Cristo, es Dios-con-nosotros. Ha llegado la plenitud
de los tiempos y se han cumplido las promesas divinas de salvación.
Es nuestra fe, nuestra certeza de fe.
Este Cristo glorificado ya, pero siempre presente
entre nosotros, nos llama continuamente al encuentro con El. A los no creyentes, a
descubrirlo, todo Dios a favor de todo el hombre. A los ya creyentes, por la gracia de
Dios, a ahondar en ese encuentro salvador con El, a vivir la alianza de amor que ha
sellado con nosotros.
Un encuentro que comienza y se vive, mientras
peregrinos por este mundo, según El, Cristo, se nos presenta y nos lo reclama: «El
tiempo se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena
Noticia».
Continuamente resuena este pregón -para el cual el
espacio y el tiempo- mientras nuestra historia se sumerge en la eternidad, mientras
caminamos hacia el desenlace final.
Pero este pregón de Cristo, este grito del amor de
Dios-con-nosotros, se hace particularmente fuerte cuando -en cada año- comienza la
Cuaresma. El tiempo que para prepararnos a la celebración del Acontecimiento Salvador de
la Pascua anual, es colmado por Dios con especiales gracias, haciéndolos días de perdón
y salvación, tiempo propicio para la conversión.
¿Qué decir, cuando ese continuo reclamo,
intensificado en el tiempo cuaresmal, ocurre en un año jubilar, como el presente?
Quedamos anonadados por la manifestación de la
misericordia de Dios, que se abre con mayor amplitud acogedora, con una rotundez de amor
íntimo y universal, a la vez.
En esta apertura inusual, extraordinaria, como
siempre a través de la entrega de su Hijo y el don del Espíritu Santo, el Padre nos
descubre su corazón misericordioso, fuente misma del perdón recreador y de la vida nueva
para quienes somos creaturas predilectas suyas, destinados a ser sus hijos, desde la
eternidad.
Torrentes de gracia y de indulgencia es el año
jubilar. Para devolvernos de lleno a la inocencia bautismal. ¡Limpios de toda culpa,
porque nos acogemos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! ¡Y liberados,
también, de las penas merecidas por esas culpas, que han quebrantado el orden del amor y
de la vida! Daños que obligan a la reparación.
De allí el tesoro de las indulgencias. Que la
Iglesia, Esposa fiel y Madre amorosa, abre para todos sus hijos, como servicial
administradora de los méritos de su Esposo y Señor y los de todos los santos.
Para que volvamos. Con espíritu penitencial y
alegría de corazón.
Como hijos pródigos al Padre.
Como hermanos humildes a los hermanos.
Sí. Ante todo, al Dios vivo, confesando
arrepentidos los pecados y proponiéndonos una vida santa, para vivir a pleno en comunión
con el Dios Tres veces santo: el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. En la cual hemos
sido introducidos por la fe y el Bautismo y permanecemos y maduramos por la Eucaristía.
Camino único en el cual el hombre descubre su ser y
llega a ser; recibe la vida y vive; alcanzará la resurrección gloriosa y la
bienaventuranza eterna.
Volver al Padre, por Cristo, en el Espíritu.
Volver, por eso necesariamente a los hermanos. Como
miembros de esa familia Trinitaria, extendida, por la misericordia del Padre, desde la
humanidad gloriosa del Hijo y el dinamismo recreador del Espíritu, en el misterio de la
Iglesia. La Iglesia, la familia de los hijos de Dios en camino.
Volver al Dios vivo, es volver al seno de la
Iglesia; reinsertarse vivamente en ella. Es volver y participar de la única comunión
eclesial; tal cual se abre y nos acoge en sus vivas y concretas manifestaciones
históricas: localmente en cada diócesis en torno al Obispo; universalmente en el mundo,
en torno al Papa y el Colegio Episcopal.
Único e insoslayable ámbito para desarrollar el
nuevo ser, la nueva existencia cristiana que ha de asumirse libre, consciente,
gozosamente.
Y desde este misterio de la comunión con Dios en la
comunión de la Iglesia, con el mandato de Cristo, el dinamismo del Espíritu, volvernos a
los hermanos, al mundo. Anunciando, testimoniando, obrando el Reino de Dios ya presente
entre nosotros.
¿Cómo? A través de las vocaciones y tareas
propias de cada uno en la Iglesia, en el mundo, por los caminos del hombre, en las mismas
realidades temporales, con el signo de la unidad y las obras del amor.
La prioridad evangelizadora es lo que nos afirma en
Dios y da sentido a nuestra vida peregrina, a nuestro marchar hacia el Padre entre los
consuelos divinos y las persecuciones del mundo.
Escuchemos y hagamos escuchar el pregón cuaresmal
en este año jubilar. Seamos agentes, gestores, ministros del Reino de Dios, pregonando y
sirviendo a la Buena Noticia de la Pascua salvadora, en la cual el perdón de todos los
pecados y las posibilidades de una nueva creación, las posibilidades de vivir como
únicamente se vive: en el amor.
Este pregón tiene ya en nuestra Iglesia Particular
santafesina un cauce trazado a través del propio Calendario del año jubilar.
Invito a todos a entrar con sus personas, sus
familias, sus relaciones, sus actividades en este clima de júbilo, en este acontecimiento
de gracia.
Ya inmediatamente tenemos la oportunidades de
peregrinar a las Iglesias que en su oportunidad señalara para alcanzar las indulgencias.
También en fechas muy cercana dos celebraciones
jubilares ya programadas:
1) El 11 de marzo: el rezo del santo Rosario
en diversas ermitas marianas de la arquidiócesis.
Pido que en las jurisdicciones parroquiales donde
hubiere varias ermitas se elija una de ellas para tal celebración y ésta sea presidida
por el párroco y animada por alguna institución mariana, o de oración reconocida
(Congregaciones, Legión de María, Apostolado de la Oración).
2) El 25 de marzo: el Canto del Akáthistos
en la basílica Nuestra Señora del Carmen, en la ciudad sede, a la cual se invita al
clero y a los fieles en general; y, en particular, a las Congregaciones Marianas, la
Legión de María y el Apostolado de la Oración.
Como puede apreciarse nuestro año jubilar, tras su
inauguración solemne, comienza su marcha fuerte de mano de la Virgen María. En cuanto
Ella, Madre que nos ha sido dada por Cristo mismo, es auxilio constante en nuestro
peregrinar, y modelo de la Iglesia siempre fiel al Señor y a su misión.
Más adelante iremos avisando y motivando, en la
medida de lo posible, las demás celebraciones jubilares.
Con el deseo de que así comencemos una fructuosa
cuaresma, les saludo y bendigo en el Señor.
Santa Fe de la Vera Cruz, 2 de marzo de 2000.
Edgardo Gabriel Storni,
arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz