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un espíritu de
purificación y humildad
Homilía de
monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
28 de agosto de 2005 - Vigésimo segundo domingo durante el año
En el profeta
Jeremías reconoce la Iglesia una prefiguración de Jesús y un ejemplo para
los seguidores de Cristo. En realidad, Jeremías no quiso ser profeta. Él
argumentó, cuando Dios lo llamaba, que era muy joven y que no sabía
hablar. Pero se dejó seducir, o forzar, cuando Dios le prometió: "Yo
estaré contigo". Comenzó así el oprobio y la afrenta que la palabra del
Señor le redituaba permanentemente de parte de la gente. Le entraba la
tentación de claudicar para vivir tranquilo, pero no podía callar lo que
llevaba adentro; la palabra le quemaba el corazón. El pueblo y sus
dirigentes estaban molestos con sus acusaciones de la corrupción moral y
religiosa. Lo pusieron preso en el palacio del rey, pero ni ahí se
callaba.
Cuando Jesús preguntó a
sus discípulos, quién creía la gente que era Él, le contestaban que
algunos pensaban que Él era el profeta Jeremías. El anuncio del Señor, que
debía ir a Jerusalén y sufrir mucho, probablemente evocaba en los
apóstoles la suerte del profeta. Y tenían miedo. Ellos querían estar con
Jesús, pero no arriesgar su vida. Ir a Jerusalén significaba enfrentarse
con el poder. El intento de Pedro de preservar a Jesús del enfrentamiento
con el gobierno, parecía sensato y humano; pero en realidad fue un ardid
de Satanás. Cristo tenía que provocar necesariamente la respuesta de las
autoridades, porque el pueblo elegido tenía que afirmar la alianza con su
Dios. Jesús lo diría más tarde expresamente delante del Sumo Sacerdote y
delante de Pilatos, que había venido para dar testimonio de la verdad. Era
ésta su misión. El enviado de Dios no puede callar el mensaje, aunque le
cueste la vida.
Los discípulos
comparten este destino con el Maestro. El que quiere seguirle, debe cargar
con la cruz, como él. El renunciar a las seguridades y comodidades es
propio de los discípulos de Cristo. "No tomen como modelo a este mundo",
nos dice hoy San Pablo quien sabía que la sociedad se maneja con otros
criterios. Nos exhorta a confiar en la misericordia de Dios y ofrecernos
como víctima viva. Es éste el verdadero culto que agrada a Dios.
Lo que estamos viviendo
en estos días con gran pesar en nuestra Iglesia argentina, con motivo de
la renuncia del obispo de Santiago del Estero, nos exige un espíritu de
purificación y humildad. Pero también nos reclama luchar, como él, por la
justicia y la defensa de los pobres. Aún cuando tenemos que reconocer
nuestras propias debilidades y pecados, no estamos eximidos de trasmitir
la voluntad de Dios, sino nos haríamos doblemente culpables. "Jesucristo
es el Hijo de Dios hecho hombre e identificado con los pobres en su
encarnación y en la cruz. En Él, descubrimos con nitidez la dignidad de
los pobres, débiles y sufrientes. La fe lleva a reconocer en todo hombre,
especialmente en el pobre, a un hermano de Cristo. Encontramos al Señor en
los rostros de los hermanos que sufren. También lo descubrimos en los
pecadores, ya que por su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido
solidariamente con todos" (NMA 58).
La palabra: "Yo estaré
contigo", que había seducido al profeta Jeremías, se verifica ahora de
nuevo. La misma promesa la hizo Jesús a sus discípulos, cuando les decía:
"Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". Él está aquí en la
Eucaristía. Él se entrega por nosotros. Él nos acompaña. Él nos da la
fuerza para vivir en la verdad.
Quilmes, 28 de agosto de
2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |