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“EUCARISTÍA, MISTERIO DE FE Y DE LUZ”


Subsidio Nº 2 de monseñor Adolfo Armando Uriona, FDP, obispo de Añatuya
(Enero de 2005)


Inicio del año:
“Quédate con nosotros porque oscurece”



INTRODUCCIÓN


Hay muy poco de mi autoría en esta breve reflexión que les mando como subsidio para el mes de enero y cuyo tema se refiere a la
“Eucaristía como Misterio de Fe y de Luz”, y hay mucho de lo que ha escrito Juan Pablo IIº en su hermosa Carta Apostólica “Mane vobiscum Domine” (“Quédate con nosotros Señor”).

Dejémonos iluminar por la palabra rectora y clarividente del  Santo Padre.



I. LA OSCURIDAD QUE NOS RODEA


Todos, particularmente en estos tiempos, experimentamos la densa oscuridad que nos rodea.

Una “cultura de muerte” que se está adueñando de nuestra civilización nos sume en una espesa tiniebla provocando mucha angustia. La desorientación y la confusión se apoderan de nuestras mentes y andamos errantes, sin rumbo, a la deriva.

Se añade a esto, para oscurecer más el panorama, la situación política, social y económica de nuestra patria y, particularmente de nuestra provincia, aparentemente sin demasiadas salidas.

Me da mucha pena observar a tantos adolescentes y jóvenes metidos en el ruido, el alcohol y hasta la droga; ¿qué les está pasando?, ¿no será que estarán buscando evadirse del aburrimiento, del vacío interior, de la falta de sentido, del desamor?...

Como nunca, en este tramo de la historia, tenemos que decirle a Jesús como los discípulos de Emaús:


“¡Quédate con nosotros, Señor, porque oscurece!”



II. PERO JESÚS HACE CAMINO CON NOSOTROS


A pesar de todo, los cristianos tenemos la firme certeza de que, en medio de las sombras de esta historia, el Señor Resucitado está haciendo camino con nosotros.

Nos dice el Santo Padre:

“En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28,20)” (1)

La Eucaristía es la garantía de Fe de que Jesús está y nos acompaña en la noche del tiempo todos los días hasta el fin del mundo.

Nosotros queremos adherirnos con todo nuestro ser a su Palabra salvadora, la cual hace “arder nuestros vacilantes corazones”, así como les sucedió a los desalentados discípulos de Emaús, quienes:

“…Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos». Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos” (2)



III. LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE FE Y DE LUZ


Sigue reflexionando el Papa:

“El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?  Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» (Misterio de la fe) por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina” (3)


a. Oscuridad de la Fe en la Eucaristía:

Convengámoslo, no es para nada sencillo y fácil creer en la Eucaristía.

Como nos lo expresa el Papa, la Eucaristía es un “misterio de fe” por lo tanto, velado, oscuro; porque la fe, por definición, es “creer sin ver”, significa dar un asentimiento de la voluntad a pesar de lo oscuro del dato de fe para nuestra inteligencia. Por otra parte sabemos que, ese contenido de fe no es oscuro por sí mismo sino, por el contrario, es demasiado claro, demasiado luminoso y por ello nos enceguece.

La Eucaristía presenta un problema muy especial: el contraste entre lo que está visible en el pan y en el vino, ofrecidos sobre el altar, y lo que está visiblemente presente, el cuerpo y la sangre de Cristo, requiere un impulso de fe siempre renovado.

“Verdaderamente la Eucaristía es «mysterium fidei», misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patrísticas sobre este divino Sacramento. « No veas –exhorta san Cirilo de Jerusalén– en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa" (4)

La fe en la Eucaristía no es algo secundario. Jesús había puesto el acento sobre la necesidad de esta fe  con ocasión del primer anuncio de la Eucaristía.

La gente seguía con sumo gusto a Jesús cuando multiplicó los panes. Incluso la multitud, entusiasmada por el maravilloso milagro que había presenciado, se puso de acuerdo para proclamarlo rey, a tal punto que el Señor tuvo que huir hacia la montaña (5)

Sin embargo después de este episodio, en un largo discurso en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús reveló la intención más profunda que tenía al multiplicar los panes: de dar su carne como comida y su sangre como bebida.

Allí se encontró con la respuesta de incredulidad por parte de sus oyentes; también muchos discípulos encontraron inaceptable aquella promesa de la Eucaristía y abandonaron al Maestro que habían seguido hasta entonces.

Pero viendo a sus apóstoles todavía allí ante él, impresionado por el gran testimonio de afecto, no dudó en exigirles la adhesión de fe que no había obtenido de la gran mayoría de los oyentes. Les preguntó: ¿También ustedes se quieren ir? (6) Estaba dispuesto a dejarlos irse si no creían en la Eucaristía, que acaba apenas de anunciarles.

No es posible seguir a Jesucristo sin creer en la Eucaristía.

En cada celebración, siempre, Jesús continúa exigiendo la misma fe. Se trata de superar la distancia entre lo que percibimos con los sentidos y lo que la verdad del misterio nos manda creer.

La fe cristiana re-encuentra continuamente su audacia con este salto a lo invisible. La fe se separa de la evidencia sensible (lo que percibimos es pan y vino) por una adhesión más elevada a la persona de Jesús.


b. ¿Por qué la Eucaristía es luz?

Así nos responde Juan Pablo:

“La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (Lc. 24,29)” (7)

Es fundamental unir las “dos mesas”, la de la Palabra y la de la Eucaristía; ambas son necesarias, ambas iluminan nuestra Fe, alimentan nuestra Esperanza y fortalecen nuestro testimonio de Caridad. No podemos separarlas.

Si queremos tener “luz” necesitamos leer y meditar con frecuencia la Palabra de Dios a fin de que “se haga carne en nosotros”. Es una necesidad más que urgente, particularmente en los tiempos que corren, donde la cantidad de ideas, doctrinas y opiniones extrañas nos provocan tanta confusión que se nos hace muy difícil encontrar la auténtica verdad.

Esta continuidad entre ambas mesas -la de la Palabra y la de Eucaristía- la vivimos, de manera única, en la Santa Misa. Por ello es tan importante participar de toda la Misa, celebrando juntos, como comunidad, este “misterio de Fe y de Luz” que nos ha regalado el Señor antes de entregarse a la pasión, muerte y resurrección.


Cuestionario:

1. ¿Experimento la oscuridad en mi vida personal, familiar, social?, ¿de qué manera?

2. 2. ¿Qué lugar ocupa en mi día, semana, mes la Palabra de Dios? ; ¿con qué frecuencia la leo, reflexiono y rezo?

3. ¿Cómo vivo mi fe en la Eucaristía?; ¿qué dificultades encuentro frente a este gran misterio?

4. ¿Qué podría hacer para participar con más fruto de la Misa?; ¿dedico un tiempo en el día o la semana a una visita de adoración al Santísimo?


Mons. Adolfo Armando Uriona, FDP, obispo de Añatuya
Enero de
2005


Notas:

(1) Juan Pablo II, “Mane Nobiscum Domine”, 2

(2) Juan Pablo II, o.c., 1

(3) Juan Pablo II, o.c., 11

(4) Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucharistia”, 15

(5) Cf. Jn 6

(6) Jn 6,67

(7) Juan Pablo II, MND, 12



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