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Los destinatarios de la parábola somos
nosotros mismos
Homilía de
monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
2 de octubre de 2005 - Vigésimo
séptimo domingo durante el año
Evangelio
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Mateo (21, 33-43):
Escuchen ésta parábola. Un hombre poseía una tierra, y allí plantó una
viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.
Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando
llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores, para percibir
sus frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo
golpearon, a otro lo mataron, y al tercero lo apedrearon. El
propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que
los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente les
envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero al
verlo, los viñadores se dijeron: "Éste es el heredero, vamos a matarlo
para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron
fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece
que hará con aquellos viñadores? Le respondieron: Acabará con esos
miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a
su debido tiempo. Jesús agregó: ¿no han leído nunca en las escrituras
"la piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra
angular, ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos"? Por
eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes para ser
entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos. Los Sumos
Sacerdotes y los Fariseos, al oír éstas parábolas, comprendieron que
se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero
temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.
Catequesis
Mis Queridos hermanos y hermanas en Cristo :
Esta
parábola estaba dirigida como la del Domingo pasado a los sacerdotes y
ancianos del pueblo Judío. Jesús les advertía que otros iban a hacerse
cargo de la viña del Señor. Hablaba entonces de la Iglesia formada por
Judíos y Paganos que en adelante sería la destinataria y la mediadora
de Dios para con todos los hombres. Este traspaso se dio
inmediatamente después de Pentecostés cuando los apóstoles comenzaron
con la Evangelización de entre los pueblos conocidos de aquel
entonces. Hoy por lo tanto los destinatarios de la parábola somos
nosotros mismos, en particular los dirigentes religiosos, sociales y
políticos. Debemos preguntarnos cuales son los frutos que el Señor
está esperando de nuestra parte y quienes son los servidores que Él
nos manda en nuestro tiempo para percibir los frutos.
No nos
falta instrucción de parte del magisterio para comprender lo que el
Señor de la viña quiere. La ley de Moisés y la ley del Evangelio han
sido profundizadas y explicadas en innumerables enseñanzas y
presentadas con sencillez en el Catecismo y en la Doctrina Social de
la Iglesia. No hay dudas sobre las obligaciones en la vida de fe y
moral. Lo que debemos a Dios y lo que debemos al prójimo está muy
claro. La pregunta es: ¿Estamos realmente identificados con esta
enseñanza? Podríamos decir que la Evangelización de las familias, del
mundo de la Educación, de la Economía, de la Cultura de la Política,
de la Recreación ¿nos preocupa de verdad? ¿Hemos salido del cascarón
de nuestros propios intereses? ¿Aportamos algo de nuestros tiempos,
nuestros propios talentos y de nuestros medios para el bien común o
nos sentimos molestos cuando nos reclaman este aporte?.
En la
parábola la gente reaccionaba violentamente, cuando aparecían los
servidores que venían a buscar lo que correspondía al Señor de la
Viña. Los arrendatarios querían apoderarse de la viña y desentenderse
del dueño. ¿No ocurre algo similar también entre nosotros? En estos
días en la Iglesia de la Santa Cruz de Buenos Aires fue enterrada la
hermana Leonie Duquet, religiosa francesa que en 1977, junto con su
hermana de religión Alice Dumon, fue arrojada al Río de la Plata y
cuyo cuerpo se encontró después de una larga búsqueda. Ellas y muchos
testigos más, habían sido servidores que el Señor mandó para reclamar
los frutos de la Justicia y de la Misericordia en tiempos de gran
confusión, y hermanos argentinos se estaban matando entre ellos, y el
Estado no respetaba el derecho sobre le cual él mismo está fundado. La
aparición del cuerpo de Leonie Duquet nos recuerda que nunca debemos
silenciar atropellos a las libertades, la tortura y la violación y que
debemos rechazar la persecución política y la intransigencia
ideológica que llevan a la muerte absurda. Debemos honrar a estos
testigos.
El
Señor sigue enviando a sus testigos fuera y dentro de la Iglesia,
que nos reclaman los derechos de Dios y de los hombres. Ha sido Juan
Pablo II quien nos ha propuesto a muchos testigos de la fe como
modelos en el seguimiento de Jesús para despertar el fervor por la
causa del Evangelio y crear nuevos modos y expresiones de la vivencia
cristiana. Nos invitó a animarnos a ser Santos. "El Reino de Dios
sufre violencia" -dice el Señor- y solamente los violentos lo van a
conquistar, no es para tibios ni cobardes. Ante los retos de una
sociedad más secularizada debemos dar testimonio con constancia plena
de nuestra fe y esperanza.
La
búsqueda difusa de Dios necesita de referentes claros y valientes que
no escondan sus convicciones y orienten a los que están expuestos a
una invasión de propuestas religiosas de dudosa procedencia. Desde el
departamento de los Laicos de la Conferencia Episcopal, felizmente han
tomado la iniciativa de convocar a un congreso de laicos que se
realizará durante 5 años hasta el año 2010. Todo como preparación del
bicentenario de nuestro país. Es importante que los delegados de
nuestra Diócesis tengan el respaldo de todos y transmitan las
propuestas del Congreso a las comunidades. Considero a este Congreso
como buena oportunidad para que los cristianos asuman su rol en la
sociedad argentina.
Todo
lo podemos en aquel que nos reconforta. La misa nos da la fuerza
necesaria para responder al Señor.
San
Pablo nos dice hoy: "La paz de Dios, que supera todo lo que podemos
pensar tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de
ustedes en Cristo Jesús".
Uniéndonos al Señor daremos fruto y entonces el fruto será duradero.
Quilmes,
2 de octubre de 2005
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes |