TEDEUM
DEL 9 DE JULIO DE 2002
Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de
San Miguel de Tucumán
1.
Hoy celebramos un nuevo aniversario de la declaración de nuestra
independencia nacional, que tuvo lugar hace ya 186 años, en esta
ciudad de San Miguel de Tucumán.
Hoy celebramos el
verdadero nacimiento a la vida libre como Nación.
Nicolás Avellaneda afirmó lo siguiente: “El Congreso de Tucumán se halla
definido por estos dos rasgos fundamentales. Era patriota y era
religioso, en el sentido riguroso de la palabra; es decir católico. Su
patriotismo ostenta sobre sí el sello inmortal del acta de la
independencia y su catolicismo se halla revelado día por día en sus
decisiones o en los discursos de todos los que formaban la memorable
asamblea. Los congresistas de Tucumán se emanciparon de su rey,
tomando todas las precauciones para no emanciparse de su Dios y de su
culto...Querían conciliar la vieja religión con la nueva patria”.
Así resulta claro que
el Congreso de Tucumán nos independizó de la Madre Patria, pero
también manifestó la voluntad de no querer independizarse ni de
Dios ni de los principios cristianos.
El primer acto de los
congresistas fue implorar la ayuda de Dios. Así leemos: “A las
nueve de la mañana se reunieron los señores diputados en la casa
congresal y de allí se dirigieron a la Iglesia de San Francisco, donde
asistieron a la Misa del Espíritu Santo”.
Hoy también nos
reunimos para rezar por nuestra Patria.
Hoy damos gracias a
Dios por nuestro país y le pedimos su bendición, a fin de que la
prosperidad y el desarrollo alcancen a todos sus habitantes. Que “podamos
disfrutar de paz y de tranquilidad y llevar una vida piadosa y digna”,
como dice San Pablo en su Primera Carta a Timoteo (1 Tim.
2,1-2).
2. Estamos ante una
nueva etapa histórica en nuestra Patria.
Así como la Iglesia
estuvo presente en sus albores, hoy quiere estar presente en este
proceso, enseñando a leerlo desde el Evangelio.
Entre los muchos momentos
difíciles que hemos vivido en nuestra Patria éste es de los más
graves. Hay una sensación de decadencia moral que marca nuestro
presente como Nación.
Los Obispos hemos
afirmado que más allá de la crisis económica y política hay una crisis
fundamentalmente moral. Es una situación de crisis moral que aparece
por todas partes. Porque la deshonestidad, la mentira, la injusticia,
la ambición desmedida, la avaricia, la especulación, la corrupción en
la vida pública y privada afectan la vida de nuestra gente.
La crisis actual es fruto
de la irresponsabilidad de personas y sectores con poder, que no
buscan el bien común sino sus intereses egoístas.
Tenemos que
reconocer, con dolor, que ha habido un trastorno en la aceptación de
la escala de valores morales. Hoy se habla de la necesidad de fomentar
la ética social. El pueblo está ansioso de que se le gobierne con
honradez y de que se potencien los valores morales, como base del
perfeccionamiento social.
Pero, sin embargo,
debemos reconocer que a pesar de buenas promesas, no se ha intentado
seriamente poner en vigencia los auténticos valores morales que todos
preconizan.
Los que se dicen
cristianos tienen el deber sagrado de dar testimonio de honradez, de
sinceridad, de cumplimiento de la palabra, de respeto a los demás, de
preocupación y solicitud por las más necesitados, de practicar esos
valores morales que les urge su propia fe y su fidelidad al Evangelio.
Pero, es verdad, que
esos valores morales han de ser asumidos por todos, aunque no sean
creyentes, especialmente deben asumirlos los dirigentes y responsables
de la sociedad: los políticos, los empresarios, los financistas, los
gremialistas, los educadores, los medios de comunicación
Toda sociedad
necesita de una ética, de unos valores morales, que regulen la
actividad de los hombres y de los grupos.
No podemos cruzarnos
de brazos frente a una situación de decadencia moral.
Esto no se arregla
con discursos, ni con declamaciones. Esto se arregla poniendo los
medios adecuados, empezando por el ejemplo y el testimonio de todos
los que tenemos alguna responsabilidad ante la sociedad.
El país necesita de
una gran dosis de honestidad y de capacidad de sus dirigentes, y
cuando hablo de dirigentes me refiero a los políticos, a los
sindicalistas, a los empresarios, a los financistas, a los hombres de
la cultura, a los comunicadores sociales, y a los que están
comprometidos por su vocación y misión en la formación de nuestros
niños y de nuestros jóvenes.
3. Precisamente, un
caso de grave injusticia en el país es el que está viviendo la mayoría
de nuestros niños.
Los derechos de los niños
son los primeros derechos, sin embargo, estos derechos, hoy, no se
cumplen para la mayoría de nuestros niños.
Los derechos de los niños
contienen el mínimo necesario para la supervivencia y el desarrollo de
la infancia: el derecho a la vida, a la identidad, a una relación
armónica con los padres, a la alimentación, al abrigo, a la salud, a
la educación.
La situación de la
niñez en grandes zonas de nuestro país, en nuestra región del NOA y en
nuestra provincia, que fue la cuna de la Independencia, clama al
cielo.
Se trata de la vida
de seres inocentes, no responsables por ninguna causa de la injusticia
que padecen.
La magnitud de la
pobreza ha crecido a cifras alarmantes; se ha configurado una deuda
social, cuya proporción más alta recae sobre los niños.
El 55% de los menores
vive en hogares carenciados. Más de 7 millones de niños son pobres. De
éstos, 3 millones son indigentes.
La mortandad infantil
ha crecido en los últimos años. En el país alcanza al 20 por mil, en
nuestra provincia supera el 25 por mil.
Cuando existen los
medios humanos y técnicos para evitarlo, muchos niños mueren ante la
pasividad de los responsables de la sociedad. Si se aplicara el
principio de la prioridad de la infancia muchos niños podrían librarse
de la muerte.
En un país que
exporta granos y en donde sobran los alimentos, hay niños que no
comen. La desnutrición infantil está condicionando su vida como
adultos. Sabemos que la desnutrición en los niños produce daños
irreparables. Los comedores escolares son insuficientes en relación
con los niños que tienen hambre. Y la mayoría de los que funcionan
solamente tienen recursos para dar de comer una semana al mes.
Gracias a los comedores, que surgen de la solidaridad de la gente, en
algo se palia la situación. Pero ante la magnitud de las necesidades
todo es poco.
La deserción escolar
es alarmante. ¡Cuantos niños no terminan su escolaridad! Hay un
promedio del 30% de deserción escolar en el nivel primario y cerca del
50% en el secundario.
Mientras deberían
estar en la escuela, cerca de 1 millón de niños argentinos trabajan, a
veces, hasta 10 horas por día. En Tucumán se calcula que unos 25.000
niños trabajan en el campo en la cosecha del limón, de la frutilla,
del tabaco o de la papa.
El principio de la
prioridad de la infancia debe ser un compromiso de la Nación.
El país debe dedicar
recursos suficientes y bien administrados en la alimentación, en el
cuidado de la salud y en la educación de nuestros niños.
4. Es
urgente, pues, que se mejore la economía. Es urgente que se cambie la
política. Pero es más necesario, para bien de nuestro pueblo, la
reconstrucción de los valores morales.
La renovación del
país no será posible sin una conducta ética en sus ciudadanos y en sus
dirigentes. Sin base moral no se construye nada en serio.
Las ruinas de los
pueblos no se producen por factores de orden material: la crisis
económica es la consecuencia. Las naciones no mueren por ser pobres,
sino por ser inmorales.
La moral hace a la
vida de las personas, a la familia, a la sociedad en todos sus
aspectos. La moral tiene que ver con el aborto, el homicidio, el
adulterio, el robo, pero también tiene que ver con la empresa, el
estudio profesional, el consultorio, los planes económicos, el
comercio, los negocios y negociados, la coima, los impuestos, las
declaraciones juradas, el ejercicio de la justicia, el desempleo, los
honorarios, el alza de los precios, los cargos públicos.
Hace unos minutos, el
Evangelio que hemos escuchado nos ha presentado un diálogo entre Jesús
y un hombre que quería ser bueno para poder alcanzar la Vida eterna.
Jesús con una simplicidad sorprendente le dice que cumpla con los Diez
Mandamientos (Mt. 19,16-19). Esta recomendación del Señor
también es válida hoy para nosotros.
En cambio, parecería
que los argentinos nos olvidamos del Decálogo.
Debemos volver a los
Mandamientos. Ellos nos enseñan las cosas buenas que debemos realizar
y cuáles son las malas que tenemos que evitar.
Los diez mandamientos
recuerdan a los hombres los preceptos de la ley
natural que, desde el comienzo, Dios ha puesto en sus corazones.
Antes de ser escritos en
tablas de piedra, los diez mandamientos
fueron grabados por Dios en la conciencia y en el corazón del hombre.
Los diez mandamientos
ponen de relieve los deberes esenciales y los derechos fundamentales
inherentes a la naturaleza humana.
Los diez mandamientos, por
expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su
prójimo, obligan a todos y en todas partes. Nadie puede dispensarse de
ellos. Los mandamientos se dirigen tanto a los hombres de ayer como de
hoy y a los de mañana, porque compendian las exigencias éticas que son
propias del hombre de siempre.
Los Mandamientos
constituyen un fuerte llamado al hombre a ser un hombre verdadero,
esto es, a ser y a vivir de acuerdo a los auténticos valores humanos.
Este es el desafío del compromiso moral, ya que es del mismo hombre
que depende la edificación o la destrucción de su propia humanidad y
también de toda la humanidad.
En particular, al hombre
de nuestro tiempo, que parece desmemoriado frente a las instancias
morales y tener adormecida su conciencia, los mandamientos hacen sonar
un reclamo permanente, y constituyen una guía que nos señala el camino
a seguir y los límites para no salir del camino verdaderamente humano.
El Decálogo
forma un todo indisociable. Cada uno de los mandamientos remite a cada
uno de los otros y al conjunto, se condicionan recíprocamente: forman
una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar a los
otros. (Cf. Sant. 2,10-11). No se puede
adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. El
Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.
Los diez mandamientos son
una especie de brújula para la conciencia. Ante todo, porque formulan
de manera precisa y comprensible las instancias morales fundamentales
de todo hombre. En segundo lugar, porque el hombre tiene una capacidad
innata a recoger esta instancia como íntimamente unida a la verdad y
que lo realiza como persona.
Nos podemos preguntar:
¿qué pasos debemos dar para entrar en sintonía con el Decálogo, para
escuchar en nuestra conciencia la voz de los diez mandamientos?
En primer lugar hace falta
silencio. Un silencio interior capaz de percibir las voces profundas
que brotan de la conciencia y del corazón. Un silencio que permite
igualmente escuchar los gritos de angustia de los más necesitados.
Desgraciadamente, muchas veces, el hombre anestesia su conciencia para
no prestar atención a sus reclamos. Todos estamos obligados a entrar
en nuestro interior para oír el llamado de la conciencia.
En segundo lugar hace
falta oración. Sólo cuando el hombre se pone en conversación con Dios
puede percibir que las exigencias éticas fundamentales son el camino
para su perfección, para su felicidad, para ser verdaderamente hombre.
Dios quiere para el hombre
lo que es bello, noble, grande, bueno. Los mandamientos son los
indicadores de esta riqueza moral y espiritual. De esta manera los
mandamientos no son un peso, sino un don que Dios hace al hombre para
que el hombre pueda ser verdadera y plenamente hombre.
5. Aunque
es doloroso nuestro presente, miramos con esperanza nuestro futuro.
No se trata de una
esperanza efímera construida por nosotros, tampoco de una ilusión. Se
trata de la esperanza que se funda y tiene su raíz en Cristo Salvador
del mundo.
No existe situación,
por difícil que se presente, donde no sea posible, en la fe y en el
seguimiento de los principios cristianos, encontrar un camino de
salida.
Como un icono de la
auténtica esperanza cristiana, referida a las realidades de este
mundo, podemos asumir la esperanza de Abraham con respecto a la ciudad
de Sodoma, símbolo de la corrupción. Sodoma es el prototipo de una
ciudad y de una civilización degradada.
Y, sin embargo,
Abraham –como hemos escuchado en la primera lectura– no pierde la
esperanza y suplica e intercede, convencido de encontrar hombres
buenos y justos que con sus conductas salven a la ciudad. Y el Señor
consiente en el hecho de que cincuenta justos, o cuarenta y cinco, o
cuarenta, o treinta, o veinte, o, al menos, diez bastarían delante de
Dios para que la ciudad tenga todavía esperanza (Gn. 18,16-33).
Podemos concluir que
no es la cantidad lo que cuenta, sino la presencia de un fermento
capaz de transformar la masa, de la sal que no sea insípida, de una
luz que no se apague.
Hacen falta hombres,
con grandeza de alma, que pongan remedio a la decadencia moral y
social y que tengan el coraje de oponerse al mal y ser promotores del
verdadero bien.
Hacen falta hombres
magnánimos que realicen la esperanza del pueblo.
Como lo hicieron los
congresales de Tucumán hace 186 años, encomendemos a Dios, Nuestro
Padre, las preocupaciones de hoy y las esperanzas para el mañana.
Hagámoslo por la intercesión de Nuestra Señora de la Merced, Nuestra
Madre Celestial, que también en horas difíciles y aciagas extendió su
manto protector sobre nuestra querida Patria.
Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán |