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25
DE MAYO de 2002
Homilía pronunciada por el arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Héctor
Villalba, en el tedéum del 25 de mayo de 2002, celebrado en la catedral de
San Miguel de Tucumán
1.
El 25 de mayo de 1810 es el comienzo de nuestra Patria
La
Primera Junta, presidida por Saavedra y aclamada por el pueblo,
constituye el primer gobierno criollo.
En
1810 Buenos Aires era una aldea de alrededor de 50.000 habitantes,
situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con la
energía suficiente como para afrontar una empresa política muy
superior a su poder material. Había en aquellos hombres de mayo
grandeza de espíritu, un sentido de destino común que,
desgraciadamente, nosotros no conservamos con el mismo vigor. Estos
hombres nos dejaron su testimonio cuando enfrentaron y derrotaron
las invasiones inglesas, cuando tomaron en sus manos la
representación de un pueblo ya maduro para regir sin tutelas su
propia vida, cuando declararon la independencia y llevaron adelante
la lucha para consolidarla definitivamente.
2.
Hoy, al cumplirse el 192 aniversario de la Revolución de Mayo nos
hemos reunido en nuestra Iglesia matriz para dar gracias a Dios,
pero, a la vez, queremos que esta celebración sirva para avivar el
amor a nuestra Patria.
El vocablo patria evoca a los padres
La
patria es un suelo, un territorio, pero, principalmente, la patria
significa la herencia recibida de los antepasados: se trata de la
herencia cultural, de las tradiciones, de las costumbres. La patria
es el alma común, que es nuestro mayor patrimonio. Nuestra Patria,
desde sus orígenes, estuvo impregnada de principios y sentimientos
cristianos, dando lugar a un estilo de vida inspirado en ideales de
justicia, de fraternidad y de amor.
Hoy
nuestra Patria atraviesa una de sus mayores crisis. Como tantas
veces se ha repetido, padecemos una crisis no sólo económica y
política, sino fundamentalmente moral.
Si
hay algo que el país reclama es la honestidad, la trasparencia, en
una palabra, la moral de todos sus ciudadanos, comenzando por
quienes tienen mayores responsabilidades políticas, económicas,
sindicales, culturales.
La
crisis moral de las conciencias es como un cáncer maligno que,
desde el interior mismo del hombre, destruye su relación con Dios y
con los demás y lo incapacita para una auténtica reconstrucción
de la comunidad nacional mediante la obra de la verdad y la
justicia.
La
verdadera democracia exige que la moral informe la vida de la
nación.
Pero
para que haya una verdadera reforma moral es necesario dejar actuar
a la justicia y que haya sanción.
Hoy
la ciudadanía tiene un inmenso anhelo de que haya justicia. Cuando
se deja actuar a la justicia sale ganando la patria.
La
honradez nada tiene que recelar de la justicia.
Nos
toca, en esta nueva etapa de la historia, asumir con grandeza de
espíritu la tarea que corresponde a cada uno.
Pero,
más allá de nuestro esfuerzo humano, debemos recordar la
sabiduría del salmista que dice:
Si el Señor no edifica la casa,
en
vano trabajan los albañiles,
si
el Señor no custodia la ciudad,
en
vano vigila el centinela (Sal. 127,1).
3.
En abril de 1987 el Santo Padre Juan Pablo II visitó nuestra
provincia y en esa oportunidad nos dijo: "Entre las muchas
consideraciones que aquí podría hacer, quiero referirme a una
concreta: la piedad en la vida civil, conocida en nuestro tiempo
como amor a la propia patria o patriotismo". Y
continuó el Santo Padre: "Para un cristiano
se trata de una manifestación del amor cristiano; es también el
cumplimiento del cuarto mandamiento que incluye, como nos enseña
Santo Tomás de Aquino, honrar a los padres, a los antepasados, a la
patria". Y concluye el Papa diciéndonos: "Consideren,
pues, que el amor a Dios Padre, proyectado en el amor a la patria,
los debe llevar a sentirse unidos y solidarios con todos los
hombres... a hacer de vuestra tierra un lugar más próspero, más
fraterno, más abierto y acogedor" (Discurso pronunciado en
el Aeropuerto de Tucumán, el 8 de abril de 1987).
Hoy
nos toca recoger este llamado que el Papa hizo a los argentinos a
amar y a servir con generosa entrega a nuestra Patria.
El
amor y el servicio a la Patria forman parte del deber de gratitud y
están en el orden de la caridad.
4.
Debemos recuperar plenamente el valor de la amistad social
Nos
hace falta rehacer el entramado social, fundamento de toda
convivencia civilizada. La organización de la convivencia es la
tarea primaria de toda comunidad política.
La
sociedad política no se construye solamente desde las autoridades
políticas. Éstas sirven a una sociedad que ha comenzado en la
familia, que se está construyendo permanentemente en las sociedades
intermedias, en las cuales tendría que favorecerse el encuentro
amistoso y fraternal de los hombres.
Toda
amistad se funda en la semejanza. La semejanza emparenta a los
hombres.
Lo
que se opone a la convivencia, se opone a la amistad.
La
semejanza civil –que es una comunicación de vida en los bienes
espirituales de la nación– funda la amistad de la comunidad
política, la amistad social. No se trata solamente de una semejanza
circunstancial, que proviene de haber nacido en un mismo país, en
una misma región o en una misma ciudad. Se trata, sobre todo, de
una aproximación de almas en los conciudadanos. Lo que configura la
verdadera amistad de la comunidad política no es la simple defensa
de la soberanía nacional, sino la común identificación con la
cultura, en la religión, en las tradiciones, en las costumbres, que
son los bienes espirituales que configuran la patria.
En
este sentido hablamos de amistad cívica. El amigo cívico es el que
tiene en su corazón, ante todo, la realización de una convivencia
cívica digna, aún en la diversidad de posiciones. La pluralidad de
las interpretaciones es la irrenunciable materia del discurso
político, pero esta dialéctica es auténtica si se basa en un
horizonte de participación y de respeto.
Recuperar
la amistad social significa, para el político, no olvidarse que
debe tratar con personas que es preciso considerar como tales, más
allá del color partidario. Y que significa, para el ciudadano no
prescindir de la lógica del amor que regula la relación entre los
seres humanos.
Es
la única forma de superar la oposición entre amigos y enemigos
como constitutivos de la comunidad política. En la democracia no
existen los enemigos, solamente existen los adversarios políticos.
De lo contrario, se hace imposible dialogar acerca de un proyecto
común de convivencia.
Se
trata de construir una sociedad que no discrimina ni admite
exclusiones. Se debe, como criterio de acción, superar el
clientelismo político y buscar a los hombres mejores, a los más
capaces, honestos y competentes.
Debemos
pasar de una democracia del clientelismo político, de una
democracia de los amigos de los amigos, de una democracia del
ghetto, de una democracia de los puros, que descarta a todos los
otros impuros, a una democracia madura capaz de construir la Patria
como hogar para todos. Una democracia de servicio, de solidaridad,
de amistad cívica.
Cuando
el egoísmo de los hombres –gobernantes o ciudadanos- antepone el
bien de los individuos o del grupo, se quiebra la unidad de la
nación y se pierde la amistad política.
Esta
es la grave enfermedad que vive nuestra patria. Así lo dijimos los
obispos argentinos en el último documento "Testigos del
diálogo" cuando afirmamos: "Una vez más tenemos que
decirlo: los intereses sectoriales y corporativos siguen siendo
poderosos. Son las grandes barreras que impiden la construcción del
bien común. Esta es la gran enfermedad que padecemos los
argentinos... Es necesario curar de raíz esta enfermedad. Es la
hora de las reformas y de los grandes renunciamientos personales y
sectoriales. Es necesario abrir canales de renovación de la
política para que la energía volcada al malestar y a la protesta
se pueda traducir en la construcción de la paz y la amistad social.
En este momento hay gestos que nuestra dirigencia debe hacer y que
constituirán una clara opción por el bien común".
El
amor a la patria nos convoca a reflexionar y a comprometer nuestra
acción por construir una sociedad mejor. Depende de nosotros que
este ideal se haga realidad.
Demos
gracias a Dios e invoquemos la protección de Nuestra Señora de la
Merced sobre nuestra querida Patria, orando por el bien espiritual y
material de todos los argentinos.
Mons.
Luis Héctor Villalba,
arzobispo de Tucumán
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