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JUAN PABLO II ­ MISA EXEQUIAL


Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes, en la misa exequial
por Juan Pablo II (7 de abril de 2005)



1. Con esta misa queremos dar gracias a Dios por la vida y la muerte de Juan Pablo II, que nos ha guiado durante veintiséis años como Pastor universal de la Iglesia, y pedir por su eterno descanso. La emoción que nos embarga, se engendra al mismo tiempo en el dolor por su partida, como en la certeza de que por estar él ahora más cerca  del Señor, también nuestra comunión con él se ha hecho más intensa. Hombres y mujeres en todo el mundo, aún no-cristianos sienten y expresaron en estos días que el Santo Padre ha sido un don de Dios para la humanidad. La presencia de los pastores de nuestros hermanos y hermanas protestantes, como la participación de las autoridades de la provincia y de los municipios de nuestra diócesis, testimonian la consideración que Juan Pablo II ha despertado tanto en el ámbito eclesial como civil. Les agradezco la expresión de su cercanía en estos días y en esta hora.

Es imposible resumir la enseñanza de este  Papa. El legado de su magisterio es como una cantera enorme que en adelante desafía a  los investigadores de las más variadas disciplinas. Aquí me animo solamente a remarcar algunos rasgos de su testimonio como un hombre de Dios, que estaba arraigado en el pasado, vivía a pleno el presente y se proyectaba hacia el futuro.


2. Como obispo de Roma, Juan Pablo II estaba conciente de que con su ministerio era el último eslabón en una tradición dos veces milenaria, que tiene su origen en el mismo Jesucristo. Una tradición con luces y sombras, en la cual la sede de San Pedro ha sido siempre una referencia decisiva. Decía él una vez: "El Obispo de Roma, con el poder y la autoridad sin los cuales esta función sería ilusoria, debe asegurar la comunión de todas la Iglesias. Por esta razón, es el primero entre los servidores de la unidad. Soy conciente que la comunión plena y visible de todas las Comunidades, en las que gracias a la fidelidad de Dios habita su Espíritu, es el deseo ardiente de Cristo" (Ut unum sint 95).  Pero como Vicario de Cristo y Pastor universal se sentía responsable no solamente de los cristianos, sino de todos los hombres, especialmente por los que no han podido reconocer el rostro de Cristo en la misma Iglesia. Él sorprendió a muchos, cuando reclamaba  la purificación de la memoria, y se hizo portavoz de los que necesitan del perdón por los graves pecados que se han cometido en el pasado. Es por el perdón que se nos limpian los ojos para poder ver bien el pasado, no sólo las sombras sino también las luces. Juan Pablo, con motivo del Gran Jubileo, insistía en que las comunidades no dejaran caer en el olvido la memoria de los Testigos de la fe, y de una manera especial de los Mártires que han dado su vida por el Señor. El celo de Juan Pablo por conservar lo que nos ha sido confiado desde los orígenes, tiene que ver con esta fidelidad de los testigos de la fe. Sólo si somos transparentes con respecto a nuestro pasado, somos creíbles en el presente. Sólo el que se sumerge en el misterio de Cristo, también es capaz de comprender el misterio del hombre.


3. Juan Pablo fue un apasionado del misterio de Cristo, y por eso le apasionaba la evangelización de los hombres hoy. Cuando el 16 de octubre de 1978, después de la elección en el cónclave, le fue hecha a Karol Woityla la pregunta: "¿Aceptas?", él respondió: "En obediencia a Cristo, mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades, acepto". En su primera encíclica marcó en seguida el rumbo de su pastoreo, cuando dijo: "La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna".

El misterio del hombre le obsesionaba. Su natural facilidad de comunicarse con las personas le sirvió para crear lazos muy fuertes y proponer  compromisos trascendentes a la sociedad. Muchas veces repetía la expresión del Concilio que "mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre" (GS 22). "En este camino que conduce de Cristo al hombre", dice el Papa, "en este camino por el que Cristo se une a todo hombre , la Iglesia no puede ser detenida por nadie. La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón de su misterio, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza. Esta es la solicitud del mismo Cristo, el buen Pastor de todos los hombres". Y el Papa acuñó ya en su primera encíclica la famosa frase que debe orientar todo  nuestro accionar: "El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión"(RH 14).

En esta máxima se inspiran las posteriores encíclicas sociales de Juan Pablo II, en las cuales enuncia los principios rectores para la organización de la sociedad y  la relación entre los pueblos; el reclamo de la justicia social;  la prioridad del trabajo sobre el capital; el respeto y fomento de cada persona y de las instancias inferiores; la misericordia que debe completar y superar la justicia;  la urgencia de la justicia para garantizar la paz. Y no solamente presentó la doctrina, sino la aplicó con gestos inolvidables. Llamó a los representantes de todas las religiones en 1986 a Asís, para rezar con ellos por la paz del mundo. Fue permanente su  oposición a la guerra; intervino como mediador entre las partes beligerantes; estableció innumerables  contactos con los líderes políticos; apeló a los países ricos y las instituciones crediticias internacionales de que las deudas externas no se pueden pagar con sacrificios insoportables; y se preocupaba por el hombre en los diversos ámbitos de la ciencia, cultura y religión. Vivía plenamente en el presente y usó los medios modernos de la comunicación como el nuevo areópago de la evangelización. Nos hizo comprender, que Cristo no vino para condenar, sino para salvar al mundo.


4. Esta verdad fue lo que incentivó a Juan Pablo a no conformarse con el momento actual, sino a emprender la evangelización con una dinámica impresionante. Era un visionario del futuro. En esta visión profética nace su inquietud de llevar a la humanidad al tercer milenio, y su convocatoria a la Nueva Evangelización. Ahí nacen los Sínodos continentales; la insistencia en el primer anuncio en el continente asiático; la exhortación al viejo continente de tomar conciencia de sus raíces cristianas si no quiere perder el rumbo. Su inquietud lo impulsó a viajar a todas partes para llevar personalmente el mensaje de Cristo a los hombres.

Él sentía la división entre los cristianos como un obstáculo escandaloso para la evangelización entre los pueblos que todavía no lo conocen. "La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad" (RH 6), dijo ya en el comienzo de su pontificado. Las multitudes millonarias de jóvenes que respondían a la invitación del Papa revelan, que él nunca perdió el fervor de su propia juventud, cuando optó por consagrarse a la causa de Cristo. Era un hombre con visión de futuro.


5. Nos dio su última lección, cuando entró con Cristo en su propia Semana Santa. Al comunicador nato, ya sin voz, apenas le quedaba  fuerza para trazar una última vez la señal de la cruz sobre el pueblo. Nos enseñó a morir con serenidad. Escribió su última frase: "Soy feliz. Séanlo ustedes también". Y con su tránsito a la vida eterna nos marcó el futuro absoluto de Dios, al cual todo hombre está llamado. Pidámosle a la Virgen, a la cual Juan Pablo II se había consagrado, que nos ayude a seguir su ejemplo.


Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
Quilmes, 7 de abril de 2005.



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