hostil. La aparente derrota de Jesús en la cruz es el signo de la victoria sobre el mal y el maligno, y nos anima a nosotros a cargar con el sufrimiento propio y ajeno. La resurrección del Señor y la manifestación de su presencia en los dos mil años de  la Iglesia, especialmente en los santos, nos alienta para seguir al Maestro y dar la vida por él. Es el Señor mismo que nos dice: "No tengan miedo, yo he vencido al mundo".

Hermanos y hermanas en Cristo, con el ramo en alto, renovemos nuestra adhesión a Cristo, y vivamos estos días realmente como una Semana Santa.


Quilmes, 20 de marzo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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