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LITURGIA DE ACCIÓN DE GRACIAS 
25 DE MAYO DE 2002


Homilía pronunciada por Mons.  Edgardo Gabriel Storni, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, en el tedéum celebrado el 25 de mayo de 2002


Textos: 2 Mac. 8,16. 18-19a. 21a / Salmo / Lc 19,41-44


En el cumplimiento de su misión y sin sobrepasar sus funciones específicas, la Iglesia, especialmente por boca de sus Pastores, ha venido desde hace años, con claridad y firmeza, advirtiendo sobre la sistemática destrucción de la Patria argentina. Que bien podemos tildar de autodemolición. Al apartarse el pueblo argentino -gobernados y gobernantes, representados y representantes- de los fundamentos religiosos, morales, jurídicos que histórica y culturalmente la han configurado desde sus más remotos orígenes y presidido en sus mejores momentos, ha atraído sobre sí, su desgracia: la pérdida de su identidad -ya no sabemos quienes somos-; la entrega cobarde de su soberanía y patrimonio -ya nada contamos, ya nada es nuestro-; la renuncia a la dignidad nacional -ya nada respetamos, ya no nos amamos ni respetamos a nosotros mismos.

A través de la corrupción política, dando paso a la prepotencia mercantil, la injusticia social y la perversión cultural, se ha ido debilitando la conciencia nacional y destruyendo el tejido social hasta llegar a esta situación de caos generalizado.

La cual se pretende componer con palabrería vana, demagogias torpes, cruzadas denuncias, contínuas protestas y violencias; en una ruidosa cotidianidad, que sigue eludiendo la verdad, tapándose los oídos y adormeciendo la conciencia.

Así no se ha escuchado, no se escucha esa voz de la Iglesia, que sirve a la Palabra viva de Dios, al Verbo hecho carne Jesucristo; el Maestro humilde y manso, Señor de la historia y Juez de toda carne. Como sirve, por eso mismo, al grito sordo, a la mudez clamante de los pobres, los pequeños, los que no cuentan a los ojos de los poderosos y sabihondos de este mundo, pero son los preferidos de Dios, los más identificados consigo por Cristo.

¿Quiénes han recogido y atendido esta constante voz de la Iglesia, que aúna inseparablemente la voz de Dios que desciende compasiva a la tierra y la voz de los sin voz, que clama doliente al cielo?

Tal vez se haya escuchado la voz de los Pastores a título de ocasionales y olvidadizos oidores; pero, en general, no como atentos y activos cumplidores. ¿Se tiene presente, acaso, el Magisterio del sucesor de Pedro en nuestros días, de Juan Pablo II, cuando sus visitas a nuestra tierra y en sus mensajes contínuos a la Argentina? ¿Qué se ha hecho de las enseñanzas del Episcopado Argentino, desde aquel siempre vigente documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, sus reclamos ante la intolerable deuda externa y la no menos insoportable deuda social? Pero, al cual Episcopado -eso sí- se le pidió -¿con qué intención?- asegurar el ámbito, el espíritu y las normas propicias para un Diálogo Argentino, convocado por la máxima autoridad y que resultó ser un diálogo entre sordos.

Aquí, en Santa Fe, tantas veces y de tantos modos; pero, prolijamente desde hace años en esta Catedral, cuando la celebración del 25 de Mayo -como hoy- este servidor ha ido diagnosticando anticipadamente y señalando con precisión las profundas causas de este previsible drama argentino, verdadero proceso colectivo de muerte.

Sí. Denunciamos los primeros, no tanto a los personajes y personeros, cuanto el sistema en sí. El perverso e insolente sistema capitalista que ha venido a creerse dueño y señor del mundo, globalizándolo al servicio del imperio transnacional del dinero y, parejamente, de la transculturización homogeneizante por el materialismo consumista. Hasta oprimir cuando no eliminar pueblos y pervertir cuando no vaciar los espíritus.

Como denunciamos, a cuantos facilitaban el sometimiento desde afuera, con las complicidades desde adentro, desde nosotros mismos. Jugando a la falsa democracia, ya por parte de los dirigentes con sus pactos y negociaciones, desde el de Olivos, con una reforma constitucional, sospechada de nulidad de por medio; ya por parte del pueblo mismo que, persistiendo en los vicios, la frivolidad y el egoísmo, ha imposibilitado la misma vigencia real de sus derechos y garantías, que reclama en clave democrática, virtudes probadas y apasionamiento por el bien común.

Pero, como fondo de todo ello, jugando en todo ello, como su matriz, denunciamos el engaño diabólico de la falsa antropología hecha creencia infalible. La que ha sido elaborada -por justificarla- con afirmaciones parciales cuando no seudocientíficas de base. A fin de hacer aceptable como verdaderamente humano el solo individuo, la inmediatez sensorialista, el relativismo en el conocer, la absolutización de la libertad, y, consecuentemente, el permisivismo moral. Hasta pretender crearlo todo por sobre y en contra de la realidad construyendo otra humanidad (bioingeniería) y otra sociedad (ingeniería social). Sin escrúpulo intelectual ni moral alguno. Hasta cosificar cínicamente al hombre real y concreto, reduciéndolo a un objeto desechable en función de la utilidad, la ganancia, el placer. De quienes, soberbia y codicia juntas, acumulan riquezas, tecnología, medios de comunicación y así se imponen e imperan. Originando sociedades opulentas y sociedades miserables, pueblos ricos y pueblos pobres, y -en éstos- sectores exitosos y sectores excluídos.

Muchos argentinos, cultores y siervos de esta creencia, han contribuido a que ella se impusiera entre nosotros. Particularmente en cuanto, por prejuicios o ignorancia culpable, han pretendido marginar y en definitiva negar la dimensión humana primera y última, fundamental e integradora de todas las demás, cual es la religiosa. Sin la cual el hombre no puede descubrir y menos realizar su pleno e irreductible misterio de persona viva, de ser trascendente, de responsable dominador del cosmos, de libre protagonista de la historia, de servidor de la comunidad y de agradecido destinatario de lo divino; ¡cuánto más de lo terreno que es su camino! No se ha obrado sólo contra la fe cristiana. También contra la razón misma, que la fe supone, respeta y exalta. Se ha incapacitado al hombre para lograrse a sí mismo en el necesario orden objetivo de la verdad y la consecuente escala de valores (axiología), base de la dignidad de la persona y de la convivencia social.

¿Cómo trazar, hombre y pueblo, un proyecto de vida y un proyecto de país, necesarios, vitales para ser, proyectarse y existir, en tal orfandad de razón y, por tanto, en tal lejanía del proyecto divino, revelado en el Verbo encarnado?

Al quedarnos sin el dinamismo convergente de la naturaleza y lo sobrenatural, sin las luces mutuamente reclamantes de la razón y la fe - sin estas dos alas para el vuelo del hombre, al decir de Juan Pablo II- nos hemos convertido en seres rastreros, que abismamos en la corrupción el mundo que Dios pone en nuestras manos para nuestro peregrinar y nos incapacitamos para, con el gratuito don de Dios, participar -exaltante y fraternalmente- del mismísimo misterio divino.

Es necesario volvernos a la Verdad. Abandonar la soberbia y la cobardía, la codicia y la indolencia, el egoísmo y el cálculo, la inercia y las recetas -de fuera y de dentro- y afrontarnos a nosotros mismos. La verdad de lo que somos, de lo que hemos venido a ser y lo que en conciencia hemos de ser. Por el implicado y responsable ejercicio de la humildad y la prudencia, la inteligencia y el coraje, la honestidad y el trabajo, la solidaridad y el amor.

Dejemos de una vez por todas las máscaras y las ficciones. La Argentina, lamentablemente, ya en 1810, se escondía y se escindía en ellas, hiriéndose a sí misma. La “máscara de Fernando VII” y la copia de modelos extranjerizantes -por presiones de afuera y tilinguería de adentro y en contra del país real- dañaron la vida nacional, desde entonces. Contribuyendo al sin rumbo y discontinuidad en su política exterior; al sin justicia ni unidad en la interior. Perdiendo en tal marcha, cada vez más, la dignidad nacional.

Por eso no será “volviendo nostálgicamente a un confuso pasado, ni escapando peligrosamente a un mágico futuro, que encontraremos el rumbo. Es afrontando con discernimiento el presente, convirtiéndonos a lo permanente. Lo que rescata lo válido del pasado y prepara concienzudamente el futuro. Lo perenne es la Verdad y el Bien total, es Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre.

Así, entonces, en esta celebración patria, reconozcamos nuestros límites y nuestras impotencias. Más aún, nuestras culpas y negligencias. No para quejarnos, menos para acusarnos mutuamente, buscando chivos expiatorios. Todos hemos pecado. Unos más, otros menos. Unos obrando, otros omitiendo. Pero, no estamos solos, abandonados a nosotros mismos, condenados a la culpa y la impotencia por siempre.

No nos abandona el que todo lo puede, no enmudece el Verbo de Dios y no se cierran los oídos divinos al clamor de los hombres. Por el contrario; en lo profundo de este derrumbe pecaminoso, está el Hijo Resucitado y el Espíritu testigo de su Victoria, descubriéndonos al Padre que nos ama desde siempre y para siempre. Y por su Hijo, nos llama, nos interpela, nos urge. Ya no desde su sola voz, sino de su mismo llanto. El llanto de Jesús, sobre su patria que hemos escuchado en el Evangelio. Y fue preludio de su llanto reconciliador en la Cruz, como Redentor del mundo y Juez de todas las naciones. En el cual llanto, el de todos los humillados, oprimidos, excluídos del banquete de la vida. ¡Los desechos del sistema! Las víctimas de los fundamentalismos de las razas, las ideologías, ¡el lucro!, de los egoísmos homicidas. Desde los embriones aniquilados, los niños abandonados y pervertidos, los jóvenes viciados y vaciados, la familia violada y destruida, los trabajadores explotados o desocupados; los ancianos... ¡nuestros ancianos, forjadores y testigos de otra Argentina, desde hace años ignorados y marginados! ¡hoy robados, burlados, condenados a la desesperación, el dolor, la muerte!

Más simple y dolorosamente: ¡un pueblo hambriento y envilecido! ¡Sin futuro, sin dignidad!

Es el llanto tanto del Jesús abandonado por la incredulidad acomodaticia del ambiente y la cobardía de muchos creyentes; cuanto el de los débiles entregados por sus hermanos, a la contracultura transgresora y delictiva, violenta y prostibularia del sistema, promovida por los medios (la T.V. basura sobre todo) y los espectáculos enajenantes.

¿Nos conmoverá el llanto del Señor, en el cual todo el llanto por esta indignidad argentina?

¿Podrá tocar, mover, transformar nuestros corazones endurecidos? No es el llanto del hombre desesperado, sino del Dios compasivo que ofrece la paz, que trae el mensaje de salvación y no es aceptado.

Es un llanto que, si escuchado y asumido en el arrepentimiento, es fuente de perdón y de vida. 

Es un llanto, que reconocido, apelado, y recurrido confiadamente, lo es de esperanza.

Con sus lágrimas y su Sangre, el Servidor Sufriente ha redimido al hombre, lo ha rescatado de la mentira, lo ha liberado del mal, lo ha arrancado de la mano enemiga.

Y le pide y ofrece la conversión. Ante lo cual, la libre respuesta del corazón es lo que cabe.

Pues de conversión se trata.

No de que se “vayan todos” ni que queden todos, ni que no quede nadie. Estas falsas absolutizaciones sólo promueven y encubren el desconcierto, las venganzas o los continuismos; sin servir al cambio de fondo.

Se trata de convertirnos todos. De cambiar nuestra retorcida mentalidad. De una vez. Volvernos a la Verdad, a nosotros mismos como conjunto, desde la conversión de cada uno y en cuanto responsable del todo, a partir del propio deber de estado.

Por tanto, que cada uno, se examine, se arrepienta, se acuse ante El que llora y perdona. Y así vea lo que tenga que reparar, resarcir, restituir, reintegrar a Dios y a la comunidad. Para, al fin, decidir con honestidad, qué debe hacer y actuar para honrar como hijo a Dios y para servir como ciudadano al bien común de los argentinos.

Sólo así nos abriremos a la esperanza que no confunde.

Porque este momento argentino es tal vez como ninguno una hora decisiva de la Patria. La ocasión para abrir paso a la esperanza en nuestro pueblo. Es tiempo de la visita de Dios, el Dios de la Verdad y la Gracia, el Dios-con-nosotros. Debemos reconocerlo. Y hacerlo nuestro. Comprendiendo en este día -especialmente en este día patrio, camino del bicentenario de Mayo- el mensaje de paz que nos trae el Enviado de Dios y Resucitado de entre los muertos; y que nos abre desde su Evangelio y su Eucaristía: el Amor del Dios Amor, que vence el mundo del pecado y recrea al hombre.

“No es la política, la economía, la cultura encerradas en sí mismas y por sí mismas las que nos traerán el cambio verdadero en dignidad, justicia y paz”. Es este Mensaje, verdad e inteligencia del hombre pleno, este evangelio vivido por cada uno de los ciudadanos, mamado en la familia, explicitado en la catequesis, integrado en la escuela, asimilado en la convivencia social, asumido en las leyes, lo que debe rescatar y cambiar la política, la economía, la cultura, poniéndolas al servicio del íntegro hombre argentino y del auténtico desarrollo del país, juzgando y señoreando sobre todo sistema, proyecto, orden temporal que se proponga.

Nadie se excluya de este momento oportuno, de esta gracia singular. Con el perdón mutuo, dejando de jugar con los efectos para no cambiar nada y empeorarlo todo y yendo de lleno a las causas, dialoguemos, busquemos y aportemos juntos las soluciones de fondo. Para, juntos, trazar las líneas de un proyecto común y realista. ¡Desde el proyecto de Dios, vivo, en la fidelidad a nuestras raíces! Y así, con empeño lúcido, servicial, solidario, comprometido, rescatar la Patria de tanta indignidad y hacerla resurgir como únicamente puede: desde el corazón convertido de cada uno y de todos a la verdad, la justicia, el amor. Que apremian de inmediato, exigentemente a defender la vida, reafirmar la familia, recrear la educación y asegurar el trabajo digno, como derecho y obligación de todos.

Si así dispuestos, confiemos filialmente en Dios. Y, recordando -más que los creyentes de la Antigua Alianza- sus favores en el pasado, que -en este debido culto para con El- una vez más agradecemos, supliquemos, por nuestro Mediador Jesucristo. ¿Qué? La gracia de fraternalmente vivir y trabajar, luchar y morir, si fuera preciso, por nuestra patria argentina, la dignidad nacional, la felicidad de todos los argentinos.

Venga en nuestra ayuda, con la de los santos y beatos hijos de nuestra tierra ya en la Patria del cielo, la siempre Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. La que nos ama como nadie y permanece de corazón en el corazón de nuestro pueblo, -especialmente de los pobres, humildes y pequeños- y es ¡para todos! “vida, dulzura y esperanza nuestra”. 


Mons. Edgardo Gabriel Storni, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz



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