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“ADMIREMOS, CELEBREMOS
Y ANUNCIEMOS LA VIDA QUE NACE”
“Yo soy
el Camino,
la Verdad
y
la Vida”
(Jn.14,6)
Mensaje de
monseñor Carlos José Tissera,
obispo de San Francisco en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción
(8 de diciembre de 2005)
Hermanas y hermanos:
Ya
empezamos a vivir la alegría de
la Navidad.
La Palabra
de Dios en el tercer Domingo de Adviento nos dice: “Estén siempre
alegres en el Señor; se lo repito: estén alegres. Porque el Señor está
cerca”.
Los
pesebres preparados en nuestras casas, en los templos y capillas... El
árbol navideño con sus múltiples adornos y luces de colores…
La Novena
de Navidad, que iniciaremos, el cántico de los villancicos y la
presentación de los pesebres vivientes, nos llenan de alegría y nos
disponen a la contemplación de este gran misterio de amor y de vida,
que celebraremos comunitariamente en
la Misa
de Nochebuena y de Navidad.
Nuestra
Diócesis lleva el nombre de un Santo que ayudó a
la Humanidad
a vivir hondamente el Misterio de
la Navidad:
San Francisco de Asís.
Él,
partiendo de su profundo amor al hombre Jesús, hacia el “Dios con
nosotros”, llegó a decir que Navidad era la fiesta de las fiestas. Y
la celebraba con una alegría indescriptible; porque decía “que en ese
día Dios se hizo niño pequeño y se alimentó de leche del pecho de su
Madre, lo mismo que los demás niños. Francisco abrazaba, –¡y con qué
devoción!– las imágenes que representaban al niño Jesús, y lleno de
afecto y de compasión, como los niños, susurraba palabras de cariño.
El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel” (Tomás de
Celano “Vida de San Francisco”).
De esos
sentimientos procedió la famosa celebración de
la Navidad
que dio origen a la preparación de los tradicionales “pesebres” o
“nacimientos”.
Comparto
con ustedes unos pensamientos, que alguna vez leí, del entonces
sacerdote teólogo Joseph Ratzinger, que es hoy nuestro Papa Benedicto
XVI:
“En el
Niño Jesús se hace patente, más que en ninguna otra parte, el tierno
e indefenso amor de Dios: Dios viene sin armas, porque no pretender
asaltar desde fuera, sino conquistar desde dentro y transformar a
partir de adentro. Si algo puede desarmar y vencer a los hombres, su
vanidad, su sentido de poder o su violencia, así como su codicia, eso
es la impotencia de un niño. Dios eligió la impotencia para vencernos
y para hacernos entrar dentro de nosotros mismos. Él es el Hijo de
Dios hecho niño. Su ser-niño se halla en correspondencia con su
divinidad, que es la divinidad del Hijo. Su condición de niño es la
orientación de cómo podemos llegar a Dios. A partir de ahí es como hay
que entender aquellas palabras: “Si no se hacen como niños, no
entrarán en el reino de los cielos” (Mt. 18,3).
El que no
haya entendido el misterio de
la Navidad,
no ha entendido lo que es más decisivo y fundamental en el ser
cristiano. El que no ha aceptado eso, no puede entrar en el reino de
los cielos. Esto es lo que San Francisco pretendía recordar a los
cristianos de su época y a los de todos los tiempos posteriores”. (J.
Ratzinger, “El rostro de Dios”)
Admiremos, celebremos y anunciemos la vida,
contemplando al Niño Jesús, “rostro humano de Dios y rostro divino del
hombre”.
Repito
ahora lo que hemos proclamado los Obispos de
la Provincia:
“A todo hombre, en cualquier condición que se encuentre,
la Iglesia
tiene una buena noticia para darle: Dios ama tu vida, sana o enferma,
feliz o infeliz, virtuosa o desfigurada por el pecado. Cristo, el
Señor, la vive junto a ti, compartiendo tus bienes y tus miserias,
como si fuesen suyas. El Espíritu Santo la sostiene y orienta para que
llegue a ser don de amor al Padre y a los hermanos. Nos lo dice
la Revelación
por medio del profeta Isaías: ‘Tú eres valioso, Tú eres mi amigo,
Tu vida me interesa”.
¡Toda
vida es única, irrepetible y sagrada!”
Vivir,
dejar vivir, respetar, cuidar, cultivar la vida de todo hombre, en
toda circunstancia, es tarea ineludible, no sólo por la bondad de la
vida humana, sino también por la vocación de eternidad que tiene toda
persona”. (Carta de los Obispos de Córdoba).
A todo
esto nos compromete el amor del “Niño recostado en el pesebre”, por el
que los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra
paz a los hombres amados por él”.
Jesús es
el gran regalo de Dios a los hombres. De allí la santa costumbres de hacernos regalos. Donde
lo valioso no es lo material, sino el amor con que nos brindamos.
También
como pueblo de Dios que camina en
la Diócesis
de San Francisco, queremos alegrarnos con unos hermosos regalos:
- la creación de
la Parroquia
Santa Rita, en la ciudad de San Francisco
- el Plan Pastoral Diocesano
- el nuevo Consejo Presbiteral y Colegio de Consultores
Hechos
que llenan de gozo y de agradecimiento a
la
Comunidad Diocesana, y nos comprometen a “hacer de
la Iglesia
una casa y escuela de comunión”.
En esta
primera Navidad que comparto con ustedes, les agradezco su cariño y
confianza, y a todos los abrazo y bendigo en el nombre del Dios de
la Vida,
el Dios del Amor.
¡FELIZ NAVIDAD Y VENTUROSO AÑO NUEVO!
Mons. Carlos José Tissera,
obispo de
San Francisco
8 de
diciembre de 2005 - Solemnidad de
la Inmaculada
Concepción
Mons. Carlos José Tissera,
obispo de San Francisco |