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LA VIRTUD DE LA HUMILDAD


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
30 de octubre de 2005 -  Trigésimo primer domingo durante el año

Mateo 23, 1-12

Mis Queridos hermanos:

Este Evangelio nos  invita a examinar nuestro corazón. El Señor reclama a los discípulos la virtud de la humildad. Esta se basa en el reconocimiento de un solo Dios y Padre que nos ha creado a todos y en la Alianza que hizo con su pueblo. "Hacer acepción de personas entre nosotros" dice el profeta Malaquías, significa traicionar uno al otro y profanar la alianza de nuestros padres. El Señor quiere que no nos llamemos Padre o Maestro o Doctor y que nadie se adjudique la autoridad que es propia solamente de Dios y de su Hijo. La superioridad sí está permitida y exigida, pero en el servir, a aquellos que entre los discípulos tiene la misión de asumir la conducción. La verdadera humildad abarca toda la persona, en su aspecto exterior como en su interioridad. El hecho de que alguien no alargue los flecos de su manto, y no reclame el primer asiento, no alcanza para ser humilde. También en sus deseos íntimos debe querer ocupar el último lugar. Esta exigencia ya estaba dada en al ley mosaica donde el noveno mandamiento profundiza el sexto y el décimo reclama la rectitud del corazón, con respecto al séptimo mandamiento. Los primeros dicen no hacer, los segundos dicen no desear. No es suficiente el respeto exterior de la ley, sino hay que abrazarla con plena libertad. No alcanza con vivir según las costumbres del entorno sino hay que adherirse concientemente a sus valores.

Jesús era y es la verdad misma y no era capaz de mentir o simular. Los que le siguen por eso no pueden tener dobleces y deben buscar la simpleza y la rectitud del corazón. La vanagloria es lo contrario de la humildad y crea división. Mientras la sencillez allana el camino para la comunión entre las personas, San Francisco de Asís no quería ocultar a los hombres lo que era conocido por Dios y decía: "si ellos me creen Santo y no vivo como tal sería un hipócrita". Y manifestaba sus pensamientos y sentimientos, espontáneamente. San Ignacio de Loyola decía a los novicios que se alegraran cuando se equivocaban delante de otros, porque así los conocían como eran y no como querían aparecer. La confesión sincera de los pecados, mis hermanos, es el modo más eficaz para adquirir esta transparencia. Jesús decía a los que querían sacar la paja del ojo del hermano: "hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para la paja del ojo de tu hermano". El criterio de la Santidad no es la perfección sino la humildad. A veces Dios permite que caigamos no porque apruebe el pecado sino para que descubramos su misericordia en nuestra flaqueza, y comprendamos también las debilidades humanas de los demás. La Eucaristía que ahora celebramos no debería tener, nada de falso de nuestra parte. San Benito dice: "La mente debe adherirse a lo que pronuncia la voz" sobre todo cuando rezamos o cantamos con la misma palabra de DIOS.

Con Cristo comenzó el verdadero culto a Dios, y la misa nos da participación en su entrega, no importa el lugar donde estemos ubicados. Si en altar o en último banco. El sacrifico agradable a Dios no depende del grado de jerarquía en el Pueblo de Dios, sino de nuestra sincera identificación con el sacrificio de Cristo que se  hace presente.

Oremos que el sacrifico mío y vuestro sea agradable a Dios Padre Todopoderoso. 
 

Quilmes, 30 de octubre de 2005
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes


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