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ORDENACIÓN EPISCOPAL


Palabras de monseñor Carlos José Tissera, el día de su consagración episcopal
(Iglesia San Francisco Solano, diócesis de Villa Concepción de Río Cuarto
6 de febrero de 2005)



¡Te doy gracias, Señor, por tu amor!
"En tu palabra echaré las redes"

Gracias, señores Arzobispos y Obispos que me han ordenado.
Gracias a las autoridades presentes: Sr. Gobernador de la Provincia de Córdoba,
Sr. Intendente Municipal de San Francisco, Sr. Secretario de Gobierno de Río Cuarto.
Gracias a los hermanos sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas.
¡Gracias a todos, hermanas y hermanos, por su presencia y afecto!


Te hemos reconocido, Señor, "al partir el pan" (Lc. 24,30).
Tu Santo Espíritu nos ilumina para reconocer el amor infinito del Padre, contemplando tu rostro, Jesús Resucitado, que nos dices: "Yo soy el buen Pastor.
El buen Pastor da la vida por las ovejas" (Ju. 10,11).
¡Gracias, Señor, porque te quedaste con nosotros!


En este sacramento de tu amor, la Eucaristía, sigues dando vida en abundancia. El amor a tu pueblo, sigue llamando y formando pastores: les daré pastores según mi corazón" (Jer. 3,15).

Hoy, desde la intimidad de esta Cena Pascual que celebramos, me remonto al pasaje del Evangelio de San Lucas. Tus palabras a Simón: "Navega mar adentro” después de una noche sin pescar nada, suenan fuerte en mi alma. Como en otros momentos de mi vida, quiero responderte como Simón: "en tu palabra echaré las redes". Lo mismo que Pedro, a la luz de la Pascua, veo que cada momento de la vida, es revivir el episodio del mar de Galilea. Tú nos haces vivir la Pascua de salir de nosotros mismos para confiarnos a tu Palabra, y así experimentar el poder de tu Resurrección: "Yo hago nuevas todas las cosas" (Apoc. 21, S). Cambias nuestras noches de inseguridad y de miedo, en días de paz y de alegría; transformas nuestro ser y quehacer en verdadera pesca milagrosa. Una vida llena de "los frutos del Espíritu: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia" (Gal. 5, 22‑23).

Al experimentar las delicadezas de tu misericordia, me brotan del corazón las palabras de tu discípulo: "aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador". Pero tus palabras consoladoras me vuelven a sostener suavemente: "No temas, de ahora en adelante, serás pescador de hombres" (Lc. 5, 8‑10).

Tú sabes que en este tiempo, como en otros momentos de mi vida, vinieron a mi memoria las palabras a Abraham: "Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al lugar que yo te mostraré". Una vez más tu voz, Señor .. : "Navega mar adentro". Sólo confiado en tu palabra, echaré las redes.

¡Gracias, Señor! Ayúdame a abandonar todo y seguirte cada día.

Gracias porque en cada Eucaristía, y en cada acontecimiento y circunstancia de la vida nos vas formando según tu Corazón.

Igual que Pedro, después de la Resurrección, siento tus palabras llenas de ternura: "¿Me amas, Pedro?". Te pido, Señor, tu Santo Espíritu de amor, para responderte también: "Sí, Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero" (Ju. 21, 15‑17).

¡Gracias por llamarme a apacentar tus ovejas, que has comprado al precio de tu Sangre!

Hoy, Señor, nos has dicho: "Ustedes son la sal de la tierra.... Ustedes son la luz del mundo". No dejes que pierda el sabor de tu Evangelio y la sabiduría de la Cruz y de las Bienaventuranzas. No dejes que esconda la luz que me regalas. Que pueda comunicar a los demás tu amor y la luz de tu verdad.

Madre Inmaculada, Madre de Jesús y de la Iglesia, Virgen de la fidelidad y del servicio: ¡Gracias por tu tierno amor de Madre! Ayúdame a imitarte en tu fidelidad y disponibilidad al amor del Padre. Enséñame cada día a servir a mis hermanos, a ejemplo de tu Hijo, que no sólo dijo "No he venido a ser servido, sino a servir” sino que Él mismo lavó los pies a sus discípulos".

Madre del Pueblo, enséñame a ver a Jesús vivo en mi prójimo, particularmente en los más necesitados de amor misericordioso: los pobres, débiles y sufrientes.

¡Bendita seas, Madre nuestra!

Glorioso San José, tú que cuidaste de la Sagrada Familia, ayúdame a ejercer el don de la paternidad.

Bienaventurado San Carlos Borromeo, que fuiste dócil al Espíritu renovador, acompáñame en este tiempo nuevo de mi vida y de la Iglesia Argentina.

Hermanos: luego de elevar esta alabanza, agradecimiento y súplica al Cielo, deseo expresar mis sentimientos de gratitud a todos.

En primer lugar, al Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, cuyas palabras se han leído hoy, quien me ha constituido Obispo de San Francisco, manifestándome su voluntad a través del Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Adriano Bernardini, quien me acompañará en la toma de posesión de la Diócesis.

La elección de Juan Pablo II a la sede de Pedro, coincidió con los primeros meses de mi vida sacerdotal. Aquellas primeras palabras suyas: "Abran las puertas a Cristo” suenan hoy tan fuertes como ayer. Aunque sus fuerzas físicas declinan, sus palabras al comenzar este Milenio suenan con la fuerza del Espíritu de Jesús: "Navega mar adentro” como palabras que despiertan a la toda la Iglesia a una Nueva Evangelización.

A nuestro querido Papa, en estos momentos, nuestro cariño y gratitud.

Mi agradecimiento cordial y fraterno al obispo diocesano, Mons. Ramón Artemio Staffolani, que hoy me ha ordenado obispo, sucesor de los Apóstoles. Querido hermano: la Iglesia de la Villa de la Concepción del Río Cuarto que Dios te confió, a setenta años de su creación, da sus frutos. El seminario, fundado por Mons. Leopoldo Buteler, reabierto por Mons. Moisés Blanchoud y alentado en su crecimiento por Mons. Adolfo Arana, no sólo ha sembrado sacerdotes en la diócesis, sino que, hoy podemos decir, ha dado obispos para su pueblo y para el pueblo argentino.

¡Gracias, Mons. Artemio, por tu confianza; por tu ejemplo de pastor abnegado y sencillo!. Gracias por los años compartidos en el Presbiterio. Agradezco en ti, a esta querida diócesis de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, a la que debo todo lo que soy. A mis hermanos sacerdotes: gracias por lo que me enseñaron con sus vidas entregadas al Reino. A cada uno se lo he expresado en una tarjeta. Mi emocionado recuerdo a los que desde el Cielo nos acompañan. Este regalo que me hacen, los ornamentos episcopales, mantendrán vivo en mí el recuerdo de dónde he salido: esta Madre Iglesia que me formó discípulo y pastor.

A Mons. Moisés Julio Blanchoud, mi sincero afecto y cariño de hijo. Gracias porque nos acompaña y, porque además de haberme ordenado sacerdote, hoy ha sido mi co‑consagrante episcopal. Ha sido para mí, junto a los sacerdotes de la diócesis y los Misioneros de los Sagrados Corazones de Mallorca, los que permanentemente alentaron mi vocación.

Usted tuvo la misión de insuflar en las venas de esta Iglesia Diocesana, la fuerza renovadora del Concilio Vaticano II, del que participó en todas sus sesiones como Padre Conciliar. Para todos nosotros es una dicha y una gracia que hoy esté aquí. La cruz pectoral que me ha obsequiado, mantendrá vivo en mí su recuerdo.

Querido hermano, Mons. Mario Aurelio Poli, gracias por tu compañía, por recibir de tus manos el ministerio episcopal. ¡Qué misteriosos son los caminos de Dios! Con los demás compañeros de nuestro curso de la Facultad de Teología de Buenos Aires, hemos vivido momentos alegres y dolorosos de la Iglesia en Argentina. La Virgen de Luján nos enseñó a acompañar a nuestro pueblo, como sacerdotes, en todas sus angustias y esperanzas. Que ella nos mantenga en fidelidad. Gracias Mons. Poli, y a todos mis compañeros que Dios puso a mi lado en los años de formación en los seminarios de Río Cuarto, de Córdoba y de Buenos Aires. Mi particular agradecimiento a la diócesis de San Nicolás, que me recibió generosa en los años de formación en la Capital Federal. Gracias queridos amigos y hermanos por estar aquí.

Mi afectuoso agradecimiento a Mons. Baldomero Martini, actual obispo de San Justo, mi predecesor en la querida diócesis de San Francisco. Estoy seguro que gran parte de mi ministerio será recoger los frutos de tu siembra generosa y sacrificada. Gracias por acompañarnos.

No puedo olvidar a Mons. Pedro Reginaldo Lira, primer obispo de San Francisco, que desde Salta me habló esta semana para asegurarme su oración y compañía en este día, y a través mío, hacerles llegar a todos su paternal saludo.

Gracias a ustedes queridos Arzobispos y Obispos que hoy también me impusieron las manos, como signo de colegialidad apostólica, y que han llegado de lugares tan diversos y distantes. Al Sr. Arzobispo de Córdoba, nuestro metropolitano, Mons. Carlos José Ñáñez; al Sr. Arzobispo de Paraná, Mons. Mario, Maulión, en cuyo seminario se forman nuestros seminaristas de San Francisco; a Mons. Omar Colomé, nuestro director espiritual del seminario de Córdoba; a Mons. Rinaldo Fidel Brédice, obispo de la vecina diócesis de Santa Rosa; a Mons. Roberto Rodríguez, obispo de nuestra hermana Diócesis de Villa María; al obispo de Santiago del Estero, Mons. Juan Carlos Maccarone, mi profesor de Revelación en la Facultad; al obispo auxiliar de Córdoba, Mons. José Ángel Rovai, profesor, amigo y confidente en épocas difíciles de mi formación; al obispo de la Prelatura de Deán Funes, Mons. Aurelio José Khün, de nuestra provincia eclesiástica; al obispo de Rafaela, Mons. Carlos María Franzini, vecino de mi nueva diócesis; al obispo de Venado Tuerto, Mons. Gustavo Help, con quien he compartido tantos encuentros de formadores de seminarios; al obispo de San Carlos de Bariloche, Mons. Fernando Maletti, conocidos desde mi tiempo de seminarista en Devoto y amigo de esta diócesis; al obispo de Goya, Mons. Ricardo Oscar Faifer, con quien varios años compartí los trabajos del Secretariado para la Formación Permanente de los Presbíteros; al obispo de San Rafael, Mons. Eduardo María Taussig, hasta hoy el "benjamín" de los obispos; a todos, gracias por este gesto de unidad y fraternidad.

La Formación Permanente de los Presbíteros es el desafio que tenemos como obispos. Agradezco la presencia de Mons. Carlos José Ñáñez, de Mons. José Ángel Rovai; de Mons. Carlos María Franzini, y de Mons. Ricardo Oscar Faifer; con todos ellos, en distintos momentos, compartimos esta preocupación de Juan Pablo II y de toda la Iglesia: el acompañamiento y cercanía a nuestros sacerdotes. Gracias, también, a los miembros del Secretariado para la Formación Permanente, de la Comisión Episcopal de Ministerios, que hoy han venido a acompañarme. De corazón agradezco a mis hermanos sacerdotes del Equipo para la Formación Permanente de la diócesis de Río Cuarto, con quienes he compartido tantos proyectos y realizaciones para bien de nuestro clero.

Gracias a mi amada diócesis de San Francisco. A su Administrador Diocesano, Mons. Daniel Cavallo, a todos los sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas y demás laicos, que han querido acompañarme hoy. Rueguen para que sea un pastor fiel y cercano a cada uno de los que el Señor me ha confiado. Agradezco el obsequio de las insignias episcopales: el anillo, el báculo y la cruz pectoral. Son los signos de mi entrega a la Iglesia particular que peregrina en San Francisco. Cuando tome posesión les expondré mis pensamientos con mayor amplitud. Gracias a todos por estar aquí.

Mi reconocido agradecimiento a la autoridades presentes. Al Sr. Gobernador de la Provincia de Córdoba, Dr. José Manuel de la Sota, en cuya jurisdicción se encuentran nuestras diócesis. Valoro y agradezco su gesto al acompañar a estas comunidades diocesanas, la local y la de San Francisco. Al Sr. Intendente Municipal de San Francisco, Dr. Hugo Madonna y su Sra. esposa. Al Sr. Secretario de Gobierno de la Municipalidad de Río Cuarto, Sr. José Lago. A ustedes, y a las demás autoridades, Dios les conceda su Espíritu para servir incansablemente al bien común, y, a ejemplo de Jesús el Buen Pastor, no olviden a los más necesitados material y espiritualmente. Gracias por venir.

Mi cariñoso recuerdo y agradecimiento para mis padres Carlos y Magdalena, y mi hermana Rosita, que desde el Cielo me acompañan, junto a mis abuelos y demás familiares, que me formaron con sus enseñanzas cristianas y, sobre todo, con su ejemplo de vida honesta y de trabajo humilde. El oro de mis insignias episcopales son de las alianzas y algunos recuerdos de mis padres, frutos de sus sacrificados ahorros. Siempre me acompañarán. Gracias a todos mis familiares aquí presentes, en particular a ustedes, tía Haydeé y tía Aurora, que traen a mi memoria el recuerdo de todos mis mayores.

Dios me hizo un cura valiéndose de las comunidades donde viví y ejercí mi ministerio. Hoy mi corazón vuela a los pies del Santo Cristo de Reducción, a ese Santuario donde Él "ha obrado tantos prodigios y favores". Allí estrené mi sacerdocio, y en esa parroquia (que comprende también Las Acequias, Olacta, Charras y Paso del Durazno), alimenté mi fe haciéndome uno con la devoción y la religiosidad viva del Pueblo de Dios. El himno "Venid, oh cristianos, la cruz adoremos” siempre me recuerda a Aquél "que me amó y se entregó por mí" (Gál. 2,20).

Gracias a la parroquia Nuestra Señora de la Merced, de Adelia María y Monte de los Gauchos. Allí pasé mis dos primeros años de párroco. Mi entusiasmo juvenil se enriqueció al compartir las inquietudes y proyectos de una comunidad pujante y emprendedora. Gracias por lo que me enseñaron. Gracias por estar aquí.

Mi agradecimiento al Seminario Mayor "Jesús Buen Pastor". A ustedes formadores y seminaristas de esta diócesis y de Villa María, gracias por su cariño y oración. Esa casa me vio crecer desde adolescente, y luego maduró mi sacerdocio en la tarea formativa. La Virgen del jardín, Ntra. Sra. de Fátima, providencialmente me acompañará ahora como Patrona de la diócesis. Quiero poner también hoy, a los pies de María, como humildes pastorcitos, a mis queridos seminaristas de la diócesis de San Francisco.

Mi gratitud a la parroquia Ntra. Sra. de Luján y San Martín de Porres, a las comunidades de San Cayetano y de La Gruta de la Virgen Peregrina de Luján (de mi barrio), con quienes compartí tantos años los fines de semana desde el Seminario.

Gracias a los Padres Franciscanos que hoy nos han albergado en este templo, como tantas veces, para nuestras celebraciones diocesanas. Todo un signo de mi nuevo destino: SAN FRANCISCO. Hoy, con su oración, le pido al Señor me haga instrumento de su paz. Junto a la Comunidad franciscana, quiero expresar mi agradecimiento a todas las comunidades de religiosas y de religiosos aquí representadas, de quienes tanto he recibido, y espero retribuir con mi servicio episcopal a las comunidades de mi diócesis.

Gracias a mi querida parroquia de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Catedral y las Comunidades de la Capilla San José de Calasanz y del Centro Misional Beata Madre Teresa de Calcuta y Venerable Cura Brochero. Mi afectuoso agradecimiento a quien me acompañó por casi diez años en esta tarea parroquial, y desde ayer es mi sucesor, el padre José Luis Benfatto. Esta es mi querida parroquia a la que un día mis padres me llevaron a bautizar, siendo Mons. Héctor Isidro Pereyra quien derramó el agua bautismal sobre mí frente, haciéndome hijo de Dios. Allí fui confirmado, hice mi Primera Comunión, y fui ordenado Diácono y Sacerdote. Ese centenario templo, para mí no sólo es un patrimonio histórico, sino que es el signo del amor materno de Dios en mi vida, además de ser la Casa de mi querida Madre y Patrona. A toda esta querida comunidad: Gracias por todo lo que me brindaron, y les pido perdón por las veces que no fui un fiel servidor.

Gracias a tantos que en tantos años he asistido con los sacramentos, he escuchado y atendido, a tantos que me abrieron las puertas de sus casas y sus corazones. De todos he aprendido tanto. No puedo olvidar a los hermanos mapuches de Atraico (cerca de Ingeniero Jacobacci, Río Negro), que me enseñaron lo que es la humildad y me entregaron el oro puro de sus corazones abiertos a Dios, en esos seis veranos que los visité con tantos amigos, ahora presentes aquí. Gracias.

A todo el Pueblo de Dios aquí presente: ¡GRACIAS! A los que no han venido, por diversas razones, a los enfermos, ancianos, y a los que desde lejanos lugares me han llamado y escrito en estos días, a los que me acompañan con su oración desde los monasterios: MUCHAS GRACIAS.

Madre Inmaculada, al terminar estas palabras, pongo mi episcopado a tu cuidado. Cúbreme con tu manto, como desde mi niñez lo has hecho. Allá, en Villa Concepción del Tío, que antiguamente se llamó "Villa Concepción del Norte" para distinguirse de esta Villa de la Concepción del Sur cordobés, cada 8 de diciembre estarás en mi corazón.

Madre Inmaculada, echaré las redes según tus palabras: "hagan todo lo que Él les diga" (Ju. 2, 5).

¡MUCHAS GRACIAS! ¡DIOS LOS BENDIGA!


Río Cuarto, domingo 6 de febrero de 2005.
En el templo de San Francisco Solano.
Mons. Carlos José Tissera, obispo de San Francisco



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