«Abran la puerta a Cristo»
Carta Pastoral del
arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Héctor Villalba, con motivo del Gran Jubileo del
año 2000, dirigida a los sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y laicos
1.
El nuevo milenio está a las puertas
Dentro de pocos días comenzaremos el año 2000. No
se trata solamente del cambio de una cifra. Del pasar de un milenio a otro. Este hecho
tiene un significado mucho más profundo.
Los cristianos nos disponemos a celebrar la
Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María Virgen, acaecido hace dos mil años.
Por su Encarnación, el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, uno de nosotros.
¿Por qué Dios vino a este mundo?
Para salvar al hombre. «Sí, Dios amó tanto al
mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que
tenga vida eterna» (Jn 3, 16).
El Plan de Dios
San Pablo al comienzo de la Carta a
los Efesios nos describe el maravilloso plan de Dios sobre la humanidad: «Dios, el
Padre de nuestro Señor Jesucristo... nos ha elegido en él antes de la creación del
mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor. Él nos
predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo... En él hemos sido
constituidos herederos...» (Ef 1, 1-14)
Este texto responde a la pregunta que todo hombre
debería hacerse: ¿Cuál es el plan de Dios sobre la humanidad? ¿Cuál es el designio
que Dios, creándome, ha tenido sobre mí y sobre todos los hombres?
La respuesta nos la da San Pablo en este himno
magnífico: Dios desde toda la eternidad te ha amado, te ha elegido, te ha querido para
que seas su hijo en Cristo y te hace heredero de su gloria.
El hombre creado por Dios a su imagen y semejanza,
debía realizarse reflejando el misterio divino en sí mismo y en la convivencia con sus
hermanos, a través de una acción transformadora de este mundo. Sobre la tierra debía
tener, así, el hogar de su felicidad, no un campo de batalla donde reinasen la violencia,
el odio, la explotación y la servidumbre.
Pero el hombre, ya desde el comienzo, rechazó el
amor de Dios. El hombre con su pecado desbarató el plan de Dios y eligió otro: un
proyecto de egoísmo, de orgullo, con todas sus consecuencias de injusticia y opresión.
El hombre quiso construir un reino en este mundo
prescindiendo de Dios. En vez de adorar al Dios verdadero, adoró ídolos: las obras de
sus manos, las cosas del mundo, se adoró a sí mismo. Por eso el hombre se desgarró
interiormente. Entraron en el mundo el mal, la muerte, la violencia, el odio y el miedo.
Se destruyó la convivencia fraterna.
Este rechazo del hombre constituye la culpa radical
del pecado original. Es la oposición presente en todo hombre que nace en esta tierra y
que se encuentra en desarmonía con Dios, consigo mismo, con los hermanos y con la
creación.
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros
«Pero cuando se cumplió el
tiempo establecido, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer (la Virgen María) y
sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos
adoptivos» (Ga 4,4-5). el
tiempo establecido, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer (la Virgen María) y
sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos
adoptivos» (Ga 4,4-5). el
tiempo establecido, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer (la Virgen María) y
sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos
adoptivos» (Ga 4,4-5).
Dios Padre no abandonó al hombre en poder del
pecado. Dios envió al mundo a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, verdadero Dios, nacido
del Padre antes de todos los siglos, y verdadero hombre, nacido de María, la Virgen, por
obra del Espíritu Santo.
Dios nos envía a su Hijo para hacer posible el plan
que desde toda la eternidad soñó para nosotros. En Cristo es Dios mismo que viene en
Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible
alcanzarlo. Es lo que nos dice el Evangelio de San Juan: «Nadie ha visto jamás a
Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre»(Jn 1,
18).
En Jesucristo Dios no sólo le habla al hombre, sino
que lo busca. ¿Por qué lo busca? Porque el hombre se había alejado de Él,
escondiéndose como Adán entre los árboles del paraíso terrestre (Cf. Gn 3, 8-10).
Nos estamos preparando para celebrar los 2.000 años
del nacimiento de Jesucristo.
¿Qué significa celebrar los 2.000 años del
nacimiento de Cristo? Es reconocer la expresión más grande del amor de Dios hacia
nosotros: «Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo para que
tuviéramos Vida por medio de él»(1 Jn 4, 9).
2. El Gran Jubileo del año 2000
El Papa ha convocado a la celebración de un Gran
Jubileo para rememorar los 2.000 años de la venida del Hijo de Dios al mundo.
En la vida de cada persona los jubileos hacen
normalmente referencia al día del nacimiento, aunque también festejamos los aniversarios
de la ordenación sacerdotal, de la consagración religiosa y del matrimonio,
especialmente las bodas de plata y de oro.
Con el Gran Jubileo celebraremos los 2.000 años del
nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Esta fecha representa un Jubileo extraordinariamente
grande, no sólo para los cristianos, sino para toda la humanidad.
Es que no hubo ni habrá, en la historia, un
acontecimiento más grande e importante para el hombre que el nacimiento de Jesucristo.
Así, desde la fe, podemos comprender que la
Encarnación del Hijo de Dios constituye el centro de la historia. No se trata simplemente
de un dato cronológico, sino que es un principio cualitativo de vida. Esta visión de la
historia, propia de la fe cristiana, ha quedado expresada en nuestro calendario, conforme
al cual computamos el transcurso del tiempo a partir de la fecha del nacimiento de Cristo.
El Jubileo quiere ser una gran movilización
espiritual
El Santo Padre, al convocar al
Jubileo, invita a toda la Iglesia a iniciar un gran movimiento de fe en Cristo vivo, de
oración, de penitencia y de solidaridad entre los hombres.
La Iglesia nos invita a renovar nuestra fe en Cristo
y pone a nuestra disposición las riquezas de perdón y todas las energías espirituales
que nos vienen de Jesucristo.
La Iglesia, con el Jubileo, propone templarnos de
nuevo en la alegría y en la fuerza del Evangelio. De esa manera daremos un testimonio de
Jesucristo más convincente en el servicio a los hombres.
Los egoísmos continúan causando luchas entre
individuos, entre grupos y naciones. La zanja se hace cada vez más ancha entre naciones
ricas y naciones pobres. Y dentro de nuestro país entre un sector de la sociedad y otro.
Las guerras continúan sin que se logre detener sus
estragos.
Realmente, para renovarse, este mundo necesita un
suplemento de alma.
El hombre debe darse cuenta de que el dominio
técnico sin amor no conduce muy lejos.
Nuestro tiempo, aunque lo ignore, aunque se niegue a
aceptarlo, tiene hambre y sed de comunión: la comunión con Dios y la comunión entre los
hombres.
En el año jubilar se nos propone trabajar por la
comunión
Comunión con Dios
Volvamos a Él. Fuera de la amistad
con Dios no podemos ser hombres de paz con nuestros hermanos. Tenemos que reservar a Dios
el primer puesto. Tenemos que convertirnos para mejor servir y evangelizar al mundo.
Me dirijo a todos los fieles y a todos los hombres
de buena voluntad invitándolos a emprender esta marcha espiritual. La vida cristiana es
un don de Dios.
El pecado es creer que el hombre no necesita de
Dios. La fe nos enseña, al contrario, que sin Cristo «no podemos hacer nada» (Cf Jn 15,
5).
Comunión con los hermanos
Que nuestra voluntad de comprensión,
de justicia y solidaridad se abra a todos los hombres sin excepción.
En el seno de nuestras familias, en nuestra
actividad laboral, en nuestros compromisos sociales, que nuestra acción sistemáticamente
tienda a promover la dignidad humana y la justicia social.
Ante un mundo signado por el individualismo, que nos
lleva a cerrarnos sobre nosotros mismos olvidándonos de Dios y de los otros, Jesucristo,
hoy, nos llama a convertirnos en constructores de la comunión.
En el año jubilar se nos llama a ser
constructores de la esperanza
Ante un mundo con tantas
contradicciones que lleva a muchos a descreer en personas e instituciones, Jesucristo,
hoy, quiere convertirnos en constructores de la esperanza.
Por eso que nuestro corazón no se turbe a causa de
los temores y las perplejidades. Al contrario, confiando en la gracia que viene de Dios y
no en nuestras fuerzas humanas, llevemos como testigos de la verdad y del amor de Cristo,
el Evangelio de la esperanza a nuestros hermanos. De esta forma podremos también influir
en la cultura, en el estilo de vida y en las expectativas y proyectos de toda la
comunidad.
En el año jubilar se nos llama a trabajar por la
solidaridad
Ante un mundo donde aparecen signos
de exclusión que niegan a muchos hermanos la dignidad de hijos de Dios, Jesucristo, hoy,
nos llama a convertirnos en signos de la solidaridad.
El Papa nos dice: ¡«El hombre es amado por Dios!
Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora
respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer renovar
este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti, para ti Cristo es el Camino, la
Verdad y la Vida!».
La solidaridad es una exigencia humana y cristiana.
Cada fiel tiene que ser una presencia viva de amor solidario en los momentos difíciles
del prójimo. Pero «la solidaridad cristiana exige mucho más» (LPNE 56) porque «nadie
puede sentirse verdaderamente cristiano si mantiene actitudes que contribuyen a la
marginación u obstaculizan la participación de todos los hombres en la vida y en los
bienes de la Comunidad» (LPNE 58).
Queridos hermanos y hermanas:
El Gran Jubileo del Año 2000 está a las puertas.
El Santo Padre, Juan Pablo II, lo iniciará la noche de Navidad, con la apertura de la
puerta santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. En nuestra arquidiócesis
abriré el Gran Jubileo el día de Navidad.
La celebración comenzará a las 20 con la
procesión desde la parroquia de La Victoria hasta la Catedral, donde se celebrará la
misa de apertura a las 20.30. Para facilitar la concurrencia del mayor número de fieles,
se suprimen todas las misas vespertinas de las parroquias de La Victoria y la Catedral y
de los conventos San Francisco y Santo Domingo.
Los exhorto para que cada comunidad se una a la
apertura del Año Jubilar participando con una pequeña delegación de fieles. Aliento
cálidamente a los sacerdotes, a los diáconos permanentes, a los consagrados y
consagradas, a los laicos, a todas nuestras parroquias, capillas y colegios católicos, a
las Instituciones y Movimientos, a vivir intensamente este Año Santo.
El Santo Padre nos dice: «Una cosa es cierta:
cada uno es invitado a hacer cuanto esté en su mano para que no se desaproveche el gran
reto del Año 2000, al que está seguramente unida una particular gracia del Señor para
la Iglesia y para la humanidad entera» (TMA 55).
Pidamos al Señor, por intercesión de Nuestra
Señora de la Merced, que el año Jubilar sea para cada uno de nosotros, para nuestras
comunidades y para nuestra Arquidiócesis, un año de renovación espiritual y que, a la
vez, recibamos un nuevo impulso para realizar la misión evangelizadora de la Iglesia.
Que se nos conceda la gracia y la fuerza de
continuar, en nuestros días, la obra iniciada en el primer Pentecostés.
Con mi paternal bendición.
Mons. Luis H. Villalba,
arzobispo de Tucumán
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2243, del 15 de diciembre de 1999 |