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PARECIERA QUE NO HAY LUGAR
PARA LA VIDA
EN EL SENO MATERNO
Mensaje de de
navidad conjunto de monseñor Luis Héctor Villalba, administrador
apostólico de Santiago del Estero y de monseñor Adolfo Uriona, obispo
de Añatuya (Diciembre de 2005)
Queridos hermanos Santiagueños:
“Un
niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5). En este tiempo
resuena en la Iglesia y en el mundo la "buena noticia" de la Navidad.
Resuena con las palabras del profeta Isaías, el cual, hablando del
misterio de la redención, parece entrever los acontecimientos que
sucederían siete siglos después. Isaías, inspirado por Dios, estaba
anunciando de manera misteriosa el gran misterio de la Encarnación.
"Un
Niño nos ha nacido". Estas palabras proféticas se ven realizadas en la
narración del evangelista Lucas, que describe el "acontecimiento"
lleno cada vez más de nueva admiración y esperanza. En la noche de
Belén, María dio a luz un Niño, al que puso por nombre Jesús. No había
lugar para ellos en la pensión; por esto la Madre alumbró al Hijo en
una gruta y lo puso en un pesebre. El evangelista Juan, en el Prólogo
de su evangelio, penetra en el "misterio" de este acontecimiento.
Aquel que nace en la gruta es el Hijo eterno de Dios. Es la Palabra,
que existía en el principio, la Palabra que estaba junto a Dios, la
Palabra que era Dios. Y la Palabra eterna, el Hijo de Dios, tomó la
naturaleza humana.
De la
misma manera como les sucedió a María y a José en Belén, donde no
encontraron un albergue para el niño que iba a nacer, hoy, en esta
“cultura de muerte” que nos rodea, pareciera que no hay lugar para la
vida indefensa que se va gestando en el seno materno y que clama ser
recibida con amor.
La
Navidad cristiana celebra el Nacimiento del Salvador en nuestra
historia, la Presencia del Hijo de Dios en el Niño de Belén. La
presencia de la fuerza de Dios en la debilidad de la carne. Así se
manifiesta Dios y, de esta manera paradojal, -la omnipotencia
escondida en la debilidad- nos propone su mensaje salvador.
Roguemos fervientemente al Señor que viene a fin de que el Misterio de
la Navidad nos impulse a todos a valorar y desear la vida que se está
gestando; que ilumine la mente de los legisladores y gobernantes,
hombres y mujeres de buena voluntad, a fin de que se comprometan a
acoger, como don precioso, la vida del hombre.
Cristo, hijo del Padre e hijo de la siempre Virgen María, ven a nacer
de nuevo en nuestra realidad cotidiana para llenarla de luz, sentido y
esperanza.
Santiago del Estero, Navidad de 2005.
Mons. Adolfo Uriona, obispo de Añatuya
Mons. Luis Héctor
Villalba,
administrador apostólico de Santiago del Estero |