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“ES VERDAD, ¡EL SEÑOR HA RESUCITADO!” (Lc. 24,34)


Mensaje de monseñor Carlos José Tissera, obispo de San Francisco
para la Pascua 2005



A los queridos hermanos y hermanas de la
Diócesis de San Francisco:


Es la primera Pascua que celebro entre ustedes. Con todo mi corazón de Pastor, quiero compartir esta gran alegría cristiana, y gritar con todas las fuerzas del alma: “Ha resucitado Cristo, mi esperanza”, como reza la Liturgia de Pascua.

Hoy, más que nunca, es necesario gritar otra vez la esperanza, que es firmeza, seguridad de que Cristo resucitó, que vive y va caminando con nosotros. Esta esperanza que es comunión fraterna, camino de hermanos hacia el Padre. Esta esperanza que es compromiso de construir un mundo más justo y fraterno, en la verdad y el amor.


Cristiano es quien tiene esperanza

En esta Semana Santa, los cristianos hemos contemplado el rostro sufriente de Cristo, “en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado y muerto. ¡Él es el Resucitado!”  (Juan Pablo II, NMI, 28).

Al celebrar la Pascua, cada uno de nosotros tenemos que anunciar a todos: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado!” (Lc. 24,34).

Decirle a los cansados, inseguros, tristes, tímidos, explotados, deprimidos, miedosos y angustiados: “¡Ha resucitado Cristo!”. Como María Magdalena le dijo a los discípulos: “he visto al Señor” (Jn. 20,18). Como los muchachos de Emaús se lo dijeron a los apóstoles (Lc.24, 35). Este anuncio tiene que ahuyentar las tinieblas, fortalecer la debilidad, ablandar y ensanchar el corazón, abrirlo a la esperanza y al amor.

Cristiano es el que fue ungido por el Espíritu de Dios en la Confirmación, para gritar al mundo la esperanza.

El Bautismo que hemos recibido nos ha hecho nuevas criaturas, y en la Pascua lo recordamos especialmente; empezamos a sentir la vida del Padre, esa vida en abundancia que se nos comunica a través de Cristo Resucitado, a través del Espíritu de Amor que nos envuelve misteriosamente. Desde el Bautismo somos una nueva creación.

En tu vida, en la mía, en la vida de nuestro pueblo, lamentablemente han sucedido y pasan cosas que oscurecen esa luz de la esperanza. La obra del mal y del pecado, que malogran la obra de Dios en nosotros. Todos sabemos sus consecuencias: las injusticias y la falta de trabajo, la corrupción en todas sus formas, la mentira y el engaño, la hipocresía y la traición, las ambiciones y envidias, las muertes y las venganzas, el robo y la inseguridad, la falta de respeto a la dignidad de la persona y el atropello a sus derechos. Todas estas cosas que han dañado nuestra sociedad, nuestro país, nuestras familias y comunidades. Y nos hemos vuelto, quizás, pesimistas, incrédulos, escépticos, resentidos, inseguros, miedosos, tristes y, a veces, violentos.

Qué oportuno es, entonces, gritar a todos: “No tengan miedo, es verdad, Cristo ha resucitado, y sigue caminando con nosotros”.

La vida del Señor Resucitado nos transmite un estilo de amor nada común, el del Sermón de la montaña; un amor bien heroico, generoso, alegre y servicial.

Nuestra vida es caminar con Jesús que peregrina con nosotros; pero también es caminar con la persona que  Dios puso a mi lado. No vamos solos. Vamos juntos. Tomados de la mano. De una mano nos lleva Jesús, porque sabe que somos flojos. Con la otra, nosotros llevamos a otro, porque sabemos lo que es aflojar. ¡Así es lindo caminar!

Esa fuerza del amor, amor del Señor Resucitado, es la que nos cambia y cambia al mundo.


Pascua es día de Amor. Es día de Esperanza

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús Resucitado cuando les partió el pan (Lc. 24,35). En cada Misa, el Señor sigue partiéndolo entre nosotros. En este Año de la Eucaristía, queridos hermanos, profundicemos en este misterio de  amor y de esperanza. Revaloricemos el día Domingo, como Día del Señor y de la Iglesia.

“En la Misa dominical es donde los cristianos reviven, de manera particularmente intensa, la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de la Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos (Jn. 20,19). En ese pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto modo presente el Pueblo de Dios de todos los tiempos” (Juan Pablo II, “El día del Señor” n. 33).

Esa Misa dominical nos compromete a vivir nuestra fe,  mediante una entrega sencilla y generosa en las tareas diarias. Las personas del campo y de la ciudad, autoridades y dirigentes, consagrados y fieles, los obreros y los profesionales, el hombre y la mujer en su hogar, los docentes y los alumnos, los niños y los jóvenes, los mayores y los ancianos; todos debemos vivir con energía y gozo nuestra misión, nuestro trabajo cotidiano. Así haremos un mundo mejor.

Convirtámonos en serenos y fervorosos testigos de la Esperanza. Esperanza que es seguridad; esperanza que es comunión; esperanza que es compromiso.

La Virgen María, que sufrió la cruz, y supo lo que es esperar, encienda en nuestros corazones la luz de la Esperanza que cambia el mundo: la luz de Cristo Resucitado.

A todos les bendigo de corazón.


¡FELIZ PASCUA!


Mons. Carlos  José Tissera, obispo  de San Francisco



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