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JUAN PABLO II
Homilía de
monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
3 de abril de 2005 - Segundo domingo de Pascua
Dios llamó a
nuestro Santo Padre Juan Pablo II a su presencia, en vísperas del segundo
Domingo de Pascua. Él había dispuesto llamarlo "Domingo de la Misericordia
Divina", cuando canonizó en el año del Gran Jubileo 2000 a su compatriota
Faustina Kowalska. Podemos confiar en que se cumple ahora en el Papa mismo
la promesa de las Bienaventuranzas: "Felices los misericordiosos, porque
obtendrán misericordia", porque él ha sido un signo de la misericordia de
Dios entre los hombres.
Lo que sentimos con su
partida, es una profunda congoja. Se nos ha ido un padre, un profeta, un
santo.
Hemos perdido a un
pastor, con el cual el trato de "Santo Padre" no era un título, sino la
expresión de lo que percibíamos frente a su persona. Era realmente un
padre, que irradiaba santidad. Un padre, que trataba a todos, sin
excepción, con respeto y amor; y que no se negaba a recibir a nadie, aún
cuando anteriormente había tenido que enfrentar a alguien públicamente,
por posturas o acciones equivocadas. Un padre incapaz de guardar rencor,
ni como persona ni como conductor de una Iglesia milenaria. Al contrario,
era el pontífice que pidió disculpas en muchas oportunidades por los
pecados cometidos en el pasado, y buscó la reconciliación y el diálogo con
hombres y mujeres de todos los credos, y aún con los no-creyentes.
Él estaba conciente de
que su misión, como Vicario de Cristo, abarcaba a la humanidad entera. Por
eso quería llegar a todos los pueblos, donde tomaba contacto no solamente
con los fieles católicos, sino con los representantes de las grandes
religiones y las autoridades civiles, que están comprendidos también en el
plan de Dios. En la Argentina pudimos experimentar dos veces su
preocupación paternal por todos los pueblos, cuando la conflagración
bélica con los ingleses y la guerra inminente con Chile.
Su paternidad se hacía
patente de manera impresionante, cuando convocaba a los jóvenes. Ellos
nunca tenían que sufrir una reprimenda de su parte, pero los desafiaba con
el mensaje neto de Cristo, sin claudicar. A pesar de sus años no había
perdido la sensibilidad de un joven que busca el ideal por el cual vale la
pena desvivirse. Simpatizaba con los jóvenes por el gran amor de padre que
les tenía. Y ellos lo sentían así.
Juan Pablo no era
solamente pastor, sino un hombre profético. Dios lo eligió desde un pueblo
que había sufrido la opresión de las dictaduras del sistema fascista-nazi
primero y del sistema comunista después, para que sintiera en carne propia
las consecuencias de la privación de la libertad, y que la fe de un pueblo
creyente es capaz de derribar la esclavitud. Su invitación en 1986 a
todas la religiones, a orar en Asís por la paz, fue expresión de la
convicción de Juan Pablo II, de que Dios manifiesta su señorío, cuando los
hombres se lo piden con verdadera fe.
El muro de Berlín cayó
sin ningún derramamiento de sangre, sino, como dijo el Papa, "a través de
una lucha pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y la
justicia" (CA 23). Era el profeta que se opuso a las guerras, cuando otros
se callaban o se hacían cómplices. Era el profeta que incansablemente
defendía el derecho a la vida y el derecho fundamental de elegir y
practicar libremente la religión. Era el profeta que constantemente
reclamaba la justicia social en cada pueblo y entre las naciones, y que
decía con claridad que "no se puede pretender que las deudas contraídas
sean pagadas con sacrificios insoportables" (CA 35). Las catorce
encíclicas de Juan Pablo II son un testimonio imborrable de su visión
profética y un legado obligado para el futuro.
Creo que, además de su
figura de padre y profeta, podemos decir que hemos tenido un santo como
Papa. El tema del llamado a la santidad ha sido permanente en su
magisterio. Y su inquietud de proponernos modelos de santidad, que lo
llevó a beatificar a más de mil y a canonizar a cientos de hombres,
mujeres, jóvenes y niños, consagrados, sacerdotes y laicos, del pasado
lejano y cercano, muestra dónde el Papa ponía los acentos y de dónde él
mismo sacaba tanta fuerza.
Juan Pablo era un
místico que se sumergía en la oración. Su santidad pudimos ver, mejor que
nunca, en el último tramo de su vida, marcada por la enfermedad. Cuando el
viernes santo sostenía la cruz con sus temblorosas manos, mientras
acompañaba desde su capilla privada la oración en el Coliseo, manifestó:
"La cruz es la única esperanza para el hombre. Yo ofrezco mis sufrimientos
para que el proyecto de Dios se cumpla y su palabra camine entre la
gente". La serenidad con que aceptó la gravedad de su estado, y la
expresión "Soy feliz", nos hacen comprender que de verdad hemos tenido un
santo entre nosotros.
Por eso, a pesar del
dolor que sentimos por su muerte, sentimos al mismo tiempo una paz
profunda. El modo cómo se nos ha ido, nos hace comprender la palabra de
Jesús a los discípulos: "Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido
y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a
fin de que donde yo esté, estén también ustedes" (Jn 14, 2-3). "Felices
los que creen sin haber visto", dijo Jesús hoy en el evangelio. Pero con
gratitud podemos decir, que creemos también, porque en Juan Pablo II el
Señor nos hizo ver su propia presencia.
Quilmes, 3 de abril de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |