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TEDÉUM DEL 9 DE JULIO DE
2003
Homilía pronunciada por Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
en el tedéum del 9 de julio de 2003
1.
Hoy nos reunimos en nuestra Iglesia Catedral para celebrar el 187
aniversario del Congreso de Tucumán que proclamó nuestra Independencia
nacional. La proclamación de la independencia sitúa al Congreso de Tucumán
en la línea divisoria de la historia patria, en el paso de la adolescencia
a la edad madura de la autodeterminación, que dio a la obra de Mayo el
sello de la autenticidad.
Lo primero que hicieron los Congresales,
después de declarar la Independencia, fue ir a la Iglesia de San Francisco
para dar gracias a Dios. Hoy también nosotros, en esta Iglesia Catedral,
damos gracias a Dios por el don de la Patria. Pero también pedimos perdón
por los pecados cometidos, especialmente los de carácter público, y
suplicamos sus gracias para continuar una tarea de renovación y progreso.
Hay un anhelo generalizado en nuestro país
hacia la transición. El paso de una situación a otra.
Desde hace tiempo nuestro país padece una
grave crisis. Se dijo repetidas veces que la crisis no es sólo económica y
política, sino que, en el fondo, se trata de una crisis moral. La cuestión
argentina es, fundamentalmente, moral.
Ahora bien ¿qué debemos hacer para curarnos
como sociedad? ¿Cómo lograr una maduración para crecer como personas y
como sociedad?
Sin duda que la crisis que las
instituciones padecen, y que da lugar al descontento de la ciudadanía, se
debe a la inconducta moral de personas que actúan en las diversas
estructuras del estado y de la sociedad, en todos los niveles. Similares
comportamientos, contrarios a las normas éticas, son luego aceptados por
muchos para justificar la propia indiferencia o las injusticias que
cometen en relación con la sociedad. De esta manera, nace una especie de
modalidad colectiva de astucia, una inclinación perversa para vivir en la
ilegalidad, que provoca desconfianza, desigualdades y heridas entre las
personas y los grupos sociales.
Se produce una mentalidad deformada que
privilegia la individualidad egoísta sobre el bien común. Estamos frente a
un problema cultural y moral.
¿Cómo sanar esta herida en la sociedad?
¿Cómo curarse?
Pienso que para curar una sociedad golpeada
por estos males, para frenar su desmoronamiento y para estimular los
valores, ciertamente presentes, hace falta un fuerte esfuerzo educativo.
No bastará con la sanción de normas
legales, con las reformas estructurales, con la renovación de los
programas políticos y con la actuación de la justicia. Todo esto,
ciertamente, podría ser importante y necesario. Pero hace falta, ante
todo, actuar sobre la persona. Se hace imprescindible hacer un llamado a
la individualidad y a la libertad de cada uno para que actúe como persona
humana responsable y miembro vivo de la comunidad.
No es posible hacer madurar al pueblo sin
educación.
El desarrollo del país no depende solamente
de sus recursos naturales. La grandeza de un país no pasa solamente por lo
económico, sino por lo cultural y educacional que lo sustentan. Es
necesario prestar una atención prioritaria a la educación.
Si queremos progresar, hace falta impulsar
la educación. No hay nación grande si no tiene una buena educación para
todos.
Para que nuestro país tenga “salida”, es
imprescindible que las escuelas funcionen, que los docentes asistan y que
todos los educadores realicen su tarea con tranquilidad económica y
espiritual.
Esto lo entendió muy bien Belgrano que
sostenía que la educación era el origen de la felicidad pública y la
palanca del progreso de las naciones. En un artículo en el Correo
Comercial del 17 de marzo de 1810 escribía: ”¿Cómo se quiere que los
hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que
haya acopio de ciudadanos honrados, ahuyenten los vicios, si no hay
enseñanza y la ignorancia va pasando de generación a generación con
mayores y más grandes aumentos?”.
Así comprendemos su gesto: La Asamblea
Constituyente del año 13 lo premia con 40.000 pesos por sus triunfos en
las batallas de Tucumán y Salta. El General Belgrano destinó dicha suma
para la instalación de cuatro escuelas en el norte, respectivamente, en
Tarija, en Jujuy, en Santiago del Estero y en Tucumán. Él mismo compuso un
reglamento para esas escuelas dando los criterios para la educación de la
niñez. Así dice en el artículo 5 del reglamento: “Se enseñará en esta
escuela a leer, escribir y contar; la gramática castellana; los
fundamentos de nuestra sagrada religión y la doctrina cristiana…; los
primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la sociedad, los derechos
del hombre en esta y sus obligaciones hacia ella, y al gobierno que la
rige”.
2. Tucumán no es sólo la cuna de la independencia sino también la
cuna de la educación en nuestro territorio nacional. La primera escuela
del país la comenzaron los padres franciscanos en 1566 en San Miguel de
Tucumán, en su primitivo emplazamiento de Ibatín.
Pero la educación es todavía una cuestión
pendiente.
Parecería que el Estado no apuesta a la
educación.
La educación debe ser una política de
Estado.
La educación es el medio normal para la
maduración del hombre y para insertarlo en la sociedad.
El Estado, en este problema básico de la
educación, tiene una misión importante para salvaguardar los derechos de
todos y para conseguir la igualdad de oportunidades .
Pero es la sociedad –los distintos grupos
sociales– la que tiene el derecho y el deber de procurar una educación
para todos, en un régimen de auténtica libertad.
El Estado debe favorecer y estimular la
iniciativa social.
Para la formación de la persona hay dos
talleres: la familia y la escuela.
La base de la sociedad civil es la familia.
En ella y por ella entran los hijos en la gran comunidad de los
ciudadanos. La familia ha de tener garantizado su derecho a la educación
que ella juzgue conveniente para sus hijos.
La familia es, en efecto, la primera
responsable de la educación. Es, sin duda, lugar privilegiado para la
educación integral de la persona. La vida familiar es el primer entorno de
socialización del niño, del aprendizaje de las normas de la vida, del
despertar de la conciencia moral, de la educación en el sentido del bien y
del mal. También para Jesús la familia de Nazaret fue su principal
escuela. Como dice el Evangelio: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en
estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc.
2,52).
Pero la tarea educativa no se agota en la
familia. Se prolonga y se complementa con la que realizan las
instituciones educativas de la sociedad. El concilio Vaticano II nos
recuerda que, entre ellas, la “de mayor importancia es la escuela que,
en virtud de su misión, a la vez que cultiva con asiduo cuidado las
facultades intelectuales, desarrolla la capacidad del recto juicio,
introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones
pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara para la vida
profesional, fomenta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole
y condición, contribuyendo a la comprensión mutua” (Concilio
Vaticano II, Declaración sobre la educación cristiana
Gravissimum Educationis Momentum, 5).
No hay posibilidad de progreso político o
de crecimiento económico sin un paralelo desarrollo social, que supone una
educación con igualdad de oportunidades reales y efectivas para todos sus
miembros. Especialmente se debe cuidar y proteger la educación de los
miembros más débiles o marginados. La democracia, que exige una
participación personal, consciente y comprometida, debe preocuparse por la
creciente educación de sus ciudadanos, para que no sean muchedumbres
gregarias, sino pueblo responsable.
La educación, como derecho inalienable, es
para todos. Sin embargo, esto todavía no es una realidad efectiva entre
nosotros.
La deserción escolar es alarmante. ¡Cuantos
niños no terminan su escolaridad!
La deserción escolar en la escuela
primaria, en los últimos 10 años, es del 32,50%. Esto quiere decir que uno
de cada tres niños no termina la escuela primaria. Pero, en el ámbito
rural, la deserción en la escuela primaria se eleva al 42,50%. Es decir,
que prácticamente la mitad de los niños del campo no terminan la escuela
elemental.
A esto hay que agregar que, si bien la Ley
Federal de Educación marca 10 años de escolaridad, son muchos los niños
que no pueden alcanzar esa meta. Esto se debe a que faltan aulas en las
escuelas elementales y que los colegios secundarios son insuficientes.
Miles de nuestros niños sólo pueden cursar hasta séptimo año. Alrededor de
20.000 niños, especialmente del interior de la provincia, están sufriendo
este problema.
Todavía el problema se agrava si tenemos en
cuenta los días de clase que se perdieron en los últimos tiempos. Los
niños que el año pasado terminaron el 7º año de la EGB, que para muchos de
ellos fue el último, sólo llegaron a cursar cinco años y medio.
En el nivel secundario o polimodal sólo
asiste el 14% de nuestros jóvenes. Pero hay que tener en cuenta que la
deserción, en este, nivel alcanza al 43,55%. Esto significa que solamente
8 jóvenes de cada cien terminan el ciclo secundario.
Mientras deberían estar en la escuela,
25.000 niños trabajan en el campo en la cosecha del limón, de la frutilla,
del tabaco o de la papa.
El problema de la infraestructura
educativa es enorme. Hacen falta más escuelas y más aulas y condiciones
más dignas. Hay escuelas que no merecen ese nombre: no tienen agua
potable, ni sanitarios, ni el mínimo de condiciones para desarrollar una
tarea educativa. En grandes zonas el hacinamiento escolar es alarmante, en
muchos casos con turnos intermedios, que disminuyen las horas de clases en
alrededor del 25%, y esto afecta a unos 15.000 alumnos de las zonas
periféricas de San Miguel de Tucumán.
3. El tema de la educación es
uno de los más importantes mirando el futuro de nuestra Patria.
La educación es el verdadero fundamento de
la grandeza del país. Por lo mismo, debemos poner los recursos necesarios
para lograr que todos puedan acceder a una educación de excelencia, en
todos los niveles, desde el inicial al superior.
La mayor de las pobrezas es la
falta de educación.
Nuestros niños no sólo tienen hambre de
pan, también tienen hambre de educación.
Debe lograrse una educación de calidad para
todos, pues es el recurso más necesario para combatir la pobreza. Es
preciso que la cobertura escolar llegue a la totalidad de la población
infantil. Esto exige contar con estructuras escolares adecuadas que
garanticen a todos los niños y jóvenes el acceso a la educación elemental
y media, combatiendo el analfabetismo, la deserción escolar y todo aquello
que obstaculice este derecho fundamental.
La educación se propone formar hombres
maduros y responsables que sepan usar rectamente de su libertad. Debe
lograrse una educación de calidad para todos que sea formadora de personas
y las capacite para el mundo del trabajo, pues es el recurso más necesario
para combatir la pobreza.
La escuela ha de preparar a nuestros niños,
adolescentes y jóvenes a fin de que sean capaces de hacer una sociedad
mejor: más justa, más comprensiva, más humana.
4. Jesús es Maestro: “Ustedes me llaman Maestro y Señor; y
tienen razón porque lo soy” (Jn. 13,13), nos dice Jesús.
La gente está asombrada de sus enseñanzas,
nos dice el Evangelio de San Marcos: “Todos estaban asombrados de su
enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los
escribas” (Mc. 1,22).
En el texto del Evangelio que hemos
escuchado, vemos como Jesús ejerce este ministerio de Maestro:
“Jesús recorría todas las ciudades y los
pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del
Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud,
tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no
tienen pastor” (Mt.
9,35-36).
Aprendamos a ser maestros contemplando al
Señor.
Jesús al encontrar al pueblo, siente una
gran compasión porque andan errantes.
Jesús siente compasión, misericordia, se
enternece, se conmueve por la situación de la gente. Jesús no es
indiferente ante la miseria humana. No pasa de largo.
Que también nosotros nos conmovamos, nos
despertemos de nuestro letargo, sintamos compasión por nuestros niños y
jóvenes que andan errantes.
La multitud estaba como ovejas sin pastor,
es decir errantes, a la deriva, sin rumbo.
Una persona ignorante, analfabeta, sin
educación adecuada, es un ser errático. El errar es propio del que no dio
con la verdad. La verdad es alcanzada por el conocimiento de uno mismo, de
los demás, del mundo, de las cosas y del fin último del hombre. Jesús
pastor vela por la recta orientación de sus ovejas. Les señala el camino,
las alimenta.
Como Pastor que se compadece, Jesús sabe
que la gente necesita que se le enseñe. Frente a la multitud desamparada,
el Señor comienza a enseñarles, como agrega el evangelista Marcos: “Y
estuvo enseñándoles largo rato” (Mc. 6, 34).
En otro texto, Jesús siente compasión por
la gente que tiene hambre y le dice a los discípulos: “denles ustedes
de comer”. (Mc. 6, 37). Aquí el Señor nos deja una misión.
La sociedad debe asumir esta tarea: no
puede dejar hambrientos de educación a tantos hermanos de nuestra patria.
El hambre material es urgente, pero el hambre de educación es importante.
No se puede descuidar porque trae peores secuelas y más difíciles de
revertir. Lo que tardó años en construirse, se lo está destruyendo en un
par de décadas.
La sociedad, el Estado, tienen la
obligación de dar el pan de la educación a cada niño, a cada adolescente,
a cada joven,
Hoy damos gracias por todos aquellos que
hicieron posible tener esta Patria que nos pertenece.
Debemos dejarla en herencia renovada. Por
esto, entonamos el Himno de acción de gracias a nuestro Padre Dios, Te
Deum Laudamus. A ti Señor, te alabamos, porque eres el autor de todo. Nos
comprometemos a que tu obra sea fecunda en nuestras manos.
Así sea.
Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
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