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“Navega mar adentro” (Lc. 5,4)


Palabras de monseñor Carlos José Tissera, en el acto de inicio de su ministerio pastoral en la diócesis de San Francisco (27 de febrero de 2005)



Las palabras de Jesús a Simón, son las del Papa Juan Pablo II al iniciar una nueva etapa en el camino evangelizador de la Iglesia del Tercer Milenio (NMI 1).

Hoy también el Señor nos dice: “Navega mar adentro, Iglesia de San Francisco”. Y todos, ustedes y yo, le respondemos como Pedro: “Maestro, en tu palabra echaré las redes” (Lc. 5,5).

Durante varios meses esta Iglesia particular ha suplicado al Señor: “con esperanza y disponibilidad, invocamos tu Espíritu Santo sobre aquél que nos será enviado para presidir el peregrinar de esta porción de tu Pueblo”. Por todos lados, en los pueblos y ciudades de la Diócesis, los carteles con la imagen de Jesús Buen Pastor rodeado de sus ovejas, alentaban la esperanza de todos, con ese texto de Jeremías: “Les daré pastores según mi corazón” (Jer. 3, 15).

“La esperanza no quedará defraudada” (Rm. 5,5) hemos escuchado hoy en la carta de San Pablo. El Señor ha escuchado la oración de su Pueblo. En el corazón de este discípulo que peregrinaba hasta ayer en la Iglesia de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, sonó fuerte la voz del Maestro: “Navega mar adentro”. Era el llamado de nuestro querido Pastor universal Juan Pablo II que me elegía y nombraba Obispo de San Francisco. Y aquí estoy, para quedarme entre ustedes, y caminar juntos en esta porción del Pueblo de Dios.

Hermanas y hermanos, iniciamos una nueva etapa en la vida diocesana unidos a toda la Iglesia en el Año de la Eucaristía.  El Papa nos invita a vivir este año teniendo presente la imagen del relato de la aparición del Señor Resucitado a los discípulos de Emaús, y nos dice: “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del “Pan de vida”, con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de “estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (MND 2).

En esta fiesta del Pueblo de Dios, en esta Eucaristía del inicio de mi ministerio episcopal, también nuestro corazones están ardiendo de entusiasmo, a la escucha de la Palabra de Vida. Esa Palabra que ablanda el corazón y despierta la esperanza. Palabra que despierta el deseo del corazón para exclamar, como aquellos peregrinos: “Quedate con nosotros, Señor”.

La Eucaristía es “fuente y culmen” de la vida cristiana, no sólo de la vida de los bautizados tomados individualmente, sino, en un sentido más fuerte, de la vida cristiana de la Iglesia de Dios; en este caso, de la Iglesia de Dios que peregrina en San Francisco.

El Pueblo de Dios, congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, refleja en el mundo la presencia del Señor Resucitado. Por eso, como nos invitan todos los obispos argentinos en el Documento “Navega mar adentro”, hoy, unido a todos ellos les convoco a hacer de esta Iglesia Diocesana una “casa y escuela de comunión” (NMA 63.83). Vale decir, ser todos protagonistas en la construcción de comunidades abiertas a todos, donde cada persona se sienta bien recibida, respetada y comprendida. Donde cada bautizado, cada hijo de Dios, pueda brindar a los demás las capacidades y cualidades que Dios le regaló para el servicio de los demás. Seamos misioneros todos de la unidad y del amor, sabiendo que “se gana mucho más con una gota de miel, que con cien barriles de vinagre” (San Francisco de Sales).

Hoy el mundo tiene una sed profunda de Dios, sed profunda de amor y de vida. Nuestra comunidades deberán mostrar a ese Jesús, fuente de agua viva, que alivia y da sentido a la vida del hombre. La vida sacramental, la devoción a la Virgen y a los santos, el recuerdo y oración por los difuntos, así como la oración inspirada en la Palabra de Dios leída y meditada en los grupos y comunidades, nos ayudan permanentemente a ser testigos en la vida familiar y del trabajo de ese Jesús que es Vida del mundo.

La Eucaristía nos forma en este espíritu de comunión. En ella contemplamos a Cristo “que no vino a ser servido, sino a servir”, y que con su ejemplo nos invita a lavarnos los pies unos a otros. El mayor servicio del Señor se nos muestra en  la Cruz: “No hay mayor amor  que dar la vida por los amigos”. Este misterio del amor crucificado y resucitado, debe animar nuestra vida para reconocer y respetar la dignidad de cada persona, con las solas preferencias del Maestro: cada persona pobre, cada persona débil, cada persona  sufriente, cada persona pecadora.

Sólo así podremos ser constructores de una sociedad más justa y más fraterna, en una Argentina que sufre una profunda crisis de valores. Hundamos las raíces de nuestro obrar cotidiano en los valores profundos de nuestra cultura, que aún perduran en gestos y costumbres de nuestras familias, sencillas y humildes: la lucha por la vida, la defensa de la dignidad humana, el aprecio por la libertad, el sentido de justicia, el esfuerzo por educar a los hijos, el aprecio por la familia, la amistad, la creatividad para ser solidarios desde la propia pobreza en los momentos de dificultad. Todos signos de la presencia del Espíritu en el pueblo, y que nos alienta a seguir proclamando el Evangelio de Jesús para afianzar una Patria de hermanos.

Recordando al Beato Juan XXIII, creador de esta Diócesis de San Francisco que solía decir “es más lo que nos une que lo que nos desune”, quiero rogarle y a la vez me comprometo a trabajar, desde esta porción del pueblo de Dios, para que seamos constructores de la unidad. Familias, comunidades parroquiales, el presbiterio, los organismos diocesanos de apostolado laico, instituciones educativas, comunidades de consagrados y consagradas, catequistas, asociaciones, movimientos. Todos protagonistas para lograr lo pedido por Jesús: “Padre, que todos sean uno”.

La comunión en la Iglesia es un don de Dios. Pero este don debe ser  incesantemente acogido y realizado cada día en el seno de la Iglesia. La comunión es tarea de los creyentes, pero de modo particular, de los que hemos sido elegidos por el sacramento del Orden para ser factores de comunión. El presbítero “es el hombre de la comunión”; es “servidor de la Iglesia comunión, porque –unido al obispo y en estrecha relación con el presbiterio– construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios” (PDV 16). El recordado Papa Pablo VI decía: “Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial” (EN 60).

Queridos sacerdotes: me siento desde ya unido a ustedes para vivir este ministerio en fraternidad, compartiendo con alegría la pasión por la verdad y el gusto de servir a los hermanos. Nuestra unidad será el mejor testimonio de Cristo, ya que vivimos en un mundo que, como decía Pablo VI, es más sensible a los que dan testimonio que a los que predican. Como decía San Francisco de Asís: “Prediquen la Palabra de Dios dondequiera que vayan. Incluso usen palabras, si es necesario”. “La fraternidad presbiteral no excluye a nadie, pero puede y debe tener sus preferencias: las preferencias evangélicas reservadas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento” (PDV 74).

Queridas religiosas y religiosos: mi cercanía en su misión de hacer presente en la Diócesis los valores del Reino, con sus vidas totalmente consagradas para vivir las Bienaventuranzas. Gracias por su generosidad.

Queridas familias: sigan luchando para ser verdaderos santuarios donde nace la vida aceptada como don de Dios; lugar donde los bautizados se educan en la fe de los padres y abuelos, donde se vive la experiencia de la comunión  con Dios y donde se aprende a compartir la vida en fraternidad. En medio de las pruebas duras que pasan las familias argentinas, en general, les animo a renovar cada día el amor que sostiene en las dificultades, nos ayuda a perdonarnos, a corregirnos con dulzura, a valorar y querer a los abuelos, a las personas con capacidades diferentes. Trabajemos cada día para que la familia sea el ámbito donde se formen las personas nuevas que el país y la iglesia necesitan.

Queridos jóvenes: Cuando yo era joven, este anciano Papa Juan Pablo II nos decía: “Ustedes son mi esperanza”. Sintiéndome comprometido con sus palabras, hoy también les digo: Jóvenes ustedes son la esperanza de la Iglesia de San Francisco. Esperanza que es ya realidad, en sus vidas deseosas de amor y de vida verdadera: ese amor y esa  vida es una persona muy concreta: Jesucristo, Camino, Verdad y vida. Entre estos jóvenes, están ustedes, queridos seminaristas. Son ustedes la esperanza de este Presbiterio. También hoy el Maestro les dice: “Navega mar adentro”. Que cada día tenga su respuesta: “en tu Palabra echaré las redes”.

A todos los enfermos, ancianos, sufrientes, privados de la libertad, a los que se sienten alejados de la Iglesia, a los que están participando de esta celebración por la radio o la televisión (mi saludo especial al P. Juan Jayo que desde su lecho de dolor nos acompaña): a todos, en este día en que la Iglesia Diocesana recibe y acompaña a su nuevo pastor, les invito a que contemplen a Jesús el Buen Pastor, que les dice: “Vengan a mí, los que están casados y agobiados que yo los aliviaré”. Hermana, hermano, es Él quien venda y sana tus heridas, te carga sobres sus hombres y te hace descansar. Él Señor te bendiga. Estás aquí, con nosotros.

Mi sincero agradecimiento a Mons. Nicola Girasoli, consejero de la Nunciatura Apostólica, delegado por el Sr. Nuncio Mons. Adriano Bernardini. Su presencia nos hace cercanos al Papa Juan Pablo II, que me eligió para este ministerio, y por quien hoy rezamos en estos momentos de prueba y de dolor.

A los señores Obispos: gracias por su compañía y por este gesto de fraternidad de todas nuestras Diócesis; es una muestra de que la Iglesia argentina sigue dando pasos muy concretos por las sendas de la unidad y de la fraternidad que nuestro pueblo necesita. Gracias por acompañarnos.

El rito de toma de posesión guarda el gesto al que hemos asistido: el Sr. Arzobispo me ha entregado el báculo y me ha  acompañado a la sede. Esto nos habla de la unidad de todos en la provincia eclesiástica de Córdoba. Lo percibo como un compromiso de trabajar para seguir creando gestos concretos de unidad entre todas las iglesias diocesanas de la provincia. Gracias, Mons. Carlos José Ñáñez por su presencia.

A Mons. Baldomero Martín, Obispo de San Justo, mi predecesor, el profundo agradecimiento por acompañarnos y por todo lo que ha brindado a la Iglesia Diocesana en su vida presbiteral y episcopal. Su labor entusiasta y perseverante allanan sobremanera este inicio de mi ministerio.

Quiero ahora, expresar en nombre de toda la Iglesia Diocesana de San Francisco y de mi parte un  gracias de corazón a quien, durante largos meses, ha tenido la responsabilidad de conducir el destino de la Diócesis, Mons. Daniel Cavallo. El Colegio de Consultores le confió tal misión, que ha desempeñado con un espíritu de servicio y generosidad invalorables. Agradezco todas sus atenciones y delicadezas para conmigo, desde el momento de mi nombramiento, que tanto me han ayudado. Dios y la Virgen te retribuyan el valioso servicio a la Iglesia.

Al Colegio de Consultores: gracias por el trabajo delicado durante el tiempo de la sede vacante. Hasta tanto nombre el nuevo Consejo Presbiteral, necesitaré de su consejo al iniciar mi ministerio. Nuevamente, mi agradecimiento y el de toda la Iglesia Diocesana.

El cordial agradecimiento a todas las autoridades: al comenzar este camino entre ustedes les invito a seguir construyendo día a día, desde la responsabilidad que se nos ha confiado, una sociedad fundada sobre los valores universales de la paz, la verdad, la solidaridad, el respeto por la vida y la dignidad humana, la justicia y la libertad. La pérdida de ciertos valores aún sigue poniendo en riesgo la descomposición del tejido social. Quienes detentamos una dirigencia política, económica, sindical, cultural o religiosa, no toca una particular y delicada responsabilidad. Que a todos nos una la pasión por el bien común.

Gracias a todas las comunidades que han venido de tantos lugares de la Diócesis, algunos muy distantes, como también a las de esta ciudad de San Francisco, gracias por este gesto de comunión y de fe. Anhelo devolverles pronto esta visita en sus propias comunidades.

A los venidos de Río Cuarto, sacerdotes, seminaristas, fieles, familiares y amigos: gracias por acompañarme hoy. Comienzo una nueva etapa en la vida, donde iré entregando día a día tanto que he vivido con ustedes y que he aprendido de ustedes. Dios mantenga vivo en nosotros este afecto que nos une  y hoy me demuestran. A la vez han conocido una Iglesia hermana que desde hoy les será mucho más cercana.

A los medios de comunicación, gracias por permitir llegar a tantos que no pueden estar aquí. También mi colaboración y mi llamado. Mi disposición para acompañarlos en su misión de servicio a la comunidad. Mi llamado a ser instrumentos  privilegiados para la transmisión de los valores más queridos de nuestro pueblo.

Con la oración de San Francisco de Asís, ruego al Señor me haga un instrumento de su paz.

Que la Santísima Virgen de Fátima, patrona de la Diócesis, me alcance de su Hijo Jesús, el Buen Pastor, la fidelidad en el servicio que se me ha encomendado.

Quedate con nosotros, Señor, para que cada día pueda responderte: “En tu palabra echaré las redes”.


San Francisco. Domingo 27 de febrero de 2005.



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