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la presencia de Dios en nosotros
es la novedad cristiana
Homilía de
monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
1 de mayo de 2005 - Sexto domingo de Pascua
1. "Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté
siempre con ustedes; no los dejaré huérfanos, volveré a ustedes". Esta
promesa de Jesús antes de su muerte se cumplió a partir de Pentecostés en
todas partes donde se predicaba a Cristo. Con una dinámica impresionante
se difundió la Palabra a partir de la persecución por las autoridades
judías, comenzando por los vecinos samaritanos, quienes se bautizaban y
recibían de los apóstoles por la imposición de manos el Espíritu Santo. La
presencia de Cristo se multiplicaba por la misión, y en pocos años la
Iglesia estaba presente en gran parte del mundo conocido de aquel
entonces.
"Yo vivo", había dicho Jesús,
"y también ustedes vivirán". Los signos, que acompañaban la predicación, eran
tan claros y convincentes, que la gente quería pertenecer a los creyentes, a
pesar del peligro que les acarreaba esta profesión de fe en un ambiente
controlado por el imperio romano. Los cristianos llamaban la atención por su
buen comportamiento y hasta fueron infamados por eso, porque no compartían los
hábitos de una sociedad muchas veces decadente. San Pedro los animaba con su
carta: "Es preferible, decía, "sufrir haciendo el bien, si ésta es la voluntad
de Dios, que haciendo el mal". Y les dirigía una exhortación, que hoy está
dirigida a nosotros: "Estén siempre dispuestos a defenderse delante de
cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen".
2. ¿A qué se debe la fortaleza de los cristianos, que no solamente los
hacía capaces de resistir a un ambiente corrompido, sino de ganar a otros para
Cristo? Seguramente no tenían mayores recursos humanos que los hicieran
moralmente superiores a los demás. Pero sí, se dieron cuenta de sus pecados,
cuando escucharon la predicación de los apóstoles y cuando conocieron el
mensaje, que Cristo padeció por ellos –el Justo por los injustos– para
llevarlos a Dios. Y, sobre todo, ellos experimentaban la presencia de Cristo en
sus corazones. Jesús mismo lo había anticipado: "Aquel día comprenderán que Yo
estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes." El evangelio de
San Juan y las cartas de los apóstoles son un reflejo de la vida espiritual
intensa de los cristianos de la primera generación, y siguen desafiando hoy a
nosotros que muchas veces no las comprendemos.
3. La presencia de Dios en nosotros es la novedad cristiana. Siempre que
la presencia divina en los cristianos es ignorada y olvidada, la espiritualidad
decae inevitablemente en moralismos que, en vez de darle ánimo a la persona, la
debilitan por no revelarle la fuerza que Dios le ha puesto en el alma. El
cristianismo no es una escuela de buena conducta, sino una vida inundada por la
gracia. Dios quiere que seamos habitualmente conscientes de su presencia en
nosotros. En la medida en que se cree en la inhabitación, en esa medida surge el
horror al pecado. San Pablo, cuando quería apartar a los corintios de la
fornicación, les recordaba ante todo que eran templos de Dios: "¿No saben que
son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?" La conciencia
de la inhabitación lleva a la oración continua y también conduce a la humildad;
porque nos hace comprender que las Personas divinas en nosotros tienen la
iniciativa y la fuerza para todo lo bueno que hagamos. Y crece en nosotros el
amor a la Iglesia cuando tomamos conciencia de que esta gracia suprema se nos da
por ella y en ella.
4. Jesucristo en la Eucaristía causa en nosotros la inhabitación de la
Trinidad. De cierto modo, la presencia del Señor en los cristianos es aún más
excelente que su presencia en la Eucaristía. El Señor se hace presente en la
Eucaristía para hacerse presente en los fieles. Es decir, la Eucaristía tiene
como finalidad la inhabitación. Por otra parte, la inhabitación hace al
cristiano idóneo para la comunión eucarística. Sin aquella, no es lícito
acercarse a ésta. La Eucaristía cesará un día, cuando pase la apariencia de este
mundo y llegue a ser Dios todo en todas las cosas; pero la presencia de Dios en
el justo no cesará nunca, por el contrario se intensificará en la vida eterna.
Pidámosle al Señor al recibirlo en la comunión que nos haga sentir su presencia
permanente en nosotros y que nos abra los ojos para descubrirlo, amarlo y
servirle en los hermanos.
Quilmes, 1 de mayo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |