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25 años del pontificado de Juan Pablo II


Homilía pronunciada por Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de San Miguel de Tucumán

16 de octubre de 2003


Queridos hermanos:

1. Han transcurrido veinticinco años desde que la Divina Providencia dispuso que el Cardenal Karol Wojtyla, hasta entonces Arzobispo de Cracovia, fuera elegido Sumo Pontífice, el 16 de octubre de 1978.

Cuando ese 16 de octubre, en la Capilla Sixtina, inmediatamente después de ser elegido, se le preguntó: “¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?”, respondió: “En la obediencia de la fe ante Cristo, mi Señor, abandonándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente de las grandes dificultades, acepto”.

Este aniversario constituye para la Iglesia una ocasión privilegiada de gozo y de oración, de gratitud y de reflexión.

Nos encontramos en torno al altar para ofrecer el Santo Sacrifico, para dar gracias a Dios por los veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, por este regalo que hizo a la Iglesia y al mundo. Y a la vez, para pedir por las intenciones del Santo Padre, para que el Señor lo proteja y lo asista.

Veinticinco años que han abierto a Cristo las puertas del mundo.

Veinticinco años marcados por la cruz de Cristo y las cruces de la humanidad.

Veinticinco años que han universalizado realmente la misión de Pedro.

Veinticinco años dedicados a confirmar la fe de sus hermanos.


2. La primera lectura bíblica, tomada del libro del Éxodo, presenta la imagen de Moisés en oración con las manos levantadas al cielo, a la vez que desde una cima sigue la batalla de su pueblo contra los amalecitas. Mientras Moisés tenía elevadas las manos, Israel prevalecía. Dado que a Moisés le pesaban los brazos, le pusieron una piedra para que se sentara, al tiempo que Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. El permaneció en oración hasta la puesta del sol, hasta la derrota de Amalec, por parte de Josué (Cf. Ex. 17.11-13).

Este es un icono de extraordinaria fuerza expresiva: el icono del pastor orante. Es una referencia elocuente para todas las situaciones en las que el nuevo Israel, la Iglesia, tiene que combatir contra los diferentes “amalecitas”. En cierto sentido, todo depende de las manos de Moisés levantadas al cielo. La oración del pastor sostiene a la grey.

Así lo entendió Juan Pablo II desde el mismo comienzo de su pontificado.

El domingo 22 de octubre el Papa inauguraba su ministerio de Pastor Supremo. Esa misma tarde fue en peregrinación al santuario mariano de la Mentorella a 1.200 metros de altura y a unos 40 km. de Roma. Desde allí quiso anunciar al Pueblo de Dios que la primera tarea del Papa es la oración.

El Papa dijo en esa oportunidad: “He visitado con frecuencia el santuario de la Virgen de la Mentorella. Este lugar escondido entre los montes me atraía de modo  especial. Incluso unos días antes del Cónclave estuve aquí. Este es un lugar donde el hombre se abre a Dios de forma especial. Este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido también venir hoy. La oración, que es expresión de la relación del hombre con Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo”.


3. En la segunda lectura san Pablo exhorta a su fiel colaborador Timoteo diciéndole: Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su manifestación y de su Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar” (2 Tim. 4,1-2).

El ministerio apostólico, y, especialmente el ministerio de Pedro, consiste en primer lugar en la enseñanza. Como escribe también el Apóstol a Timoteo, quien enseña la verdad divina debe permanecer en lo que ha aprendido y se le ha confiado (Cf. 2 Tim. 3,14).

El magisterio del Papa ha sido de una fuerza y de una amplitud extraordinarias. A veinticinco años de su pontificado, es enorme la enseñanza que nos dio Juan Pablo II. Ha sido un maestro diligente y vigilante de la fe de la Iglesia. Ha tratado de acercar a los hombres de hoy la gran obra del Concilio Vaticano II. Ha procurado responder a las expectativas de los creyentes y saciar el hambre de verdad que siente el mundo. Frente a un dramático proceso de secularización, ha reavivado en el corazón los fieles la certeza de que sólo en Cristo podemos conocer a Dios y comprender al hombre; se ha hecho cargo de los grandes problemas morales y sociales de los que depende el futuro de la humanidad: la paz y la justicia, la libertad religiosa y civil, la integridad de la familia y la sacralidad de la vida.


4.Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16,18).

La Iglesia, construida sobre el sólido fundamento de la fe de Pedro, ha atravesado los siglos prolongando la misión de Cristo. Esta Iglesia convocada en la unidad y para ser sacramento de unidad, está construida sobre la roca de Pedro.

En la Iglesia y para la Iglesia, el ministerio petrino se ejerce como servicio de verdad y de comunión.

Juan Pablo II es un Papa del Concilio Vaticano II, de una Iglesia que se siente llevada por el Espíritu a dar nuevo impulso a la evangelización y al diálogo con el mundo contemporáneo.

Al comenzar su ministerio petrino el Papa dijo al mundo: “¡Abrid las puertas a Cristo! Las puertas de la cultura, de la economía, de la política, de la familia, y de la vida personal y social. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!”.

Estas palabras han llegado a ser el programa de toda la Iglesia. En efecto, después del Gran Jubileo del tercer Milenio, Juan Pablo II ha propuesto a toda la Iglesia, en continuidad con la intención original de aquel año 1978, un camino ideal: contemplar el rostro de Cristo, porque “los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver»” (Novo Millennio Ineunte, 16). Hacer ver el rostro de Cristo desde la koinonía eclesial, siendo en nuestras iglesias particulares, en la Iglesia universal, en cada comunidad, “casa y escuela de comunión” (Ib. 42 y 43).


5. Juan Pablo II es el Papa peregrino

Recordemos que Juan Pablo II ha sido el primer Papa que ha estado en nuestra tierra tucumana, en el año 1987. Las “visitas apostólicas” o “peregrinaciones”, como él mismo ha definido sus viajes pastorales, han conducido al Papa al centro de las situaciones eclesiales y humanas del mundo entero. Con esas visitas ha confirmado a los hermanos en la fe, los ha confortado en las dificultades y sostenido en las pruebas, ha sacudido las conciencias de los creyentes y no creyentes con respecto a la dignidad del hombre y de sus derechos, ha dado una prueba concreta de la universalidad del Evangelio de Cristo y de cómo la Iglesia puede ser fermento y estímulo para el desarrollo auténtico de la humanidad.

Juan Pablo II es un Pastor enamorado de Cristo y de María.

Firmísimo en la doctrina de la fe y audaz en los gestos pastorales.

Capaz de dialogar con el hombre de hoy.

El Papa del ecumenismo: garante y constructor de la unidad plena.

El Papa de los jóvenes, que convoca y despierta el entusiasmo y que siembra la esperanza en el corazón de la gente.


Queridos Hermanos:

Hoy nos alegramos en el gozoso día del veinticinco aniversario del feliz pontificado de nuestro Papa, Juan Pablo II.

A la vez, le aseguramos nuestra oración confiada y la de todos los fieles de la arquidiócesis por su salud y para que el espíritu Santo lo guíe con la plenitud de sus dones. También imploramos la benevolencia divina para que los planes del Señor se realicen conforme a su voluntad.


Mons. Luis Héctor Villalba,
arzobispo de Tucumán



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