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EL DESPRESTIGIO DE LA POLÍTICA NO ES BUENO. ES NECESARIO REVALORIZAR LA POLÍTICA


Homilía pronunciada por el arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Héctor Villalba, en el tedéum del 25 de mayo de 2001, celebrado en la catedral de San Miguel de Tucumán.


Queridos hermanos:

1. Nos hemos reunido en este templo para orar por nuestra patria en el 191º aniversario de la Revolución de Mayo, cumpliendo así una tradición, que año tras año nos ha congregado para rezar por la Argentina.

Nuestros Padres de la Patria nos enseñaron a rogar y agradecer. Ellos sabían que la patria, su unidad, su libertad, su grandeza son, al mismo tiempo, empeño humano y don de Dios. En el umbral de sus grandes decisiones, al comenzar cada batalla de guerra o de paz, oraban. Oraban al Padre como Cristo nos enseñó: pidiéndole al Padre que se haga su voluntad. Ellos eran los mejores testigos de que sus solas fuerzas humanas no habrían podido vencer y construir.

Por eso cultivamos esta tradición: comenzando el día de la Patria orando y agradeciendo a Dios por la Argentina. Antes y ahora la patria no se construye sin la oración. Hoy, como al principio, la Argentina necesita de Dios. Venimos a dar gracias a Dios. Venimos, también, a orar por el porvenir de la Argentina.


2.
Recibimos la patria como un depósito sagrado y una tarea inacabada. Todos somos constructores de la obra más bella: la patria. La patria terrena que prefigura y prepara la Patria sin fronteras.

Esta tarea hace renacer en nosotros una gran esperanza. Pero también una gran responsabilidad hacia esa inmensa multitud de hermanos nuestros que necesitan pan, trabajo, educación, seguridad, paz. Queremos ser para ellos constructores de un mundo más solidario, más justo, más humano, el que anhela el corazón del hombre.

Hoy nos toca sacar a nuestra patria y a nuestra provincia de las grandes dificultades en que se encuentra.

Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los partidismos , los corporativismos, los intereses egoístas y trabajar decididamente por el bien común.

Es cierto, por desgracia, que no han sido éstos los ideales que han movido a muchos políticos en el ejercicio del poder. Aunque todos decían que "se sacrificaban" por el pueblo, la verdad es que para no pocos el ejercicio del poder político ha sido un "medio" para buscar el "propio provecho" o para fomentar la "propia ambición" a costa, en más de una ocasión, del verdadero servicio a la comunidad, que "debe tener siempre prioridad en cualquier actuación pública".

La política tiene mala prensa entre nosotros. La gente no tiene confianza en los políticos. Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra la actividad política y aun contra quienes a ella se dedican.

Este desprestigio de la política no es bueno. Esa desconfianza puede generar una atonía hacia la política que sería perniciosa para nuestra sociedad.

Hace pocos días los Obispos dijimos: "La acción política, uno de los más nobles servicios al hombre y a la sociedad, parece esterilizarse por la afanosa búsqueda personal y sectorial de poder y riquezas, y pervertirse cuando grupos económicos o financieros la hacen instrumento de sus intereses". Y agregamos: "Los partidos políticos se están debilitando. No se percibe en ellos una adecuada y clara escala de valores que los rijan. Han dejado de ser escuela de civismo para sus adherentes e instrumento de selección de los mejores y los más aptos para la consecución de los cargos públicos. No debemos olvidar que la autoridad concebida como servicio, purifica y da sentido al poder".


3.
Hoy, como al principio, Dios quiere iluminar el quehacer de nuestra patria por medio de la Iglesia. Desde sus inicios hasta su plena madurez de nación libre y soberana, la Iglesia ha sido el alma de nuestro pueblo, signo y motor de su indestructible cohesión, educadora de su fe, maestra y guardiana de su patrimonio moral, manantial de esperanza.

Nuestra tradición humanista y cristiana ha de ser el cimiento de nuestro presente y futuro.

Debemos seguir edificando la patria y la provincia. Pero sobre los cimientos, perennes e inconmovibles, de la imagen del hombre, de la familia, de la sociedad que Dios reveló en Jesucristo.

Es necesario revalorizar ante el pueblo el valor de la política y es indispensable que el político demuestre en los hechos que la política requiere el desinterés y la generosidad de los que se dedican a ella.

La política encuentra su criterio básico en la consecución del bien común, como bien de todos los hombre y de todo el hombre.

El Concilio Vaticano II afirma: "La comunidad política existe precisamente en función del bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido, y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección" (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 74).

En el reciente documento "La Patria requiere algo inédito" los Obispos de la Argentina afirmamos: "Es necesario recrear la política como principal instrumento de gestión del bien común, de modo tal que sea ella la que dirija y encauce también a la economía en el marco de las instituciones republicanas vigentes".

Quiero subrayar la nobleza y dignidad moral del compromiso político. Hace muchos años el papa León XIII afirmaba que el amor eficaz a las personas, la defensa de los derechos, el trabajar por un mundo más justo y más fraterno, el empeño en el desarrollo y perfeccionamiento de la sociedad erradicando la injusticia y la violencia en el mundo, que es lo que debe procurar el verdadero político, es una de las manifestaciones más excelentes de la caridad cristiana.

Son más que significativas estas palabras del Concilio Vaticano II: "La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien común de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades" (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 74).

La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre y la mujer.

Para ellos es indispensable que se considere el poder político como un servicio y que los políticos no sólo sean honrados, sino que den testimonio de ello.

Los políticos han de ser los que asuman la responsabilidad de buscar el bien común, ya que tienen en sus manos los medios para conseguir el desarrollo más humano y justo del pueblo.

El papa Juan Pablo II enseña que los laicos "para animar cristianamente el orden temporal –en el sentido de servir al hombre y a la sociedad– de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común" (Exhortación apostólica sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo Christifideles laici, 42).


4.
En este día, en que en nuestra alma se mezclan la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor, que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestra almas.

Demos gracias a Dios e invoquemos la protección de Nuestra Señora de la Merced para que mire con amor y ternura nuestra patria que se acoge a su amparo maternal, y la conduzca por los caminos del desarrollo, la justicia y la paz.


Mons. Luis Héctor Villalba,
arzobispo de Tucumán


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2320 del 6 de junio de 2001


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