Celebramos esta fiesta patria en el año del Señor 1999; último
año de la preparación inmediata al Jubileo del 2000, y que está
dedicado a Dios Padre.
Lo
cual nos lleva de la mano a ahondar en el significado de lo que es
Patria y asumir nuestras responsabilidades respecto de su presente.
Patria
deriva de padre, dice de paternidad. Inmediatamente, respecto de un
pueblo, de su origen temporal común y su común gestación
histórica. Así, la patria reconoce antepasados que la han
configurado, prohombres que la han conducido, acontecimientos que la
han definido; gestas, trabajos, sufrimientos que la han manifestado
y consolidado; una cultura que la identifica en este mundo que pasa,
una creencia que la sustenta, anima y orienta trascendentalmente.
Por
eso mismo, como toda realidad mundana, patria está diciendo de una
providencia divina, que dirige y sostiene creativamente el universo,
conduce y asiste señorialmente la historia de la humanidad.
Pero,
Patria, según el plan salvífico revelado en Cristo, dice más
profundamente de una realización temporal que, como todo lo creado,
descubre su verdad y alcanza su valor en cuanto sirve a la
realización de los designios eternos de Dios: del misterio del amor
desbordante del Dios vivo, que llama a sí, a su amistad, al hombre
que, a propósito, ha creado a su imagen, para hacerlo capaz de sus
dones, de la participación de su naturaleza, de la comunión de su
vida. Lo cual indica la voluntad del Padre Celestial de abrir su
paternidad a la creatura hombre, por el don de su Hijo hecho carne y
la efusión sobre toda carne del Espíritu, en el cual se unen Padre
e Hijo eternamente.
Por
eso, la patria terrena -y mucho más cuando desde siempre se refiere
a este Dios revelado en Jesucristo, como la nuestra- dice de la
paternidad divina, y descubre, más allá del flujo de la historia
consumada en el acontecimiento pleno que es Cristo, su explicación,
fundamentación y justificación.
Así,
nuestra historia argentina muestra a nuestros padres en el tiempo,
confesándose en la fe hijos del Padre celestial. El mismo, a quien,
cuando la gesta de nuestra emancipación política, los patriotas
han referido y consagrado sus vidas, sus famas y sus bienes; y
cuando el ordenamiento jurídico y social lo han reconocido e
invocado como fuente de toda razón y justicia y principio de unidad
nacional al par que de convivencia universal fraterna.
No
es necesario explicarlo, pero sí reafirmarlo continuamente. Sólo
en la confesada paternidad divina pueden los hombres reconocerse
hermanos; y en sus relaciones y actividades fundar las solidaridades
profundas y sellarlas con la impronta servicial. Que hace del
peregrinar humano una verdadera fraternidad. Y, superando las
limitaciones creaturales y las heridas pecaminosas, reúnen en un
universo armonioso las diversas razas, pueblos y culturas. Que sólo
valen cuando en el encuentro común la diversidad se descubre al
servicio de la unidad de la familia humana; y lo pasajero en
función de lo permanente del hombre.
Por
eso una reconocida paternidad divina y una trabajada convivencia
fraterna, en el cumplimiento de las leyes mismas del Creador
ínsitas en la naturaleza humana, y redimensionadas por el Hijo de
Dios hecho hombre, llevan al hombre a realizarse plenamente. Es
decir a definir su rostro y colmar su corazón, al hacerlas cauce de
la suprema y sintetizadora ley del amor. La cual atañe a todos los
ámbitos de la realización humana, pero particularmente a los que
le son fundamentales: la familia y la vida, el trabajo y la
solidaridad social.
Así
lo acabamos de escuchar de boca del mismo Verbo Divino, que al
encarnarse lo ha ratificado para siempre, hasta provocar escándalo.
Ley
del amor filial para con el Padre celestial y fraterno para con los
otros hombres, cuya observancia asegura la liberación del hombre de
toda idolatría y egoísmo, de toda degradación y esclavitud. Que,
lamentablemente, desde la modernidad a nuestros días de post
-¿post de qué? no lo sabemos, pero ciertamente de trágica
postergación del hombre mismo- ha sido discutida, burlada, negada;
en los dos precisos y preciosos campos fundamentales para su
realización:
En el de la familia
Destruída
por la pornografía ambiental y la confusión sexual, la
banalización del amor y la disolución del matrimonio, la
mentalidad antinatalista y la irresponsabilidad frente a los hijos,
el atentado a la vida humana en todo su arco: desde la concepción
hasta la muerte natural, la manipulación genética y la
indefensión de los inocentes y pequeños.
En el del trabajo
Quitado
a tantos, negado a más, degradado multitudinariamente por cierre de
fuentes de trabajo, despidos masivos, empleos "en negro",
salarios insuficientes, inseguridad laboral y jubilatoria, obras
sociales en quiebra, explotación hasta la esclavitud en horarios,
condiciones y estilos laborales, y en fin, de la destrucción de la
auténtica hermandad gremial.
Estos
campos, fundamentales para la vida del hombre y de la sociedad
argentina, para la veracidad de la patria, han de ser los primeros
objetivos de nuestro profundo interés y de nuestro apasionado
servicio.
Hemos
de encontrarnos metidos en ellos para volver a recentrarlos en su
verdad, su bondad y su belleza. Para recentrarlos en Dios y así
hacer patria.
Estos
son los campos en los cuales hemos de reconciliarnos los argentinos,
según la voluntad del Padre que en Cristo nos llama a
reconciliarnos con El. Y nos muestra su amor, abriéndonos su
paternidad y llamándonos a la comunión consigo en su Hijo hecho
carne que se introdujo en nuestro mundo, naciendo en un hogar y
trabajando en un taller.
Permítanme
insistir en todo esto, pues los argentinos hemos de ir a las causas
y no pelearnos tonta, cuando no maliciosamente, en torno a los
efectos de nuestra situación nacional. Subrayo nacional, no porque
no nos corresponda, sino para dejar en claro que se dan positivas
diferencias a favor de la política provincial respecto de la de la
nación, de la cual dependen las grandes responsabilidades en estos
campos.
Sin
matrimonio monogámico, indisoluble de varón y mujer, en el amor
fiel y fecundo, sin formar familia abierta a la vida, y sin trabajo
estable, organizado y bien remunerado con horizontes de solidaridad,
la patria no tendrá futuro.
Familia
y trabajo, afirmados en su verdad permanente, enseñados
sistemáticamente, defendidos políticamente, reconocidos
socialmente, asegurados legalmente, favorecidos económicamente,
promovidos mediáticamente, es decir: hechos conciencia, propósito,
esfuerzo de todos; sólo ellos pueden favorecer la reconciliación
de los argentinos, superando brechas y enfrentamientos, odios y
venganzas, que nos fijan estérilmente en el pasado y nos roban el
futuro.
Claro
está que esto supone vencer cada día en cada uno de los argentinos
la concepción materialista de la vida que se ha ido imponiendo por
derecha o por izquierda. Que nos han llevado a la negación de Dios,
al vaciamiento espiritual, al relativismo moral. Imponiendo entre
nosotros la ley salvaje del egoísmo volcado a la falsa felicidad
del lucro y del placer.
Materialismo
de pretensiones cientifistas, cuya proyección en primer lugar
impone el economicismo, que al haberse apropiado de la imagen
sugestiva de la globalización, absolutiza idolátricamente el
mercado e impone la ley del lucro por el lucro.
El
servilismo argentino al imperio mercantil, ha alcanzado su grado
máximo. Es cierto que los factores económicos juegan -y deben en
su medida jugar- en la realización de hombres y pueblos. Pero a su
servicio. También en mayo de 1810, concurrieron desde varios años
antes y desde el puerto, factores económicos; algunos, para nuestra
desgracia, abiertamente desnacionalizantes. Basta recordar: a una
institución, el Consulado, a cuyo frente estaba Manuel Belgrano; la
"Representación de los hacendados" del abogado Mariano
Moreno; los periódicos de entonces significativamente intitulados:
"El Telégrafo Mercantil" y luego "El Correo de
Comercio de Buenos Aires".
Y
como en el comienzo, cuando la organización nacional y las etapas
sucesivas. Desgraciadamente también los factores económicos
jugaron más de la cuenta y para el provecho de quienes a veces se
presentaron como próceres, puesto que, el interés de las grandes
potencias internacionales y de minúsculos grupos locales
prevaleció sobre el bien común.
Pero
junto a este coloniaje mercantil, esta servidumbre al imperio de la
usura internacional y de grupos argentinos corruptos,
precediéndolo, animándolo, acompañándolo se da el coloniaje
cultural. También hoy, más que en mayo de 1810; cuando algunas
minorías trataron de imponer sobre los intereses del pueblo el
iluminismo de la "clase culta", del sector
"ilustrado" de la sociedad. Pues ahora, afecta o parece
afectar a todos los argentinos. Es este imperio de la contracultura
invasora, la otra proyección del cientifismo agnóstico. Mucho más
grave que en su faceta económica, por más sutil y perverso.
Dolorosamente
la claudicación de muchos padres y de tantos responsables
públicos, han ido entregando las nuevas generaciones a esta cultura
que con el cebo de la libertad y la felicidad, arrancan a nuestros
jóvenes y niños la fe y la razón y los hunden en el total
hedonismo. En el cual naufraga todo principio y virtud, toda verdad
y todo valor, pues naufraga la vocación fundante al amor, es decir,
el mismo hombre. Y particularmente el hombre en una edad clave y
propicia para fundamentar su vida y emprender su destino. La edad
clave y propicia para lo verdadero y lo justo, lo grande y lo
gratuito, en disposición constante de heroísmo virtuoso y en
actitud apasionada de servicio al bien.
En
estos días nos preocupa la inseguridad en nuestras calles y los
delitos en nuestras ciudades, protagonizados por tantos jóvenes y
hasta por niños. Sin discutir lo que le corresponde cumplir al
Estado a través de la ejemplaridad de los gobernantes y la acción
de los organismos de seguridad, radicalmente ello señala otras
responsabilidades. En cuanto es producto de las carencias afectivas
de un verdadero hogar, con testimonio de padres que se amen, y
ejerciten responsablemente su misión educadora. También,
ciertamente, de las carencias materiales por una pauperización
galopante y extendida. Pero, por sobre todo -favorecido por una
escuela estatal sin Dios y sin educación moral y amamantados en
años por una TV basura- es el fruto de una cultura que ha ido
iniciando a las nuevas generaciones en la grosería y la
promiscuidad, la ignorancia y la transgresión, la sensorialidad y
la violencia hasta este cinismo de cuño nihilista que vemos
expresarse en el sexismo, la vagancia, el alcoholismo, la droga, la
crueldad hasta el homicidio por el homicidio mismo.
Todo
un desarraigo favorecido y un vacío fomentado, cuyo comienzo
aparentemente inocuo podemos encontrarlo en ciertas modas que van
imponiendo una mentalidad y un estilo de vida inicuos: ciertas modas
en los vestidos, comidas y bebidas, la música y los espectáculos,
los horarios y lugares de diversión; que no respetan límite alguno
del espectro social y que generalizan una cultura de la muerte.
Así,
no sólo se viene destruyendo el patrimonio económico sino también
el más precioso: el cultural, logrado providencialmente: por la
conjunción -en clave de Evangelio- de diversas razas y pueblos de
la tierra que han venido a habitar el suelo argentino.
He
dicho patrimonio.
Patrimonio
viene de padre; patrimonio nacional dice patria terrena. Y este
Padre celestial, en cuanto acogida de los dones de Dios y
acumulación de esfuerzos y sacrificios de todo un pueblo.
Patrimonio
argentino: el identificativo de nuestra patria y posibilitador de
nuestra digna inserción universal. Que se juega fundamental e
insustituíblemente -y lo reitero aunque me vuelva cansador- en la
comunidad familiar y en la comunidad laboral; ambas estrechamente
relacionadas, pues ambas en función de la comunión de vidas y de
personas, de bienes y de servicios, de realizaciones temporales y de
meta eterna.
Patrimonio
que el Estado con la primacía de lo político y a través de sus
gobernantes -sin totalitarismos pero sin indiferencias - debe servir
como al núcleo mismo del bien común, bajo los principios siempre
de la solidaridad y la subsidiariedad. Sí, servir, sirviendo a la
familia -célula vital de la comunidad política y de la sociedad
humana- con sus derechos y deberes inalienables anteriores al Estado
(como lo es por ejemplo la educación) y al mundo del trabajo,
también con sus exigencias y responsabilidades, en todos sus
protagonistas, como clave de toda armónica, humana, cristiana
economía (siempre sujeta a la decisión política, en cuanto es
ésta la garante del bien común).
Patrimonio
argentino que hemos recibido tan rico, firme y abierto. No como una
carga muerta, sino como una herencia viva; para que asumiéndolo y
desarrollándolo seamos precisamente nosotros. Patrimonio que, al
estar enraizado en la paternidad de Dios y en la verdad de
Jesucristo, encierra todas las posibilidades de una auténtica
cultura, abarcante del hombre en su vocación total: la cultura del
amor y de la vida, la cultura del trabajo y la fraternidad.
¡La
cultura de la paz!, con la cual la patria argentina debe integrarse
libre y soberanamente y colaborar original y constructivamente en la
comunidad universal y fraterna de los pueblos.
Esta
es la patria que -pese a los pecados o dislates de ayer y de hoy-
una vez más, agradecemos por Cristo a Dios Padre como precioso don
suyo, que se lleva nuestro amor. Y por la cual pedimos, como hijos
dispuestos a realizarla sirviéndola de corazón, según su
voluntad.
Patria
terrena y celestial no se oponen. Por el contrario, peregrinar
mundano y destino eterno se reclaman según el designio divino y la
misma aspiración del hombre. Sin la primacía y la búsqueda ante
todo de la patria celestial, no puede acertarse en la realización
de la patria terrena. Sin meta de plenitud no se rumbea por la
fugacidad de la historia.
Así,
ningún xenófobo, pero tampoco ningún apátrida podrá construir
una familia de hermanos en la tierra ni alcanzar el abrazo del Padre
en el cielo.
Como
ningún creyente, aspirante a la ciudadanía del cielo, podrá gozar
eternamente de la paternidad divina, si -a imitación el mismo Hijo
de Dios hecho carne- no ha amado y servido con caridad primera,
hasta dar la vida, su tierra y su pueblo.