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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO


Ordenación episcopal de monseñor Eduardo María Taussig, obispo de San Rafael
Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján  (25 de setiembre de 2004)



“Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador
" (1).

Estas palabras de María Santísima, que acabamos de cantar aquí, en su Santuario Nacional, la casa de todos, al cual desde adolescente he venido como peregrino tantas veces, expresan cabalmente los sentimientos de júbilo y de gozo, con los cuales quiero dirigirme a Dios Nuestro Señor y a su corte celestial, y a ustedes, mis hermanos e hijos muy queridos, en este momento de gracia y bendición.

Con sus palabras y sus sentimientos quiero cantar, ante todo, mi alabanza y mi gratitud…

- al Dios tres veces Santo, principio y fundamento de toda la creación y a cuya mayor gloria se ordenan el cosmos y la historia

- al Padre Omnipotente, infinitamente Bueno, que nos llamó a la fiesta de la vida y a la comunión con su Vida trinitaria

- al Hijo eterno, que se hizo hombre hasta la muerte, y muerte en una cruz, y así nos redimió

- al Espíritu Santo Paráclito, que nos guía y nos conduce a la plenitud en el Amor


Y frente a la gracia del episcopado que estamos celebrando, quiero manifestarle, en primer lugar, mi gratitud al Santo Padre Juan Pablo II, quien me eligió para ser sucesor de los apóstoles y me confía la misión de apacentar la iglesia de Dios en San Rafael.

Y no puedo dejar de agradecerle, en esta ocasión, cuánto ha marcado, con su pontificado, mi vida sacerdotal:

- desde el seminario, sus primeras palabras en el balcón de la Basílica de San Pedro, cuando dijo al mundo “no tengan miedo, ábranle las puertas a Jesucristo";

- su coraje pastoral, manifestado a propósito del conflicto del canal de Beagle, con esa inspirada intervención que nos preservó de una guerra fraticida e insensata;

- su luminoso magisterio y su sabia conducción pastoral, que aplicó e interpretó lo que el Espíritu fue marcando a la Iglesia en el Concilio Vaticano II y discernió y transformó la apasionante historia del fin del siglo XX y del tercer milenio que comenzamos;

- su cercanía a los sacerdotes, expresada en su carta de cada Jueves Santo;

- su arte en la oración y su mística capacidad de llevarnos a contemplar el rostro de Cristo;

- su amor a María Santísima;

- y su ejemplo de fortaleza y de fidelidad, en la vejez y en la enfermedad, para cumplir su misión hasta el final, preparando con ternura filial “el último beso de la vida que se apaga”.(2)

Por todo ello y por mucho más que en esta circunstancia no cabe explicitar, en la persona de su Legado entre nosotros, el Sr. Nuncio Apostólico de Su Santidad, S. E. R. Mons. Adriano Bernardini, quiero reiterarle  a Su Santidad Juan Pablo II mi más sentida gratitud y admiración, y  mi total y filial adhesión y obediencia como Vicario de Jesucristo.

Quiero enseguida agradecer al Sr. Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Su Eminencia Reverendísima Jorge Mario Bergoglio, la deferencia de conferirme la ordenación episcopal, así como sus delicadezas desde el primer momento de mi designación: ¡Dios le pague! También a Sus Excelencias Reverendísimas Mons. Estanislao Karlic, Mons. Héctor Aguer, Mons. Eduardo Mirás y Mons. Juan Alberto Puiggari, quienes con su ejemplo y amistad me han edificado a lo largo de la vida y hoy me honran como co-consagrantes en esta celebración. Y a todos mis hermanos arzobispos y obispos aquí presentes, como también a cuantos se unen espiritualmente, que con su afecto y acogida me introducen vivamente en el  Colegio Episcopal y en su comunión sacramental.


* * *

“Mi alma canta la grandeza del Señor,… el Señor hizo en mi grandes cosas…” (3)

Desde la gracia que hoy recibo cobran nueva luz los instrumentos que la fueron preparando y que, brevemente, quiero mencionar ante ustedes, como “memoria” de alabanza y de gratitud:


- ante todo, mis padres, hijos ambos de la Acción Católica Argentina, frutos de la capacidad de formación de esta benemérita institución en su época de oro, gracias a la cual ellos se conocieron y descubrieron su sublime “con-vocación al amor”; en la familia cristiana que fundaron, verdadera iglesia doméstica, mamé las virtudes humanas y cristianas, la fe y la oración, el amor cristiano y el compromiso apostólico generoso y eclesial.

- En particular recuerdo a papá, varón recto, defensor de la vida desde su concepción y luchador de la familia, quien seguramente desde el cielo participa con gozo y alegría, e intercederá por quien, con su ejemplo y su consejo, supo muchas veces corregir y encaminar en el servicio de Dios y de los hombres.

- También menciono a mamá, mujer de fe, abnegada, generosa y delicada, aquí presente, cuya modestia solo me permitirá decir que siempre supo hacernos presente en nuestro hogar, rodeada de varones, los rasgos maternales y femeninos del amor de Dios.

- Agradezco a mis hermanos y a sus familias, siempre cercanos, ejemplares en sus responsabilidades y generosos en su compromiso apostólico, como también a mis tíos y a mi familia grande, enraizada en la fe, bendecida con el don de numerosas vocaciones consagradas, que me iluminaron desde chico con su variada riqueza y ejemplo. Quiero mencionar especialmente a mi padrino de bautismo y de ordenación sacerdotal, el Presbítero Ángel Armelin, sacerdote fuerte y viril, quien también seguramente participa desde el cielo, y a mi tío Diego, ermitaño, y a mi tía monja benedictina, sor Estela María, O.S.B., quienes desde sus raíces contemplativas viven muy cercanamente esta celebración.

- Miro mi infancia y mi adolescencia, y brota mi gratitud a la Parroquia San Judas Tadeo de Ituzaingó y a su colegio parroquial. En esta comunidad tomé la primera comunión, viví el sacramento de la reconciliación como sacramento de la misericordia, aprendí a servir el altar como monaguillo y, de manera imborrable, experimenté la alegría de recibir el Concilio Vaticano II, sus documentos a medida que salían, su llamado a la santidad del laicado, su renovación eclesial. También surge luminoso el recuerdo del primer obispo de Morón, S.E.R. Mons. Miguel Raspanti, siempre afable y sonriente, su cachetazo fuerte y afectuoso el día de la confirmación, y su imagen de Pastor bueno, que quisiera poder reflejar en mis visitas a los niños y al pueblo de Dios.

- Gracias a mi colegio secundario, el querido “San Pablo”: en su ámbito se fraguó mi carácter juvenil y mi visión cristiana del mundo, con el señorío del caballero cristiano, inculcado como ideal, para “instaurar todo en Cristo” y vivir la vida al servicio de la patria y de la Iglesia.

- Allí surgió mi vocación sacerdotal y maduró mi opción por la santidad. Allí comencé a tratar al Siervo de Dios Luis María Etcheverry Boneo, el Padre, Sacerdote y Maestro, que moldeó mi alma cristiana en la dirección espiritual, en homilías y pláticas, y en la lectura de los escritos de su rico acervo doctrinal; y en quien reconozco el modelo de santidad sacerdotal que he deseado imitar, y el sello definitorio de mi espiritualidad. En su familia espiritual se nutrió mi “sentir con la Iglesia” y gocé de la sacramentalización de la amistad, vivida con idealismo en los años universitarios de “Misión”, donde se anudaron vínculos  perdurables con laicos y sacerdotes, -y también con un muy querido y admirado obispo-, muchos de los cuales hoy están presentes con su alegría y su lealtad.

- Gracias a la Universidad Católica Argentina, cuya Facultad de Filosofía modeló mi razón en la búsqueda de la “veritas rerum”, en el realismo filosófico, y cuya Facultad de Teología modeló mi fe en el “auditus fidei” y en el “intellectus fidei”, siguiendo en ambas casas de estudio la segura y preclara doctrina de Santo Tomás de Aquino. Allí se acrisoló un diálogo fecundo entre mi razón y mi fe, que maduraría en los años romanos, de investigación en el Angelicum, y que volcaría luego, con gozo, en la docencia teológica, allí mismo, donde había recibido mi primera formación.

- Gracias al Seminario Metropolitano de Buenos Aires, donde recibí la formación pastoral para mi ministerio sacerdotal y donde pude vivir años fecundos de maduración eclesial con mis formadores y compañeros, en un clima sereno de unidad en la diversidad, libertad en lo posible, y caridad en todo.

- Gracias al Cardenal Juan Carlos Aramburu, quien me recibió en el Seminario, me confirió la ordenación sacerdotal, me autorizó a ir a Roma a estudiar y me trató siempre con una ecuanimidad propia de quien vive el derecho como expresión de la caridad pastoral, y hoy, no pudiendo estar presente, ha querido bendecir el báculo, la mitra y el anillo, que llevo como signos de la gracia y de la misión episcopal.

- Gracias al querido y recordado Cardenal Antonio Quarracino, padre cordial, corazón noble, generoso y leal, quien me confió la pastoral universitaria y siempre me dispensó su aprecio y confianza, aun en los momentos más difíciles de nuestro diálogo pastoral.

- Gracias a las parroquias de la Inmaculada Concepción de Belgrano y de Santa Rosa de Lima, en las cuales como seminarista y diácono acopié experiencia pastoral y viví momentos especiales de intensa actividad eclesial.

- Gracias a la parroquia de San José del Talar, donde estrené mi ministerio presbiteral y tuve la gracia imborrable de vivir la integralidad de la vida de la Iglesia: en sus niños y ancianos, en sus jóvenes y sus familias, sus laicos y religiosas, sus enfermos y sus linyeras, en su colegio y su comunidad parroquial, y, sobre todo, en su confesonario y su altar.

- Gracias, especialmente, a la querida pastoral universitaria, donde serví el mayor tiempo de mi ministerio sacerdotal y desde donde fui llamado al orden episcopal. Servicio, Parroquia y Fundación se confunden en una comunidad viva para la comunión y la misión, para evangelizar la cultura universitaria, en sus núcleos de pensamiento y sus centros de interés, y en sus personas vivas -alumnos, profesores y directivos-, con sus desafíos permanentes a la creatividad y al celo apostólico, con sus dificultades y sus logros, que han ido tejiendo una historia de salvación que es nuestra historia reciente, ofrendada ahora en el amor fecundo de la Pascua, que es muerte y despedida, que es también Resurrección y reencuentro, cada uno en su misión y en su lugar eclesial. ¡Gracias especialmente a los jóvenes y a los quizá hoy no tan jóvenes, que me ayudaron siempre a mantener la frescura y la alegría, propias de la vida en ciernes, para el servicio del Señor!

- Gracias al presbiterio de Buenos Aires y a muchos amigos sacerdotes de otras diócesis: sus ejemplos, sus consejos, su cercanía fraterna siempre hicieron grata la fraternidad sacerdotal y alivianaron el cansancio de la carga pastoral.

- Gracias a las queridas religiosas y a tantas almas consagradas, a mis hermanas servidoras de un modo especial, que con su entrega a Dios han hecho viva la presencia de su Reino escatológico e iluminado la misión pastoral.

- Gracias a todo el pueblo de Dios que, en su multifacética variedad, refleja la exuberante riqueza del Señor y anima siempre a amar más.

- Gracias de un modo especial a la misericordia de Dios que tantas veces perdonó mi infidelidad, mi flaqueza y debilidad, mis omisiones y mi falta de genuina paternidad, y que también sana a quienes pude escandalizar con mi mal ejemplo sacerdotal.

- Gracias también a la Iglesia que peregrina en San Rafael, Mendoza, que desde mi designación ha establecido una corriente de oración, de espera filial, de ansias de comunión y de paz, y a quien ya he comenzado a amar y a servir desde la intercesión y la preparación esponsal.

* * *

“¡Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador!" (4).

Muchas otras maravillas quedan por cantar, pero el tiempo y el pudor me obligan a callar.

Sólo falta una cosa: ¡implorar! Por eso, una vez más, les pido a todos que me ayuden a rezar, y, volviéndome a Nuestra Señora de Luján, los invito a suplicarle juntos:


“Ayúdame a llevar los signos
de esta fiesta de bodas,
Modelo y Figura de la Iglesia,
¡a Ti, te invocamos Señora!


- Aquí está el anillo
expresión de nupcias eternas;
sólo anclado en la fidelidad divina
pude animarme a prometer la mía.


- “ Yo te anticipo la hora
como en aquellos esponsales…
esta alianza que hoy engarzas
prenda será definitiva,
si no olvidas con tu pueblo,
hacer lo que Jesús les diga”.


- Con emoción contenida
contemplo la cruz regalada
la tradición heredada
signo de fe recibida.


- “De pie junto al primer leño
Él fue mi fuerza para sostener el cáliz,
Yo te prometo la pascua
que celebras cada día,
si conduces a tu Iglesia
a hacer memoria muy viva”.


- Sostengo con mi mano
este báculo bruñido,
el oficio algo me asusta,
pero me apoyo en tu Hijo


- “Él es Pastor y forma del rebaño,
y encuentra siempre pastos más verdes,
Yo te ayudaré siempre
para imitarlo en su Vida
si guías a tus ovejas
por senderos de amor y justicia”.


- Regla suprema de vida,
he aquí el Evangelio de Cristo.
¡Que mis pies nunca vacilen
anunciando la Buena Noticia!


- “Memoria de la Encarnación del Verbo
en la Iglesia que se estrenaba,
Yo prometo cuidar tu vida
para que seas testigo,
si conservas armonía
entre la tierra y el cielo.”


- Recuerdo el ritual
largamente meditado,
gestos y plegarias que guardan,
de Galilea, el “¿me amas?”


- “Supe, desde los albores,
cómo tenía que estar atenta…
Yo aseguro mi mediación de gracias,
si vives el viejo consejo
de hacer oficio de amor
siendo cristiano con ellos”.


- Mi corazón está a punto,
pobre, virgen y obediente,
guárdame con tu ternura,
espejo de los prudentes …


- “Mi corazón está a punto
para guardarte y quererte;
Yo rogaré a mi Hijo,
eterno Dios humanado,
que puedas vivir recordando
que quieres ser siempre …
         PADRE Y HERMANO”


Ayúdame a llevar los signos
de esta fiesta de bodas,
Modelo y Figura de la Iglesia
¡a Ti, te invocamos Señora!


¡Amén! ¡Así sea!
 


(1) Cfr. Lc. 1,46-47.

(2) Cfr. RVM, n° 43.

(3)  Cfr. Lc. 1,46.48.

(4)   Cfr. Lc. 1,46-47.


Mons. Eduardo María Taussig,
obispo de
San Rafael



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