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LA mesa esta puesta, inviten a todos


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes, durante la
 X Misa de la Esperanza - 19 de noviembre de 2005

 

1. La mesa eucarística que hoy está puesta aquí, al aire libre, en el centro geográfico de nuestra diócesis, quiere expresar públicamente el alcance del misterio central que normalmente solemos celebrar en nuestros templos. Hemos venido de las múltiples comunidades de Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, no para vivir la comunión entre nosotros  como en la Fiesta Diocesana, sino para expresar que Dios, nuestro Padre, invita a su mesa a todos sus hijos. Nos inspira en esto el ejemplo de nuestro Señor, quien durante su misión pública convocaba a multitudes y les anunciaba que había llegado el Reino de Dios, un nuevo orden de las relaciones entre los hombres y con Dios.

La eucaristía, que nos dejó como su testamento, donde Él se entrega por todos los hombres, nos impulsa a buscar la unión con los demás, y manifestar humildemente las consecuencias en el orden social que la eucaristía nos exige. Juan Pablo II, hace un año, con mucha claridad nos dijo: "No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (MND 28).

2. En estos días, los obispos argentinos hemos publicado una carta pastoral - "Una luz para reconstruir la Nación" es su título - que tiene mucho que ver con la finalidad de esta Misa de la Esperanza. En ella se presentan los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia y su vigencia en las situaciones concretas de nuestro país. El ideal que nos propone Jesús y la radicalidad de su entrega a los demás, nos cuestionan y no nos dejan tranquilos frente a la situación de tantos excluidos en nuestra sociedad. Si es cierto que en el último tiempo se han dado signos alentadores en el país, queda, sin embargo, a la vista la desproporción enorme entre los que pueden disfrutar de la incipiente recuperación y la multitud de los excluidos que tratan de sobrevivir con los planes.

"En el momento de cierre de los mercados de los barrios, no es infrecuente vislumbrar a gente desconocida que se inclina para recoger del suelo los desechos de las mercancías allí abandonados. Ante estas escenas, síntomas de profundas contradicciones, ¿cómo no experimentar en el ánimo un sentimiento de íntima rebelión?", preguntaba el recordado papa Juan Pablo II. (Mensaje Cuaresma 1996).

La tierra está dotada de recursos necesarios para dar de comer a toda la humanidad. La Argentina, país bendito del pan, podría alimentar a una población muchas veces mayor. Es incomprensible que varios millones sigan sumergidos en la pobreza y la indigencia. Los recursos naturales y humanos alcanzarían, si supiéramos usarlos con inteligencia, garantizar la equidad y la justicia en los intercambios comerciales y distribuir las riquezas con sentido de solidaridad. Esto no es una utopía. "Allí donde los hombres se convierten al Evangelio, tal proyecto de participación y solidaridad se hace una extraordinaria realidad"(ib.).

3. También nuestro presbiterio y nuestras comunidades quisieran expresar, lo que el evangelio y la doctrina social significan para nuestra zona y llamar la atención sobre hechos que reflejan en nuestro ambiente la indignación, muchas veces inconsciente, de los que no tienen acceso a la mesa que Dios ha puesto para todos.

Pensemos en la violencia inaudita con que agreden y matan a personas ancianas e indefensas, para robarles lo poco que tienen. Pobres atentan contra los pobres en nuestros barrios.  No pasa casi ningún día que no traiga noticias de esta índole. Pensemos en los homicidios y suicidios que se repiten entre familiares, que señalan la violencia que se ha instalada en las casas.

Pensemos en miles y miles de personas que han caído en la adicción del juego; una adicción fatal que destruye personas y familias. Los bingos en Quilmes y Berazategui, y también en Florencio Varela, donde están instaladas la gran mayoría de las máquinas tragamonedas del conurbano, son un signo engañoso de la marginalidad. Los réditos para el gobierno y los subsidios que entreguen a instituciones benéficas no pueden solapar los daños que causan.
Pensemos en muchos jóvenes que no saben cómo salir de la droga y que han perdido por completo el horizonte del porvenir. La Argentina, hace tiempo, pasó de ser un país de tránsito de la droga a ser un país de alto consumo. Todos sabemos que  la droga más barata y más desastrosa ­ "paco" la llaman - está en venta a la vuelta de la esquina, y que ya los niños tienen acceso a ella. ¿Es realmente tan difícil detectar a los que están manejando los hilos de este enorme negocio inmoral?

Pensemos en las familias que en la desesperación  hipotecaron su casa para poder sobrevivir y que, al no encontrar trabajo, están amenazadas con la pérdida de su hogar; o las que sufren la misma amenaza  por no poder pagar los impuestos y tasas.  Y así ustedes seguramente podrían seguir enumerando otras situaciones que delatan la exclusión de muchos conciudadanos.

4. Frente a esta realidad, me decían sacerdotes de nuestra diócesis: "Todos deberíamos, como Iglesia, cuestionarnos y convertirnos al Reino propuesto por Jesús, porque si vamos a criticar la sociedad o a la política, deberíamos hacer una propuesta acerca de "¿a quienes invitamos como Iglesia?" y ¿a quienes estamos dejando afuera?"  Aunque no estemos en condiciones, ni es nuestra misión de solucionar los problemas del país, sin embargo, por nuestra doble condición de ser cristianos y ciudadanos estamos comprometidos a aportar los criterios del evangelio tanto en la Iglesia como en la sociedad.

Los necesitados son los preferidos de Dios en los dos ambientes. En la Iglesia tenemos toda la libertad de poner por obra lo que el Señor nos enseña. La opción preferencial de Dios debería reflejarse en nuestras comunidades. Es cierto que las obras de Cáritas y la formación, en este sentido, de sus colaboradores es importante en nuestra diócesis. Hay muchas mesas puestas, donde diariamente están invitados y atendidos miles de hermanos nuestros, que gracias a este servicio pueden comer. Pero, ¿hemos entendido  que este servicio no es un favor que les brindamos, sino un derecho que les corresponde?  Y, ¿estamos dispuestos a solidarizarnos con ellos, cuando exigen este derecho también frente a la sociedad?

Es cierto que no nos agradan las formas coercitivas con que algunos grupos sociales se presentan para ser atendidos. Pero esta reserva no la deberíamos convertir en un pretexto para desentendernos de sus justos reclamos, sobretodo cuando piden auténtico trabajo en lugar de las dádivas humillantes. Mientras los más necesitados solamente se sientan en la mesa del comedor de las capillas, pero no se sienten cómodos entre nosotros en la mesa del altar, no podemos quedarnos tranquilos en nuestra conciencia. Jesús, que  confraternizaba con los pecadores y publicanos como Zaqueo, la samaritana, María Magdalena, y compartía la mesa con los excluidos y los despreciados de la sociedad, espera de la Iglesia, de su Iglesia, de nuestra Iglesia, lo mismo.

5. El Congreso de los Laicos que se inició en octubre pasado y que durará hasta el Bicentenario de nuestra República en 2010, es una excelente oportunidad para crear esta conciencia solidaria y comprometernos decididamente con los diversos estamentos de la sociedad y del estado. En una Carta abierta que dirigieron sus participantes a todos los argentinos, dicen: "Tenemos la voluntad y el compromiso de iniciar un proceso personal, comunitario y social, junto con muchos otros para renovar la Argentina, y así llegar a ser plenamente una Nación. Percibimos la urgencia de participar en una corriente cultural que nos permita reconstruir el tejido social en el respeto mutuo y el bien común. Queremos contribuir a que cada uno asuma como protagonista su cuota parte en la crisis y dejar de responsabilizar de lo que pasa sólo a los demás. Queremos contribuir a recuperar el sentido del bien común que es terminar con los escándalos de la exclusión, el hambre y la corrupción."

6. "Ustedes son la luz del mundo", dice el Señor. "Debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en Ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo"(Mt 5, 14.16).

La mesa del Señor está puesta, la del pan común y la del pan eucarístico. Invitemos a todos.

Quilmes, 19 de noviembre de 2005
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes


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