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LA SABIDURÍA DE DIOS EN LA HISTORIA


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
21 de agosto de 2005 -  Vigésimo primer domingo durante el año



En estos días el Papa Benedicto visitó la sinagoga de Colonia, como signo de solidaridad con el dolor del pueblo judío y de repudio a toda discriminación en el pasado y el presente. Juan Pablo II los había llamado nuestros hermanos mayores, cuando, como primer Papa, visitó la sinagoga en Roma. Los designios de Dios son asombrosos. El acercamiento entre la Iglesia y la Sinagoga, que se está dando después de dos mil años, confirma lo que el apóstol Pablo dice en su carta a los Romanos sobre el rechazo del pueblo judío a Jesús en su tiempo. "¿El tropiezo de Israel significará su caída definitiva?", pregunta el apóstol, y continúa: "De ninguna manera. Por el contrario, a raíz de su caída, la salvación llegó a los paganos, a fin de provocar los celos de Israel... Si la exclusión de Israel trajo consigo la reconciliación del mundo, su reintegración, ¿no será un retorno a la vida?" Y termina finalmente con la expresión de su asombro, que escuchamos en la segunda lectura: "¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incompresibles sus caminos!"

La historia del pueblo judío no tiene comparación con ninguna historia nacional de ningún otro pueblo. Solamente desde la palabra de Dios se puede comprenderla. Dios revela en ella su modo de actuar que no coincide con los criterios de los poderosos de este mundo. Si no, no hubiera elegido este pueblo que nació como promesa a Abraham que no tenía hijos. Siempre ha sido un pueblo pequeño en medio de las potencias grandes; un pequeño David frente a Goliat con sus huestes. Un pueblo con el cual Dios se comprometió como un esposo con su esposa, cortejándola para que le entregue libremente su corazón. Jesús, lloró sobre Jerusalén que no lo recibió, y que él quería cobijar como una gallina a sus polluelos. Dios prefirió sufrir la rebeldía y el rechazo  y someterse al suplicio de la cruz como manifestación de su total entrega ,antes de violentar la libertad de su pueblo.

Así nació la Iglesia como prolongación del pueblo elegido, cuando Jesús destinó  a los doce apóstoles en representación de las doce tribus de Israel, y cuando eligió a Simón Pedro como mayordomo de la casa, dándole las llaves para abrir y cerrarla. La elección de Pedro afirma de nuevo el criterio con que Dios conduce a su pueblo. El evangelio no oculta las debilidades de este apóstol, y, por eso mismo, se manifiesta con mayor claridad que la firmeza de la Iglesia no se basa en las virtudes humanas, sino en Cristo mismo que es la piedra fundamental que había sido rechazada por los constructores, pero que garantiza la solidez de la casa que no será destruida por ninguna fuerza adversa. El  Papa es el signo visible de esta certeza, como la historia de la Iglesia lo ha demostrado en muchas épocas hasta el día de hoy. Lo que los jóvenes están celebrando en este domingo en Colonia, es por eso más que una emoción pasajera. El sentido misterioso de la fe compartida no se equivoca en sus intuiciones. Los jóvenes que ahí han venido de todas partes del mundo, son una experiencia de lo que Cristo quiso, cuando envió a los apóstoles hasta los confines de la tierra; para que invitaran a todos los pueblos al banquete que el Padre había preparado para la boda de su Hijo con la humanidad.

El asombro frente a la sabiduría de Dios, que transformó el rechazo del pueblo judío en bendición para las otras naciones, ¿no podríamos sentirlo también frente a las divisiones que se han dado en la historia de la Iglesia? El Papa Benedicto XVI, en estos días en Colonia, tuvo también un encuentro con los hermanos protestantes y los instó a buscar, junto con él, con mayor decisión la unidad en la diversidad. Debemos descubrir los designios de Dios y las riquezas que han guardado las diversas confesiones cristianas. Juan Pablo II ya había insistido en que los cristianos deben respirar con los dos pulmones, cuando pensaba en la Iglesia oriental de los ortodoxos. Ciertamente ha llegado la hora en que los cristianos del occidente, cuya separación los llevó hasta el enfrentamiento bélico y ha dejado la marca de muchos prejuicios, deben descubrir los valores auténticos del evangelio que se encuentran en todas las denominaciones, para llegar a compartir lo que el Señor nos ha dejado como  herencia.

Así los cristianos serán creíbles en medio de los pueblos y culturas diferentes, y el diálogo con las otras religiones que es el gran desafío del tercer milenio, será así una ampliación de lo que hubiéramos logrado entre los discípulos de Cristo.


Quilmes, 21 de agosto de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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