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MISA Crismal
Homilía de
monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes en la Misa Crismal
23 de marzo de 2005
Mis queridos hermanos y hermanas del Pueblo de Dios:
Fue en Antioquia,
Palestina donde dieron a los seguidores de Jesucristo el nombre de
cristianos. Es decir seguidores del Ungido, de Cristo.
La unción en el pueblo
de Israel era el signo de los que Dios había elegido para una misión
especial. Se derramaba aceite sobre la cabeza de los sumos sacerdotes, los
profetas y los reyes, quienes a partir de este gesto actuaban en nombre de
Dios, como Moisés, sacerdote; David, rey y Elías, profeta. Jesús recibe el
Espíritu públicamente cuando Juan lo bautiza en el Jordán y el Padre lo
declara en ese momento hijo suyo predilecto. En la Sinagoga de Nazaret el
Señor mismo anuncia al pueblo que la profecía de Isaías se había cumplido
al leer el párrafo "El Espíritu está sobre mí, porque me ha consagrado por
la unción". Él es el mediador elegido y enviado. Por ser hombre y Dios a
la vez no es uno entre los dos- entre el padre y nosotros-, sino es uno
con los dos.
Él es el único camino
hacia el Padre. Sin embargo en vez de restringir la difusión del Espíritu
al caducar el orden de la antigua alianza con sus intermediarios, por el
contrario Cristo da participación en los dones del Espíritu a todos los
que creen en Él y que bautizan en su nombre. Fuimos ungidos con el Santo
Crisma de los dones cuando nos ungieron nuevamente en la confirmación.
Somos pueblo sacerdotal, real y profético. Y Junto a Cristo, con Él, por
Él y en Él y solo así hemos sido convertidos en mediadores para los demás.
Quisiera en esta Misa
Crismal ahondar en este misterio profundo de nuestra fe ya que en Cristo
somos mediadores unos para con los otros y de una manera especial para con
aquellos que aún no conocen a Cristo. Cuando nos bautizaron fuimos
injertados en Jesucristo. Vivimos en Él y vive Él en nosotros. Llevamos
desde entonces la impronta de la comunidad, cada uno de nosotros es un
destello de la luz de Cristo y entre todos reflejamos a Él, que es la
imagen del Dios Invisible. Yo soy un don para el otro, y el otro es un don
para mí, en el orden humano y también en el orden de la gracia. Así un
niño pequeño nos transmite su necesidad de protección y despierta en
nosotros la bondad gratuita que Dios quiere brindar a todos sus hijos.
Un muchacho o una
muchacha adolescente nos hacen descubrir a Jesús que se había quedado en
el templo para buscar entre los entendidos de la Biblia su vocación y nos
recuerda que todos deberíamos estar en las cosas del Padre. Los enfermos
no sólo reclaman nuestra paciencia y nuestra misericordia sino son una
imagen sanadora del Señor sufriente y completan por su dolor lo que falta
en el padecimiento de Cristo, para el bien de los demás.
No hay nada en nuestra
vida que no tenga la connotación comunitaria, la oración silenciosa y la
entrega generosa infaliblemente produce sus frutos incluso para personas
que están lejos de nosotros. Rezar por alguien no significa solamente
pensar en él en la oración sino orar en su lugar. La comunión se establece
incluso por sobre las fronteras de la muerte a favor de nuestros seres
queridos que nos han precedido. Aunque podamos conocer solamente una parte
pequeña del Pueblo de Dios sin embargo todo lo que se hace impulsado por
el Espíritu repercute en todo el cuerpo de la Iglesia. Desde el bautismo
cada uno es mediador de la gracia que Cristo le ha dado y aquellos que
están confirmados con mayor razón aún en medio de las pruebas de la vida
deben animarse a repetir con San Pablo " yo puedo todo en aquel que me
conforta".
Ahora bien, para tener
conciencia que Cristo actúa a través nuestro y que sin Él no podemos hacer
nada, dispuso el Señor que alguien en el pueblo de la nueva alianza fuera
elegido para representarlo , con la autoridad que había dado a los
apóstoles, especialmente en la celebración de la memoria de su sacrificio,
en la reconciliación y en la ayuda a los enfermos. Por eso los Obispos y
los Presbíteros nuevamente han sido ungidos con el santo Crisma.
Es Cristo la cabeza del
cuerpo de la Iglesia que por el ministerio sacramental de los Obispos y
Presbíteros garantiza la unión entre todos los miembros.
En la carta que Juan
Pablo II manda este jueves a los sacerdotes pone atención a las palabras
de la consagración, que el sacerdote pronuncia en la Eucaristía in persona
Christi. Estas palabras dice el Papa no deben ser para nosotros los
sacerdotes una fórmula consagratoria sino también una fórmula de vida. Así
cuando tomamos la hostia con nuestras manos revivimos el primer
sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan. El de dar
gracias.
Tenemos ciertamente
nuestras cruces pero los dones recibidos son tan grandes que no podemos
dejar de cantar desde lo más profundo del corazón nuestro magnificat.
Cuando decimos las palabras -Tomad y comed, tomad y bebed- que expresan la
auto donación de Cristo, no podemos repetir estas palabras sin sentirnos
implicados en este momento espiritual y ponernos a disposición de la
comunidad y al servicio de todos los necesitados. La renovación de
nuestras promesas de ordenación incluyendo la obediencia al Obispo y sus
sucesores por amor a la Iglesia se ilumina por esta relación en la
eucaristía dice la carta-.
El gesto de entregar el
Cuerpo de Cristo a nuestros hermanos quiere ser a la vez el gesto de
nuestra propia entrega con Cristo. Nosotros los sacerdotes comulgamos
primero, no por considerarnos más importantes sino porque después cuando
damos la comunión lo hacemos en Cristo. Con este gesto cuando entregamos
el cuerpo de Cristo deberíamos entregarnos nosotros mismos y mirar las
caras de nuestra gente. Cada vez que lo hago -pensar y sentir
interiormente con Cristo me entrego a ti.
Y deberá ser sincera
esta entrega para que nuestros fieles al decir amén no solo afirmen su fe
en la presencia real de Jesucristo en la eucaristía sino que sea a la vez
también la expresión de aceptación de nuestra entrega. Cuando exclamamos
las palabras Este es el misterio de la fe- expresamos nuestra reverencia
ante esta realidad sagrada. Este momento breve se prolonga ante la
presencia de Cristo en el sagrario. Dice Juan Pablo II estar ante Jesús
Eucaristía, aprovechar en cierto sentido nuestras soledades para llenarlas
con su presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de
nuestra intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra
vida-.
Cuando todo el pueblo
responde Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección hasta que
vuelvas-, se convierte la memoria del misterio pascual en deseo de
encuentro pleno y definitivo con Él , Nosotros vivimos a la espera de su
venida.
Dice el Papa -El
sacerdote es una persona que con el paso de los años continúa irradiando
juventud y contagiando a las personas que encuentra en su camino y agrega-
no faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida
sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres y más apasionados en el
ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote conquistado por Cristo
conquista mas fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma
aventura. Lo mismo podemos decir de nuestros diáconos. Gracias a Dios no
faltan en nuestra diócesis vocaciones a este ministerio que por su
cercanía a las familias y su modo de vivir transmite el mensaje de Cristo
por el testimonio más que por las palabras. Elegidos para ser signos
sacramentales de Cristo servidor en la celebración eucarística y en la
vida pastoral, también ellos renovarán las promesas de ordenación.
Mis queridos hermanos,
todos queremos encomendarnos a María , la que dio la naturaleza humana al
Hijo de Dios .
El Padre Hurtado decía:
-La encarnación del Señor en el seno de María fue al mismo tiempo su
ordenación sacerdotal-.
Por ser Dios y hombre a
la vez pudo ser mediador, porque como Dios no podía serlo.
Fue la virgen que le
dio la humanidad para que Jesús pudiese ser mediador y sacerdote.
Al darnos participación
en esta misión se afirma y se prolonga en nosotros el SI de la Virgen.
Que ella nos ayude a
vivir nuestra unción; al pueblo de Dios y a los ministros, a ser
cristianos de verdad.
Que así sea.
Quilmes, 23 de marzo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |