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SIN LA FIESTA DEL DOMINGO
PERDERÍAMOS NUESTRA
IDENTIDAD
Homilía de
monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
en la Fiesta Diocesana 2005
(17 de setiembre de 2005 )
1. Introducción
El lema de esta Fiesta
Diocesana remonta al año 304, cuando bajo la persecución del emperador
Diocleciano una comunidad de 49 cristianos fue descubierta en Abitinia, un
pequeño pueblo en el norte de África, mientras estaban celebrando la
Eucaristía en el día domingo en una casa de familia. Cuando el procónsul
les preguntó, por qué se habían opuesto a la orden del emperador, que
prohibía las asambleas religiosas a los cristianos, el presbítero le
contestó: "Sin el día del Señor no podemos vivir". Después de torturarlos
cruelmente, los 49 fueron matados, dando testimonio de su fe con la propia
sangre.
Aquí no existe ninguna
ley que prohíba la celebración del culto cristiano. Cuando la Iglesia
alcanzó la libertad, en los países de tradición cristiana se preveía el
descanso dominical como punto fijo en las normas sobre la actividad
laboral, y la participación en la Misa era un hábito común de las familias
católicas. Nosotros en Argentina somos herederos de esta tradición. Sin
embargo, los comportamientos colectivos se han modificado profundamente, y
la mayoría de los bautizados se dispensa de la participación en la vida de
la comunidad. Se ha consolidado ampliamente la práctica del "fin de
semana", entendido como tiempo semanal de descanso y diversión,
ciertamente necesario y beneficioso. "Pero, puede suceder que el hombre
quede encerrado en un horizonte tan restringido que ya no puede ver el
"cielo". Entonces, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de
"hacer fiesta" (cf. DD 4). A los discípulos de Jesús se pide que no
confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera
santificación del día del Señor, con el "fin de semana". Es necesario
recuperar las motivaciones profundas que son la base del precepto
eclesial, para que veamos muy claro el valor irrenunciable del domingo en
la vida cristiana.
2. Celebración de la obra del creador
"Acuérdate del día
sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus
tareas; pero el séptimo día es día de descanso en honor del Señor tu Dios.
En él no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el extranjero que reside en
tus ciudades" (Ex 20, 8-10). Israel y luego la Iglesia no consideran este
tercer mandamiento del Decálogo una mera disposición de disciplina
religiosa y comunitaria, sino una expresión irrenunciable de la vida moral
inscrita en el corazón de cada hombre. Descansar en honor del Señor tu
Dios, es la primera razón para celebrar el día del Señor. "En realidad,
toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y
agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita
también momentos de oración explícita, en los que dicha relación se
convierte en diálogo intenso, que implica todas las dimensiones de la
persona. El "día del Señor" es, por excelencia, el día de esta relación,
en la que el hombre eleva a Dios su canto, haciéndose voz de toda la
creación" (DD 15). El día domingo tomamos conciencia de que somos
criaturas de Dios. A él le debemos lo que somos y lo que tenemos. "En él
vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). Gozar todo un día con la
verdad que el Señor nos cobija y sostiene, y que todo lo creado está
puesto a disposición del hombre, despierta en nosotros el deseo de
expresarle a Dios nuestra gratitud y alegría. La contemplación de la obra
de Dios nos produce un verdadero descanso; nos saca de la rutina de la
vida diaria y nos preserva del vacío interior y la superficialidad. Se
trata de lo que San Ignacio, el gran maestro de la vida dice al comenzar
su Libro de los Ejercicios Espirituales: "El hombre ha sido creado para
alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto
salvar su alma. Las otras cosas sobre la faz de la tierra han sido creadas
para el hombre, para que le ayuden a conseguir el fin para el que ha sido
creado". Este principio vale también como fundamento para el domingo.
3. Día del señor resucitado
Pero tenemos motivos
más profundos todavía, para santificar el domingo. Aún en lugares, donde
los cristianos son una pequeña minoría, y donde se descansa el día
viernes, como en países de mayoría musulmana, o el día sábado, como entre
los judíos, los cristianos nunca abandonaron la tradición de reunirse el
día domingo para celebrar la Eucaristía. El primer día de la semana, que
en Israel no era feriado sino del comienzo del trabajo, para los
cristianos ha sido sagrado, porque en él Cristo resucitó de los muertos.
Desde los primeros inicios de la Iglesia, en horas de la noche, después
del trabajo, los cristianos se congregaban para celebrar y encontrase con
el Resucitado. Esto comportaba para los cristianos una notable dificultad
para observar el día del Señor con su carácter fijo semanal. Así se
explica por qué después se veían obligados a reunirse antes del amanecer.
Pero, se imponía la fidelidad al ritmo semanal. Leían aquellos textos de
la Escritura que el mismo Cristo resucitado debía haber citado a los
discípulos y que explicaban el misterio pascual. El gran don del
Resucitado a sus discípulos el domingo de Pascua fue la efusión del
Espíritu Santo. Era también domingo cuando, cincuenta días después de la
resurrección, el Espíritu, como viento impetuoso y fuego, descendió con
fuerza sobre los Apóstoles reunidos con María. Desde entonces, nunca en su
historia de 2000 años, la Iglesia ha dejado de celebrar la memoria de la
resurrección. "Estaré con ustedes hasta el fin del mundo" había sido la
promesa del Maestro. El día domingo ha asumido así un valor simbólico que
expresa toda la novedad del misterio cristiano. Realmente, sin la fiesta
del domingo perderíamos nuestra identidad.
4. Día de la Eucaristía
Cuando recalcamos la
importancia del domingo, lo asociamos inmediatamente con la celebración de
la Eucaristía. Ella es el centro de nuestra vida espiritual. Es el lugar,
donde escuchamos la Palabra de Dios y donde Cristo nos une en su Cuerpo.
Es el momento en que se superan las diferencias entre nosotros y se crean
vínculos fraternos. Es la expresión máxima de nuestra entrega a Dios en el
sacrificio de Cristo; por él, con él y en él. Por eso es necesario que nos
convenzamos de la importancia decisiva que, para nuestra vida de fe, tiene
el reunirse el domingo con los otros hermanos para celebrar la Pascua del
Señor. El que falta deliberadamente a la misa dominical, sin tener un
motivo serio, debe tomar conciencia de que está cometiendo un pecado de
omisión muy grave. El ambiente es a veces declaradamente hostil y otras
veces indiferente y reacio al mensaje evangélico. El creyente que no
quiere verse avasallado por este ambiente, ha de poder contar con el apoyo
de la comunidad cristiana. Tanto más, la celebración debe ser gozosa,
animada, atrayente y participada; esto sí, siempre respetando el modo que
establece la Iglesia, para no caer en el peligro de celebrarnos a nosotros
mismos.
5. Día del hombre
"El sábado ha sido
hecho para el hombre", dice Jesús. Para todos, no solamente para los
cristianos. La semana evidentemente está hecha a la medida del hombre.
Cuando en la revolución francesa querían reemplazar la semana de siete
días por un período de diez días, todo el mundo se enfermaba. Pronto
tenían que volver a la semana bíblica. De manera igual fracasó la
revolución soviética, que intentó destruir la celebración religiosa del
domingo, queriendo introducir un calendario compuesto por períodos de
cinco días. También ellos, muy pronto, volvieron a instaurar la semana de
siete días. Realmente, sin la fiesta del domingo no podemos vivir. Por
medio del descanso dominical, las preocupaciones y las tareas diarias
pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales
nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu. La amenaza hoy
viene de un sistema que desarticula la relación entre trabajo y descanso
de una manera insidiosa y excluye al hombre de la sociedad: "Rige en
nuestro contexto histórico la obligación", dice Juan Pablo II, "de
empeñarse para que todos puedan disfrutar de la libertad, del descanso y
la distensión que son necesarios a la dignidad de los hombres, para
salvaguardar por lo menos un día de descanso semanal en que puedan gozar
juntos de la posibilidad de descansar y de hacer fiesta. Obviamente este
derecho del trabajador al descanso presupone su derecho al trabajo y,
mientras reflexionamos sobre esta problemática relativa a la concepción
cristiana del domingo, recordamos con profunda solidaridad el malestar de
tantos hombres y mujeres que, por falta de trabajo, se ven obligados en
los días laborales a la inactividad" (DD 66). Es difícil disfrutar del
domingo sin haberse ganado el pan con el sudor en la frente. Por eso, los
cristianos estamos comprometidos en el esfuerzo por una sociedad donde
todos tengan un lugar.
6. Exaltación de la Cruz
La triste realidad del
sufrimiento de tantas familias en nuestro país y también en nuestra
Diócesis nos hace tomar conciencia de que esta Fiesta de la Exaltación de
la Cruz no es un recuerdo del pasado, sino que el Señor nos mira con los
ojos de nuestros hermanos sufrientes. Dicen que Santa Elena, en cuanto los
cristianos conquistaron la libertad, había ido a Jerusalén para buscar y
encontrar el madero en que habían crucificado a nuestro Señor. El que vive
la alegría de la Pascua, no se olvida del Viernes Santo. Pero lo enfrenta
desde la experiencia del Resucitado. El que vive el domingo como un pedazo
del paraíso, recibe la fuerza necesaria para enfrentar la semana con sus
dificultades y problemas. Y más todavía: El que se sumerge en el Señor
resucitado, descubre en la misma cruz una invitación a unirse más
profundamente a él. Celebrando la fiesta del domingo, se aprende a vivir
en plenitud.
Quilmes, 17 de setiembre de 2005
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |