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SER CRISTIANO SIGNIFICA APOSTAR A TODO


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
10 de julio de 2005 -  Décimo quinto domingo durante el año



Evangelio: (Mateo 13, 1-9)

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda, pero cuando salió el sol, se quemaron y por falta de raíz se secaron. Otras cayeron entre espinas y éstas al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron su fruto: unas cien, otras setenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!.


Homilía:

Mis queridos Hermanos y hermanas en Cristo:

Una gran multitud había llegado de muchas partes, para escuchar a Jesús. Sentían que era distinto a los escribas que predicaban en las sinagogas. Hablaba como alguien que tenía poder, y su palabra causaba un fuerte impacto. Sin embargo Jesús les hablaba veladamente, usando comparaciones que no se entendían directamente. Las parábolas necesitan de una explicación para comprenderlas, y una predisposición de parte del oyente para que la palabra pueda dar fruto. La palabra en sí, siempre es eficaz. Como la semilla que guarda su fuerza germinadora, (como se pudo comprobar con granos de trigo, que estuvieron guardados durante miles de años en las tumbas de los faraones).

Las semillas de la palabra de Dios están en la Biblia, pero para que broten, crezcan y den fruto el terreno debe estar debidamente preparado.

La parábola del sembrador, nos invita a hacer un examen de conciencia sobre nuestras actitudes y hábitos que se oponen a la palabra de Dios. Hay un terreno que jamás será apto para la siembra. Es como el camino por el que pasa el tráfico en forma permanente, o una calle transitada de los negocios del centro que nunca descansa. Allí la semilla no puede brotar y crecer, salvo la maleza que aparece en cualquier rendija. Los que siempre están ocupados y nunca tienen tiempo, son los que más están expuestos a las acechanzas del maligno. Él les quita hasta el recuerdo de la palabra que escucharon de paso, como un pájaro que se come las semillas en el borde de la ruta. El que no se sabe retirar por lo menos unos quince minutos, para ser simplemente surco, que espera que Dios ponga una palabra en su interior, empobrece como persona por más cosas y éxitos que pueda acumular.

¿Qué fruto va entregar cuando venga el Señor para la cosecha?

Jesús dice "Hasta lo poco que tiene va a perder".

Hay otro terreno que puede ser que sea el mío, que permite que la semilla brote, hasta es posible que yo sienta una gran emoción por lo que la palabra me provoca en el momento cuando la escucho. Puede ser que alguien crea haber encontrado por fin el grupo o el lugar en la Iglesia donde se siente a gusto. Pero si la palabra no echa raíces profundas, porque en el fondo mi corazón está duro.

Y soy como una piedra que ha estado durante años en el lecho de un arroyo. Si se la parte al medio está seca por dentro, porque el agua nunca la pudo penetrar.

El Señor nos alerta sobre la sensiblería para que no la confundamos con los sentimientos profundos, y la entrega del corazón. La verdadera alegría y la verdadera compasión, no rehuyen el sacrificio y el sufrimiento. Es en los momentos de la prueba donde, se verifica la autenticidad de nuestra respuesta a la palabra. Hay un tercer tipo de terreno que tiene buenas condiciones para que la semilla crezca, pero en el mismo terreno, y en lo profundo también, ha brotado y crecido otra semilla que impide que la palabra pueda dar fruto. Cada uno tiene en su alma ataduras, inclinaciones, adicciones que no nos dejan vivir en paz. Son estas las espinas que ahogan la vida del espíritu en nosotros. Son los apetitos del placer, del dinero, y del poder, que en sí no son malos, sino que podrían ser una gran fuerza para gozar compartir y servir en comunidad, pero que se hacen perversos cuando nos seducen a buscar solamente la propia satisfacción. Es importante que cada uno conozca la adicción específica de su corazón, -y mis hermanos cada uno la tiene- porque así podemos convertirnos en buena tierra, sacando esta maleza.

Porque en la tierra buena, según los dones que cada uno ha recibido, el Señor hace crecer y multiplica la semilla de la palabra hasta cien veces. El hombre por sí solo no es capaz de producir ni un grano de semilla. Pero con su corazón abierto hace posible que Dios pueda terminar el milagro de una cosecha extraordinaria. Ser cristiano significa apostar a todo, la gracia de Dios no se consigue a precio rebajado, hay que pagarla con todo lo que uno es y tiene. El camino de la perdición es ancho y cómodo. En el agro silencioso acontece más que en los cruces bulliciosos de las calles y caminos. Las cuatro categorías de terreno pueden darse en toda persona. La enseñanza del Señor quiere ayudarnos a comprendernos a nosotros mismos, y a preparar nuestro corazón, a recibir la palabra y sobre todo a guardarla aún cuando no la entendamos siempre como lo hacía la Virgen.

Quizás podríamos aprovechar este mismo Domingo para buscar un momento de silencio, y plantearnos dos preguntas, la primera: ¿Qué palabra del Señor ha calado profundamente en mí y a marcado mi vida? Y la segunda: ¿Qué palabra guardo en mi corazón como una invitación de Dios, pero todavía no la vivo plenamente?

Háganse un tiempo... hoy es Domingo. Los elementos del pan y del vino obedecen ciegamente. Por eso la palabra puede producir el milagro de la transformación.


Quilmes, 10 de julio de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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