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EL CIELO TIENE QUE VER CON LA
HUMANIDAD DE CRISTO


Homilía de monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes
8 de mayo de 2005 - 
Ascensión del Señor



Mis Queridos hermanos y hermanas:

Con San Pablo vamos a pedir al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la Gloria que nos conceda un espíritu de sabiduría y revelación. Que nos permita conocerlo, verdaderamente.

Queremos preguntarnos que significa esta Fiesta de la Ascensión del Señor para nosotros. A veces uno puede tener la impresión que se piensa la vuelta de Jesús al Padre como la vuelta de un actor del escenario, quien se saca los atuendos de su personaje para volver a ser el mismo en la vida común. Se imaginan al Hijo Eterno de Dios que se hizo hombre, mientras estaba en la tierra para deshacerse de su naturaleza humana y volver a ser puro espíritu en el cielo. Y consecuentemente aplican esta idea de forma similar también a los hombres, pensando que con la muerte el alma se va al cielo mientras el cuerpo se deshace en la tierra. Y con esto estaría sellada la suerte para siempre.

El Catecismo dice "La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios, de donde ha de volver, aunque mientras tanto se esconde a los ojos de los hombres, es decir con cuerpo y alma humana el Verbo de Dios nos ha precedido, en el Reino del Padre para que nosotros vivamos en la esperanza de estar un día con Él, eternamente también con cuerpo y alma". La ascensión de Cristo al Cielo significa su participación de su humanidad en el poder y en la autoridad de Dios mismo. La vuelta de Jesús, al Padre no es simplemente un volver a la preexistencia, porque con Jesús entró el primer hombre en el cielo nuevo, y en la tierra nueva. Con Él comienza la nueva creación. Afirmamos lo mismo también de María.

Mas de uno se queda con la intriga de cómo será el cielo. La Biblia es muy cauta al respecto, pues de Cristo simplemente dice: "Una nube lo ocultó mientras los apóstoles lo vieron elevarse". Una nube que acompañaba al pueblo de Israel en el desierto, que envolvía el monte Sinaí, y que reposaba sobre el arca de la alianza, era símbolo de la presencia de Dios. No podemos indicar un lugar o un espacio reservado para el cielo, lo que podemos afirmar desde la resurrección y ascensión de Jesucristo, es que el cielo tiene que ver con su humanidad, es decir también con su pertenencia material a este mundo. En Él el Cosmos ha entrado en la transformación. En Él ha comenzado el cielo nuevo y la tierra nueva, de los cuales habla el libro del Apocalipsis. Esto trae consecuencias para nosotros, en la valoración de nuestra actividad en el mundo hoy. No es suficiente poner la mirada en el cielo esperando la venida del Señor. Ahora se trata de poner en práctica su mandato, "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos", y enseñar a cumplir todo lo que Él nos ha mandado. El Evangelio con su fuerza transformadora, debe ser anunciado en un mundo necesitado de la palabra orientadora de Dios.

No es casual que el día de hoy, desde el Papa Pablo VI, sea también el día de los medios de comunicación, porque ese es el mandato del Señor "Vayan, anuncien". Ciertamente el Evangelio dice que la figura de este mundo deformado por el pecado pasará. No obstante dice el Concilio- La espera de una tierra nueva no debe debilitar sino mas bien avivar, la preocupación de cultivar la tierra-. Aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno, del crecimiento del reino de Cristo. Sin embargo  ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios. Y dice el Concilio ­ Todos esos frutos buenos, los encontramos después de nuevo iluminados y transfigurados cuando Cristo entrega al Padre el Reino eterno y universal-.

Ya lo habíamos dicho en Pascua. Nada de lo que Dios ha creado va a volver a la nada. Todo debe entrar en la transformación. Y esta transformación se da en Cristo, y a través de la muerte y la resurrección. Estas apariencia del mundo van a cambiar, y quizás violentamente, pero para entrar en la transformación.

Y nosotros formamos parte de este mundo. No es, nosotros y el mundo, es nosotros somos mundo. Por eso lo que nosotros hacemos con nuestra propia persona, y alrededor nuestro tiene que ver con esta transformación.

Jesús prometió a los discípulos en la despedida "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". La Ascensión del Señor no es despedida y distanciamiento, sino también cercanía. El Resucitado y Exaltado al cielo está más cerca que cuando caminaba entre la gente. Es el Espíritu que al romperse la vasija de su cuerpo, se infunde en una vasija nueva, un cuerpo místico que formamos nosotros, unidos a Él.

San León Magno, hace una consideración sobre el efecto de la Ascensión del Señor en los apóstoles, y dice "Al no ver ya el cuerpo del Señor, podían comprender con mayor claridad que aquel no había dejado al Padre al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos al subir al cielo". León acuña la notable sentencia que todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles han pasado a ser ritos sacramentales". Es decir el que quiere acercarse a Cristo, lo encuentra en los sacramentos.

Termino con una hermosa anécdota: "El nieto de un viejo rabino, un día estaba jugando al escondite con otro niño, se escondió bien y esperó un largo rato. Finalmente salió de su escondite, pero no veía al compañero. Y se dio cuenta que el otro desde el comienzo no lo había buscado. Llorando corre a su casa y se queja delante del abuelo, de su mal compañero. Entonces el viejo rabino dijo: "Así dice Dios también, yo me escondo pero nadie me quiere buscar". Cristo se escondió, para que lo busquemos.

Entremos ahora en su presencia, porque aquí y ahora  el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre se convierten en el cielo nuevo y la tierra nueva, y nos transforman para que seamos cada ves más parte de esta nueva creación.


Quilmes, 8 de mayo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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