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familia y trabajo: 
primer objetivo de nuestro servicio


Homilía de Mons. Edgardo Gabriel Storni, arzobispo de Santa Fe,
en la liturgia de acción de gracias por el 189° aniversario de la Revolución de Mayo, celebrada en la catedral metropolitana.


Celebramos esta fiesta patria en el año del Señor 1999; último año de la preparación inmediata al Jubileo del 2000, y que está dedicado a Dios Padre.

Lo cual nos lleva de la mano a ahondar en el significado de lo que es Patria y asumir nuestras responsabilidades respecto de su presente.

Patria deriva de padre, dice de paternidad. Inmediatamente, respecto de un pueblo, de su origen temporal común y su común gestación histórica. Así, la patria reconoce antepasados que la han configurado, prohombres que la han conducido, acontecimientos que la han definido; gestas, trabajos, sufrimientos que la han manifestado y consolidado; una cultura que la identifica en este mundo que pasa, una creencia que la sustenta, anima y orienta trascendentalmente.

Por eso mismo, como toda realidad mundana, patria está diciendo de una providencia divina, que dirige y sostiene creativamente el universo, conduce y asiste señorialmente la historia de la humanidad.

Pero, Patria, según el plan salvífico revelado en Cristo, dice más profundamente de una realización temporal que, como todo lo creado, descubre su verdad y alcanza su valor en cuanto sirve a la realización de los designios eternos de Dios: del misterio del amor desbordante del Dios vivo, que llama a sí, a su amistad, al hombre que, a propósito, ha creado a su imagen, para hacerlo capaz de sus dones, de la participación de su naturaleza, de la comunión de su vida. Lo cual indica la voluntad del Padre Celestial de abrir su paternidad a la creatura hombre, por el don de su Hijo hecho carne y la efusión sobre toda carne del Espíritu, en el cual se unen Padre e Hijo eternamente.

Por eso, la patria terrena -y mucho más cuando desde siempre se refiere a este Dios revelado en Jesucristo, como la nuestra- dice de la paternidad divina, y descubre, más allá del flujo de la historia consumada en el acontecimiento pleno que es Cristo, su explicación, fundamentación y justificación.

Así, nuestra historia argentina muestra a nuestros padres en el tiempo, confesándose en la fe hijos del Padre celestial. El mismo, a quien, cuando la gesta de nuestra emancipación política, los patriotas han referido y consagrado sus vidas, sus famas y sus bienes; y cuando el ordenamiento jurídico y social lo han reconocido e invocado como fuente de toda razón y justicia y principio de unidad nacional al par que de convivencia universal fraterna.

No es necesario explicarlo, pero sí reafirmarlo continuamente. Sólo en la confesada paternidad divina pueden los hombres reconocerse hermanos; y en sus relaciones y actividades fundar las solidaridades profundas y sellarlas con la impronta servicial. Que hace del peregrinar humano una verdadera fraternidad. Y, superando las limitaciones creaturales y las heridas pecaminosas, reúnen en un universo armonioso las diversas razas, pueblos y culturas. Que sólo valen cuando en el encuentro común la diversidad se descubre al servicio de la unidad de la familia humana; y lo pasajero en función de lo permanente del hombre.

Por eso una reconocida paternidad divina y una trabajada convivencia fraterna, en el cumplimiento de las leyes mismas del Creador ínsitas en la naturaleza humana, y redimensionadas por el Hijo de Dios hecho hombre, llevan al hombre a realizarse plenamente. Es decir a definir su rostro y colmar su corazón, al hacerlas cauce de la suprema y sintetizadora ley del amor. La cual atañe a todos los ámbitos de la realización humana, pero particularmente a los que le son fundamentales: la familia y la vida, el trabajo y la solidaridad social.

Así lo acabamos de escuchar de boca del mismo Verbo Divino, que al encarnarse lo ha ratificado para siempre, hasta provocar escándalo.

Ley del amor filial para con el Padre celestial y fraterno para con los otros hombres, cuya observancia asegura la liberación del hombre de toda idolatría y egoísmo, de toda degradación y esclavitud. Que, lamentablemente, desde la modernidad a nuestros días de post -¿post de qué? no lo sabemos, pero ciertamente de trágica postergación del hombre mismo- ha sido discutida, burlada, negada; en los dos precisos y preciosos campos fundamentales para su realización:


En el de la familia

Destruída por la pornografía ambiental y la confusión sexual, la banalización del amor y la disolución del matrimonio, la mentalidad antinatalista y la irresponsabilidad frente a los hijos, el atentado a la vida humana en todo su arco: desde la concepción hasta la muerte natural, la manipulación genética y la indefensión de los inocentes y pequeños.


En el del trabajo

Quitado a tantos, negado a más, degradado multitudinariamente por cierre de fuentes de trabajo, despidos masivos, empleos "en negro", salarios insuficientes, inseguridad laboral y jubilatoria, obras sociales en quiebra, explotación hasta la esclavitud en horarios, condiciones y estilos laborales, y en fin, de la destrucción de la auténtica hermandad gremial.

Estos campos, fundamentales para la vida del hombre y de la sociedad argentina, para la veracidad de la patria, han de ser los primeros objetivos de nuestro profundo interés y de nuestro apasionado servicio.

Hemos de encontrarnos metidos en ellos para volver a recentrarlos en su verdad, su bondad y su belleza. Para recentrarlos en Dios y así hacer patria.

Estos son los campos en los cuales hemos de reconciliarnos los argentinos, según la voluntad del Padre que en Cristo nos llama a reconciliarnos con El. Y nos muestra su amor, abriéndonos su paternidad y llamándonos a la comunión consigo en su Hijo hecho carne que se introdujo en nuestro mundo, naciendo en un hogar y trabajando en un taller.

Permítanme insistir en todo esto, pues los argentinos hemos de ir a las causas y no pelearnos tonta, cuando no maliciosamente, en torno a los efectos de nuestra situación nacional. Subrayo nacional, no porque no nos corresponda, sino para dejar en claro que se dan positivas diferencias a favor de la política provincial respecto de la de la nación, de la cual dependen las grandes responsabilidades en estos campos.

Sin matrimonio monogámico, indisoluble de varón y mujer, en el amor fiel y fecundo, sin formar familia abierta a la vida, y sin trabajo estable, organizado y bien remunerado con horizontes de solidaridad, la patria no tendrá futuro.

Familia y trabajo, afirmados en su verdad permanente, enseñados sistemáticamente, defendidos políticamente, reconocidos socialmente, asegurados legalmente, favorecidos económicamente, promovidos mediáticamente, es decir: hechos conciencia, propósito, esfuerzo de todos; sólo ellos pueden favorecer la reconciliación de los argentinos, superando brechas y enfrentamientos, odios y venganzas, que nos fijan estérilmente en el pasado y nos roban el futuro.

Claro está que esto supone vencer cada día en cada uno de los argentinos la concepción materialista de la vida que se ha ido imponiendo por derecha o por izquierda. Que nos han llevado a la negación de Dios, al vaciamiento espiritual, al relativismo moral. Imponiendo entre nosotros la ley salvaje del egoísmo volcado a la falsa felicidad del lucro y del placer.

Materialismo de pretensiones cientifistas, cuya proyección en primer lugar impone el economicismo, que al haberse apropiado de la imagen sugestiva de la globalización, absolutiza idolátricamente el mercado e impone la ley del lucro por el lucro.

El servilismo argentino al imperio mercantil, ha alcanzado su grado máximo. Es cierto que los factores económicos juegan -y deben en su medida jugar- en la realización de hombres y pueblos. Pero a su servicio. También en mayo de 1810, concurrieron desde varios años antes y desde el puerto, factores económicos; algunos, para nuestra desgracia, abiertamente desnacionalizantes. Basta recordar: a una institución, el Consulado, a cuyo frente estaba Manuel Belgrano; la "Representación de los hacendados" del abogado Mariano Moreno; los periódicos de entonces significativamente intitulados: "El Telégrafo Mercantil" y luego "El Correo de Comercio de Buenos Aires".

Y como en el comienzo, cuando la organización nacional y las etapas sucesivas. Desgraciadamente también los factores económicos jugaron más de la cuenta y para el provecho de quienes a veces se presentaron como próceres, puesto que, el interés de las grandes potencias internacionales y de minúsculos grupos locales prevaleció sobre el bien común.

Pero junto a este coloniaje mercantil, esta servidumbre al imperio de la usura internacional y de grupos argentinos corruptos, precediéndolo, animándolo, acompañándolo se da el coloniaje cultural. También hoy, más que en mayo de 1810; cuando algunas minorías trataron de imponer sobre los intereses del pueblo el iluminismo de la "clase culta", del sector "ilustrado" de la sociedad. Pues ahora, afecta o parece afectar a todos los argentinos. Es este imperio de la contracultura invasora, la otra proyección del cientifismo agnóstico. Mucho más grave que en su faceta económica, por más sutil y perverso.

Dolorosamente la claudicación de muchos padres y de tantos responsables públicos, han ido entregando las nuevas generaciones a esta cultura que con el cebo de la libertad y la felicidad, arrancan a nuestros jóvenes y niños la fe y la razón y los hunden en el total hedonismo. En el cual naufraga todo principio y virtud, toda verdad y todo valor, pues naufraga la vocación fundante al amor, es decir, el mismo hombre. Y particularmente el hombre en una edad clave y propicia para fundamentar su vida y emprender su destino. La edad clave y propicia para lo verdadero y lo justo, lo grande y lo gratuito, en disposición constante de heroísmo virtuoso y en actitud apasionada de servicio al bien.

En estos días nos preocupa la inseguridad en nuestras calles y los delitos en nuestras ciudades, protagonizados por tantos jóvenes y hasta por niños. Sin discutir lo que le corresponde cumplir al Estado a través de la ejemplaridad de los gobernantes y la acción de los organismos de seguridad, radicalmente ello señala otras responsabilidades. En cuanto es producto de las carencias afectivas de un verdadero hogar, con testimonio de padres que se amen, y ejerciten responsablemente su misión educadora. También, ciertamente, de las carencias materiales por una pauperización galopante y extendida. Pero, por sobre todo -favorecido por una escuela estatal sin Dios y sin educación moral y amamantados en años por una TV basura- es el fruto de una cultura que ha ido iniciando a las nuevas generaciones en la grosería y la promiscuidad, la ignorancia y la transgresión, la sensorialidad y la violencia hasta este cinismo de cuño nihilista que vemos expresarse en el sexismo, la vagancia, el alcoholismo, la droga, la crueldad hasta el homicidio por el homicidio mismo.

Todo un desarraigo favorecido y un vacío fomentado, cuyo comienzo aparentemente inocuo podemos encontrarlo en ciertas modas que van imponiendo una mentalidad y un estilo de vida inicuos: ciertas modas en los vestidos, comidas y bebidas, la música y los espectáculos, los horarios y lugares de diversión; que no respetan límite alguno del espectro social y que generalizan una cultura de la muerte.

Así, no sólo se viene destruyendo el patrimonio económico sino también el más precioso: el cultural, logrado providencialmente: por la conjunción -en clave de Evangelio- de diversas razas y pueblos de la tierra que han venido a habitar el suelo argentino.

He dicho patrimonio.

Patrimonio viene de padre; patrimonio nacional dice patria terrena. Y este Padre celestial, en cuanto acogida de los dones de Dios y acumulación de esfuerzos y sacrificios de todo un pueblo.

Patrimonio argentino: el identificativo de nuestra patria y posibilitador de nuestra digna inserción universal. Que se juega fundamental e insustituíblemente -y lo reitero aunque me vuelva cansador- en la comunidad familiar y en la comunidad laboral; ambas estrechamente relacionadas, pues ambas en función de la comunión de vidas y de personas, de bienes y de servicios, de realizaciones temporales y de meta eterna.

Patrimonio que el Estado con la primacía de lo político y a través de sus gobernantes -sin totalitarismos pero sin indiferencias - debe servir como al núcleo mismo del bien común, bajo los principios siempre de la solidaridad y la subsidiariedad. Sí, servir, sirviendo a la familia -célula vital de la comunidad política y de la sociedad humana- con sus derechos y deberes inalienables anteriores al Estado (como lo es por ejemplo la educación) y al mundo del trabajo, también con sus exigencias y responsabilidades, en todos sus protagonistas, como clave de toda armónica, humana, cristiana economía (siempre sujeta a la decisión política, en cuanto es ésta la garante del bien común).

Patrimonio argentino que hemos recibido tan rico, firme y abierto. No como una carga muerta, sino como una herencia viva; para que asumiéndolo y desarrollándolo seamos precisamente nosotros. Patrimonio que, al estar enraizado en la paternidad de Dios y en la verdad de Jesucristo, encierra todas las posibilidades de una auténtica cultura, abarcante del hombre en su vocación total: la cultura del amor y de la vida, la cultura del trabajo y la fraternidad.

¡La cultura de la paz!, con la cual la patria argentina debe integrarse libre y soberanamente y colaborar original y constructivamente en la comunidad universal y fraterna de los pueblos.

Esta es la patria que -pese a los pecados o dislates de ayer y de hoy- una vez más, agradecemos por Cristo a Dios Padre como precioso don suyo, que se lleva nuestro amor. Y por la cual pedimos, como hijos dispuestos a realizarla sirviéndola de corazón, según su voluntad.

Patria terrena y celestial no se oponen. Por el contrario, peregrinar mundano y destino eterno se reclaman según el designio divino y la misma aspiración del hombre. Sin la primacía y la búsqueda ante todo de la patria celestial, no puede acertarse en la realización de la patria terrena. Sin meta de plenitud no se rumbea por la fugacidad de la historia.

Así, ningún xenófobo, pero tampoco ningún apátrida podrá construir una familia de hermanos en la tierra ni alcanzar el abrazo del Padre en el cielo.

Como ningún creyente, aspirante a la ciudadanía del cielo, podrá gozar eternamente de la paternidad divina, si -a imitación el mismo Hijo de Dios hecho carne- no ha amado y servido con caridad primera, hasta dar la vida, su tierra y su pueblo.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2116, del 9 de junio de 1999


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