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JESÚS, SIGNO DE CONTRADICCIÓN


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
26 de junio de 2005 -  Décimo tercer domingo durante el año



Evangelio: Mateo 10, 37-42

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta, y el que recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mis discípulos, no quedará sin recompensa.


Catequesis

Mis queridos hermanos:
La instrucción de Jesús a los misioneros culmina hoy con algunas expresiones muy radicales que pueden provocar resistencia y hasta el rechazo. El Señor les previene a los apóstoles que su mensaje debe demandar una clara toma de posición con respecto a su persona. Y que se encontrarán con que familias se dividirán a causa de Él. Y que ellos no pueden evitar estas situaciones violentas. Puede ser que la prédica de los apóstoles sea interpretada como una subversión del orden establecido y que les espere por eso la crucifixión, que el Imperio Romano aplicaba con facilidad.

Cuando se escribió este Evangelio de San Mateo, muchos de los discípulos y entre ellos probablemente también el apóstol San Pedro, ya habían sido ajusticiados. La palabra de Jesús, "el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí", ha motivado en la historia de la Iglesia, la conversión de muchos santos quienes habían comprendido que el amor de Cristo, les pedía la entrega total. ¿Que significa esta exigencia de Jesús para nosotros? Ciertamente el Señor no se opone al valor de la familia, y los lazos que unen a padres e hijos. El mismo ha vivido sujeto a sus padres y ha asumido la manutención de la casa como San José. Sin embargo también su madre y sus parientes tenían que aprender la enseñanza: Que en el Reino de Dios son madres, hermanos y hermanas los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Son ellos la familia de Jesús.

Lo que debemos preguntarnos es: ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en mi vida, qué lugar ocupa El? ¿Quién es más importante mi mujer, mi marido, mis hijos, mis padres o Jesús? Normalmente no deberíamos presentar esta cuestión como una alternativa. Lo ideal, sería que todos pongamos en nuestras familias a Jesús por encima de todo. Pero no siempre es así. ¿Podemos decir realmente con sinceridad que lo amamos a Él, por sobre todas las cosas con toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas? El Señor nos advierte que nuestra vida la perderemos mientras nos estamos buscando a nosotros mismos. La autenticidad de nuestra fe en Jesucristo se verificará en cuanto nos animemos a poner nuestra confianza en Él, a jugarnos totalmente por Él. Y será así que descubriremos lo que es vivir de verdad. El Señor nos indica en este Evangelio un modo muy concreto de manifestar nuestra adhesión a Él. Él se identifica con sus mensajeros, y la hospitalidad y la ayuda que se les brinda a ellos son valoradas como hechas a Él. Los que auxilian a los misioneros aunque sea solamente con un vaso de agua fresca, son tomados en cuenta por haber apoyado en ellos la causa de Jesús, el enviado del Padre.

No falta hoy la  oportunidad de reconocer y sostener al Señor en los sacerdotes, consagrados y laicos que están trabajando por el Reino entre nosotros y mas allá en nuestras fronteras. Nuestra Diócesis tiene misioneros en Bolivia y en Kazajstán, en el centro de Asia en situaciones sumamente precarias. Sería coherente que voluntariamente apoyemos su trabajo con un aporte, por más pequeño que sea.  

Entre todos somos responsables que el proyecto de Dios se cumpla, que su palabra camine entre la gente, como dijo Juan Pablo II cuando ofrecía su sufrimiento en su lecho de muerte. Que la palabra camine entre la gente. También podemos entregar nuestra ayuda al Santo Padre cuando el próximo Domingo se recaude el óbolo de San Pedro, con el cual el Papa ayuda a los más pobres en el mundo. Siempre y cuando entendamos que la ayuda material, no libera de la entrega de nuestro corazón. Sino la debe manifestar.

Evangelizar es la dicha de la Iglesia. Y si hay que sufrir por eso la alegría va en aumento. Es este el testimonio que el mundo necesita.

No tengan miedo, nos dice el Señor. Yo los envío.

Él, ahora viene en nuestra ayuda.


Quilmes, 26 de junio de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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