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SER FIRMES ANTE LAS adversidades


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
19 de junio de 2005 -  Décimo segundo domingo durante el año



Evangelio: Mateo 10, 26-33

Jesús dijo a sus apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día y lo que escuchan al oído repítanlo, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae a tierra sin el consentimiento del Padre de ustedes. También ustedes tienen contados sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquél que reniegue de mí ante los hombres.


Catequesis

Mis queridos hermanos: La angustia, el temor, la ansiedad, la zozobra y el miedo son sentimientos que todos hemos experimentado en la vida. Nos quitan el sueño. Nos paralizan. Nos cierran el horizonte y nos pueden llevar a la desesperación y al descontrol de nuestros actos. No tengan miedo.

Este concepto aparece en la Biblia tantas veces como días tiene el año. Y la misma Biblia nos da razones para no tenerlo, como en el Evangelio de hoy, donde Cristo lo repite a sus apóstoles tres veces. No tengan miedo.

Cuando los convocó para el envío de dos en dos, les advirtió que iban a tener que sufrir, y que como el maestro serían signo de contradicción pero a la vez los alertó y les dio los motivos para vencer los miedos.

El primer motivo es la fuerza de la palabra que los apóstoles habían escuchado de la boca de Jesús y que ellos tenían que anunciar públicamente. El miedo no debe impedir la proclamación abierta del mensaje que Jesús les ha encargado anunciar. Jesús ha venido para manifestar las cosas que estaban ocultas, y lo mismo deben hacer sus discípulos.

La verdad abre el camino y no puede ser vencida por nada. San Pablo lo experimentó cuando lo habían puesto preso. ¡Esta es la buena noticia, decía desde la cárcel, que yo predico y por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor! Pero la palabra de Dios no está encadenada. El proceso desencadenado por la palabra de Jesús es irreversible y nadie lo puede detener por más obstáculos que ponga. La palabra de Dios tiene fuerza propia que los hombres no pueden destruir.

La segunda motivación para vencer el miedo surge desde el horizonte del fin último de nuestra existencia. Lo decisivo no es que nos puedan quitar la vida, sino que no seamos partícipes de la vida eterna. En el juicio serán reconocidos por Jesús ante el Padre los que lo han reconocido a Él ante los hombres. No es al hombre sino Dios a quien hay que temer, y ese temor es saludable, pero mas noble sería que nuestra motivación fuera una consecuencia del amor a Dios en su bondad para con nosotros.

La tercera motivación se fundamenta en la confianza inquebrantable que los discípulos han de tener de Dios a quien reconocen e invocan como Padre. Si el Padre cuida hasta de los pájaros más pequeños e insignificantes y tiene contados hasta los cabellos de los discípulos por los que ni ellos mismos se preocuparon, como no va a ocuparse de sus hijos queridos que anuncian la buena noticia.

La certeza de ser hijos de Dios es lo que en última instancia fundamenta la misión y hace que ésta no se detenga ante las dificultades. El consuelo que nos producen estas razones para superar el miedo no nos liberan de las dificultades y del sufrimiento a causa del Evangelio. Pero nos dan fuerza para mantenernos firmes ante las adversidades. Sabemos que el sufrir por Cristo nos une a Él como cuando los apóstoles salían del Sanedrín gozosos por haber sido castigados a causa de su maestro.

El profeta Jeremías en su tiempo tuvo que soportar lo mismo incomprensión de su pueblo cuando les advirtió en el nombre de Dios que iban a ser desterrados a Babilonia. Sus adversarios trataron de matarlo. En ese momento el joven profeta se aferra a Dios y decía: "El Señor está conmigo, como un guerrero terrible, por eso mis perseguidores tropezarán y no  podrán prevalecer".  Cuando se había cumplido el presagio de Jeremías los exiliados durante el cautiverio se dieron cuenta que no fue la victoria de las armas sobre Israel sino la Justicia de Yahvé la que se había manifestado en su pueblo.

Los cristianos hoy quieren hacer valer el Evangelio en la familia, el trabajo, los empresarios y banqueros, en la universidad y en la cultura, los políticos y los funcionarios. Muchas veces estos se encuentran con una resistencia cerrada, y los ridiculizan y los dejan afuera de los círculos a los que pertenecen. Es en esa situación donde entendemos las Bienaventuranzas y tenemos motivos para estar contentos.

Pidámosle al Señor que nos dé la alegría del Reino por anticipado para poder testimoniarlo entre nuestros hermanos sin miedo. No tengan miedo. Este ha sido el mensaje primero de Juan Pablo II y luego de Benedicto XVI en sus pontificados. No tengan miedo.

Y por sobre todo;  no tengan miedo a Cristo, porque Cristo está con nosotros.


Quilmes, 19 de junio de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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