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PREPARÁNDONOS A VIVIR EL
“AÑO DE LA EUCARISTÍA”


Carta pastoral de monseñor Adolfo Armando Uriona, FDP, obispo de Añatuya
(7 de octubre de 2004)



INTRODUCCIÓN


Quisiera enmarcar esta Carta Pastoral partiendo de la vivencia que, como Iglesia Argentina hemos tenido del Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Corrientes del 1º al 5 de septiembre pasado y del Año Eucarístico, propuesto por el Papa Juan Pablo II y que se iniciará el 17 de octubre de este año, apenas finalizado el Congreso Eucarístico Internacional a celebrarse en Guadalajara del 11 al 17 de octubre.

No cabe duda que el Congreso Eucarístico celebrado en Corrientes ha sido un momento de gracia muy fuerte para nuestra patria. Con emoción aún recordamos las celebraciones multitudinarias, donde a una liturgia muy viva y participada se le sumaba el profundo recogimiento ante la presencia del Señor en la Eucaristía. Me impactó el fervor Eucarístico de la procesión con el Santísimo a lo largo del predio el sábado a la noche, como la manifestación de júbilo desbordante ante la presencia de la imagen de María de Itatí.

Como quisiera que, como fruto de este Congreso, se produjera en nuestra diócesis una profunda renovación de nuestra fe en Cristo resucitado, presente en la Eucaristía y en la comunidad eclesial, el único Salvador, el que pueda dar un sentido a este mundo presa de la confusión y la desorientación.

Le pido al Señor y a la Virgen que produzca algo análogo a lo sucedido en el famoso Congreso Eucarístico Internacional de 1934, en el cual Don Orione decía que había vivido “días de paraíso” al ver las multitudes, sobre todo de hombres, que se acercaban a los sacramentos. Después del mismo, la Iglesia Argentina vivió una revitalización de su fe cristiana muy fuerte.

Esa revitalización de nuestra Fe necesitamos en la diócesis y creo que el Año Eucarístico, que se iniciará en octubre de este año, será una oportunidad particular para trabajar en este sentido.



I. ¿En qué situación nos encontramos?


Hoy, la persona vive un “estado de confusión y fragilidad” a raíz de la situación de este mundo que se lo califica de
“posmoderno”. Deseo señalar algunos puntos que podrían caracterizar, a modo de pinceladas, la situación en que se encuentra el hombre de hoy.


1.
Nos encontramos ante un mundo globalizado, donde cambian con mucha rapidez las ideas, las costumbres, los modos de pensar, las actitudes, las ideologías, impidiendo que la persona se afirme en costumbres ni en referencias precisas y donde no hay nada fijo, estable, permanente, influyendo negativamente en la consistencia y en la constancia de la personalidad.


2.
También es un mundo donde se vive un “pluralismo generalizado”: en nuestra sociedad pluralista cada uno piensa y se expresa como quiere, se accede a todo tipo de información con facilidad. Por consiguiente es más difícil orientarse ahora que en una sociedad primitiva, donde la idea era única y formaba como un patrón. Ahora lo que se cuestiona es la “idea única”. Este pluralismo, de por sí no malo, sin embargo degenera con facilidad en el “relativismo”.


3.
El tercer motivo, que explica por qué la fragilidad es la característica particular en occidente, es la “costumbre social moldeada en el consumismo”.


4. Los “medios de comunicación social”
multiplican los efectos del cambio social, del pluralismo y del consumismo, porque los difunden y los hacen penetrar hasta la quietud de nuestra alcoba.

Se ha provocado un enorme desfasaje cultural a tal punto que muchos expertos hablan de un “cambio de época”, como no había ocurrido desde hace muchos siglos atrás. Por ello se puede decir que la sabiduría de esta época es “la perplejidad”. Están pasando demasiadas cosas como para que uno entienda por donde y hacia dónde vamos…


Quisiera señalar dos raíces que, a mi modo de ver, están en el origen de esta situación compleja:


1. El secularismo:
es la pérdida de la dimensión vertical del hombre y de la sociedad, es el desconocimiento de la relación vital con Dios, Dios ya no tiene más lugar en la vida del hombre.

"Tal vez no estemos convencidos totalmente, -dice el Card. Martini- de que nuestra sociedad, por tantos motivos, está en decadencia y va irremediablemente hacia una pérdida del sentido de Dios… Hoy la fe como tal, profesada libremente a nivel consciente, se encuentra amenazada por dificultades intelectuales o existenciales ya a priori respecto de cada uno de los enunciados de fe, es decir, no sólo es difícil creer en el infierno o en el pecado original, sino que hay que ayudar a creer en sí mismo”.[1]


2. La fragmentación:
el cisma espiritual consiste en la pérdida del consenso acerca de los valores centrales de la civilización. Por ello es el hombre el que está fragmentado.

El individuo posmoderno, al rechazar la disciplina de la razón y dejarse guiar preferentemente por el sentimiento, obedece a lógicas múltiples y contradictorias entre sí.

Como está sometido a una avalancha de informaciones y estímulos difíciles de estructurar, hace de la necesidad virtud y opta por un vagabundeo incierto de unas ideas a otras. Se parece al hombre que hace “zaping” delante del televisor, sin quedarse en ningún programa. El posmoderno no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende, y sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas.

También en las relaciones personales el individuo posmoderno renuncia a los compromisos profundos. La meta es ser independiente afectivamente, no sentirse vulnerable. 

Asume una actitud "hedonista", puesto que cuando queda tan sólo el presente, sin raíces ni proyectos, cada uno puede hacer lo que quiera. En la posmodernidad desaparece toda barrera; todo es indiferente y, por tanto, nada está prohibido.


3. La consecuencia: un “subjetivismo” que produce fragilidad:
Nos encontramos con un “subjetivismo”, que se va hinchando como un cáncer. La conciencia (personal o de grupo) tiende, por ejemplo, a llegar  a ser tan subjetivista que se considera a sí misma como medida única de las propias acciones. Así, la única coherencia que se busca es, en el fondo, la que coincide con los propios sentimientos, con las propias emociones. Aquí estamos en el trasfondo de una de las raíces más frecuentes de la fragilidad contemporánea. 

Si examináramos las diferentes crisis matrimoniales, las crisis existenciales de sacerdotes y religiosos, nosotros encontraríamos que en el fondo del asunto se halla la “norma suprema” de los propios sentimientos. Se ven inconstancias, incoherencias extrañas imprevistas que sorprenden, incluso, a quienes son víctimas: -¿Por qué y cómo he llegado a este punto?, ¿por qué ya no siento ganas de seguir el camino emprendido?..., o también, ¿podré asumir compromisos para siempre?...

La imagen que mejor grafica al hombre de hoy es la del “errante”. Al perder la meta el hombre deja de ser "peregrino" -alguien que camina, lucha, se fatiga, cae y se levanta, pero con un sentido hacia donde se encamina-, para convertirse en "errante", es decir, alguien que da vueltas y vueltas en un desierto solitario sin saber adonde ir...



II. La Eucaristía ante esta realidad


Ahora bien podemos preguntarnos:
¿Cómo la Eucaristía puede darnos respuestas ante esta realidad que nos llega a todos a causa de la globalización imperante?

Fundamentalmente quisiera indicar tres cosas:
 

1º. La Eucaristía nos da la certeza de una “Presencia” que renueva nuestra Fe en el “Señor de la historia”:

“No veas en el pan y en el vino meros y naturales elementos,
porque el Señor ha dicho expresamente que son su Cuerpo y su Sangre:
la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa” (2)

En la Eucaristía veneramos el “verdadero cuerpo nacido de María que, por el hombre, verdaderamente padeció, murió y resucitó”;  es el sacramento de la Presencia del Señor de la Pascua.

La Eucaristía nos expresa que el Señor sigue vivo y presente en nuestra historia; Él no nos ha dejado solos, no nos ha abandonado; está presente en la comunión, en la Iglesia, en la comunidad, en los pobres y enfermos.

La certeza de esta presencia revigoriza nuestra relación con Dios. Cuando comulgamos, la presencia del Señor en nosotros, ilumina nuestra inteligencia dándonos la capacidad, ante todo, de mirar con “objetividad” la realidad, superando, de esta manera, los altibajos de nuestros sentimientos y los frecuentes  cambios de nuestro “humor”, para reconocer la verdad profunda que se manifiesta en las cosas.

Por otra parte, la Eucaristía “fortalece” nuestro ánimo a la hora de caminar contra la corriente de esta sociedad secularista, que va perdiendo el “sentido de Dios”, que ha quitado fundamento a todos los valores y que se agota en el consumo de los bienes materiales. Es fundamental que los cristianos vivamos a tope los valores del evangelio, pensando como decía Chesterton (escritor católico inglés): que "una generación se salva por las personas que saben oponerse a sus gustos".

Esta Fe en la presencia del “Señor de la historia” en medio de nosotros también nos impulsa a la Esperanza, a no desanimarnos, a no bajar los brazos a pesar de las graves dificultades de todo tipo por las que estamos atravesando en nuestra país, provincia y, particularmente, en nuestra probada diócesis.

En la medida que participamos con fe y fervor en la Santa Misa, cuando contemplamos, en actitud de adoración, a Jesús Eucaristía experimentamos esa Presencia divina, que contagia su fuerza a nuestro débil corazón. Esto permite que venzamos la tentación del desaliento, la apatía, el “dejarnos estar” y que continuemos en la lucha por la construcción del reino.
 

2º. La Eucaristía genera el compromiso de vivir en “comunión” que supera la “fragmentación”

“Así realizas Tú la obra de nuestra redención:
en efecto, el sacramento de tu Pan eucarístico representa
y al mismo tiempo realiza la unidad de todos nosotros,
de nosotros que creemos en Ti, de nosotros, que formamos en Ti un solo cuerpo” (3)

Así como la primitiva comunidad “se reunía para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech 2,42), de la misma manera hoy la Eucaristía ha de conducirnos a formar comunidades “fraternas, orantes y misioneras”.

Si el culto Eucarístico no nos impulsa a construir la comunidad, ya sea en el interior de la Iglesia como hacia fuera de ella, estamos malogrando este gran sacramento e impidiendo que el Reino de Dios llegue a todos los hombres.

Los católicos, que honramos la Eucaristía, debemos ser constructores de “fraternidad”.

¿Qué sentido tendría celebrar al Señor que nos une en un solo Cuerpo y luego vivir divididos, peleados o en actitudes de indiferencia hacia nuestros hermanos? Lamentablemente esto lo vivimos en el seno de nuestra sociedad, que aún corre el riesgo de resquebrajamiento del tejido social, como en nuestras comunidades eclesiales, donde a veces se dan, actitudes sectarias o competitivas.

La Eucaristía ha de ser superadora de la “fragmentación” que vive el hombre en su interior, en la familia, en la comunidad y en la sociedad. La misma vence el egoísmo que tiende a hacer de nosotros “islas autosuficientes” que terminan en una soledad asfixiante y nos ayuda a descubrir al otro como “hermano” digno de ser respetado y amado.


3º. La Eucaristía engendra una actitud solidaria como respuesta al egoísmo que excluye

Señor Jesús, nosotros, Pueblo de la nueva alianza, cuando nos unimos a Ti,
en lugar de encerrarnos en nosotros mismos,
nos convertimos en “sacramento” para la humanidad
signo e instrumento de la salvación realizada por Ti, Jesús,
luz del mundo y sal de la tierra
salvación que realizaste para la redención de todos" (4)

Cuando comulgo con el Señor recibo la fuerza de lo alto que me saca de mí mismo y me inclina a los hermanos, particularmente los más pobres, los enfermos, los excluidos.

Para esta sociedad enferma donde se viven diferencias escandalosas entre los que tienen demasiado y los que no tienen ninguna posibilidad de acceder a los  bienes básicos para su subsistencia el cristiano ha de ser un hombre que genere solidaridad porque se experimenta hermano de todos.

Ahora bien, sólo cuando entramos en comunión con Aquel que ha enviado el Padre para encarnarse entre nosotros y que ha muerto en la Cruz para reconciliarnos, podremos tener la lucidez y la fortaleza suficientes que nos conduzcan a mirar al otro como un “hermano” y no como un rival, un enemigo o alguien a quien desconozco.



Conclusión: algunas propuestas simples y concretas


Puesto que en
“la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua, fuente y cumbre de toda la vida cristiana” creo que debemos apelar a nuestra creatividad a fin de promover, a lo largo de este año, un incremento del culto eucarístico. Se me ocurren algunas cosas muy sencillas:

* La participación de la Misa dominical: creo que es lo primero en lo cual debemos poner todo nuestro esfuerzo, es decir, en hacer tomar conciencia a los fieles de la participación activa, consciente y fervorosa de la Misa del domingo. Creo que sería importante que los sacerdotes y equipos de liturgia preparen, con esmero, la celebración dominical a fin de que la hagan atractiva.

* La adoración Eucarística: que a través de la Exposición del Santísimo en algunos momentos fuertes de la semana o del mes, el Pueblo de Dios, pueda tener acceso a la adoración Eucarística. Hay esquemas de celebraciones, donde la Palabra de Dios y otras oraciones dan  contenido a ese  momento de adoración.

* Promover las visitas frecuentes al Santísimo Sacramento: que los fieles puedan tener acceso al templo para visitar al Ssmo. y que en esta oración breve le ofrezcan todo lo que están viviendo en la jornada, pidiendo, dando gracias o simplemente alabando.

* Preocupación por llevar la Eucaristía a los ancianos y enfermos: ¡nos los descuidemos! A veces el cúmulo de actividades y ocupaciones nos hace perder de vista a nuestros hermanos que están enfermos o ancianos. Implementemos los medios necesarios a fin de que ellos puedan recibir los consuelos de la comunión.

* Iniciemos a nuestros niños y jóvenes en el culto Eucarístico: a través de la formación de grupos de monaguillos, acólitos mayores u otras formas que se nos ocurran motivemos a nuestros niños, adolescentes y ¿por qué no? a nuestros jóvenes a sentirse cercanos al Señor presente en el Sacramento Eucarístico.

Que María Santísima “Mujer Eucarística”, como le gusta llamarla a Juan Pablo IIº nos lleve a profundizar y valorar este maravilloso “misterio de nuestra Fe”.

Con mi bendición:


Mons. Adolfo Armando Uriona, FDP, obispo de Añatuya
Añatuya, 7 de octubre de 2004


Notas:

(1) CARD. C. .M. MARTINI, "El predicador ante el espejo", Ed. Paulinas, Colombia, 1989, págs. 38-41.

(2) San Cirilo de Jerusalén, “Catequesis mistagógicas”, IV, 6.

(3) cf. 1Cor 10,17.

(4) Cf. Lumen Gentium, 1.



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