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NUEVO
AÑO LECTIVO ESCOLAR
Homilía
de Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán,
en ocasión de la
apertura del
nuevo año lectivo que comenzó en las escuelas tucumanas
(Iglesia catedral, 25 de marzo de 2004)
Queridos hermanos y hermanas:
1. Me siento
feliz de encontrarme con ustedes y saludo cordialmente a todos:
directivos, docentes, personal, padres y alumnos de nuestros colegios.
Nos encontramos en
nuestra Catedral para rezar y pedirle al Señor que nos bendiga y acompañe
a lo largo de este año lectivo, que hace poco hemos comenzado.
Quiero expresarles mi
agradecimiento y mi reconocimiento por la tarea ardua, dura, pero a la vez
hermosa que realizan.
Sabemos que estamos
viviendo un tiempo difícil. Son muchos los problemas que afectan a nuestra
sociedad.
Es importante tomar
conciencia de nuestra situación. Pero no alcanza con hacer un buen
diagnóstico.
Tampoco tenemos que
esperar ningún salvador ni soluciones mágicas. Tenemos que comenzar a
trabajar en la construcción de la casa poniendo sólidos cimientos, con
realismo, con entusiasmo, con creatividad. “Hoy” tenemos que empezar a
sembrar, a esparcir la semilla si queremos tener “mañana” un árbol
frondoso que nos cobije con su sombra y nos alimente con sus frutos.
Los sólidos cimientos
que debemos construir, la semilla que debemos esparcir es la educación de
nuestros niños y jóvenes. Es un proceso lento, pero perdurable a lo largo
del tiempo.
Un proverbio chino
dice:
• Si vas a hacer planes
para un año, planta arroz.
• Si vas a hacer planes
para diez años, planta árboles.
• Si vas a hacer planes
para una vida entera, educa personas: hombres y mujeres.
Belgrano, tan cercano
al corazón de los tucumanos, decía: “Fundar escuelas es sembrar en las
almas”. Por eso no basta, aunque es necesario, sólo el desarrollo
económico. Hace falta la educación. El mismo Belgrano escribía: “Un pueblo
culto nunca puede ser esclavizado”.
2. En el Evangelio de san Juan, 3,22-30, que acabamos de escuchar,
nos encontramos con un breve discurso en el cual Juan Bautista toma
posición frente a una discusión entre sus discípulos y un judío.
Jesús y Juan el
Bautista bautizaban, cerca uno del otro, a orillas del Jordán. El éxito
que acompaña la actividad de Jesús provoca la envidia de los discípulos de
Juan. Éstos acuden a su maestro para hacérselo saber, ofreciéndole a Juan
el Bautista la oportunidad de dar su último testimonio acerca de Jesús.
Juan no comparte las
ideas mezquinas de sus discípulos. Los éxitos de Jesús no son motivo de
resentimiento ni de tristeza, por el contrario, se alegra de ello.
Juan afirma que si el
ministerio de Jesús se ve tan copiosamente bendecido, es porque Dios lo
quiere: “nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo”.
En cuanto a él, ya lo
ha dicho con toda claridad que no es el Mesías. Es simplemente el
precursor, el que prepara el camino del Señor.
El Bautista pasa ahora
a precisar mejor su relación con Jesús. Lo hace valiéndose de una
comparación sacada de las fiestas nupciales. Juan ocupa el lugar del
“amigo del esposo”. La mayor alegría del “amigo del esposo” es prestarle
sus servicios, en cualquier aspecto durante la celebración nupcial, pero
el personaje principal es el esposo. Juan Bautista ha cumplido su misión
respecto de Jesús: “Por eso mi gozo es ahora perfecto”, dice.
Y a modo de última
recomendación Juan Bautista dice a sus discípulos: “Es necesario que él
crezca y que yo disminuya”. Esta frase resume su misión. El “sol
menguante” es el símbolo del Bautista. El “sol creciente” es el símbolo de
Cristo.
3. Esta respuesta de Juan Bautista es una extraordinaria lección
educativa sobre cuál debe ser la actitud del educador.
El magisterio auténtico
tiene que ser un magisterio de testimonio y de servicio, cuyo destinatario
principal es el alumno.
Todos los que tienen
alguna responsabilidad en el quehacer educativo: los poderes públicos, los
gremios, los directivos, los docentes, los padres son “sol menguante”. Son
servidores, deben dar testimonio. El educando es el “sol creciente”.
“Es necesario que él
crezca y que yo disminuya”, dice Juan Bautista.
Para que el educando
crezca, yo debo disminuir. Una palabra dura que resuena otras veces en el
Evangelio: “El que quiera salvar su vida la perderá; y el que pierda su
vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (Mc. 8,35).
Debemos disminuir de
frente a los educandos. Es lo opuesto del plagio, que se da cuando el
educador crece y el educando empequeñece, se hace dependiente, incapaz de
autonomía.
La educación es lo
contrario: el educando crece y el que educa se retira.
Esta ley tiene una
aplicación extraordinaria. Pensemos cuando se da en la familia la
posesividad educativa que impide el crecimiento de los hijos. Quizás los
padres tienen un proyecto, un sueño y quieren imponérselo a sus hijos. Sin
duda con buenas intenciones, pero en detrimento del crecimiento del hijo.
Esta ley vale para la
familia, para los responsables de la educación, para la sociedad. En la
sociedad se llama “pasión por el bien común”, por el bien de los otros.
Una sociedad crece cuando cada uno, cada grupo, cada sector, mira más al
bien común que al interés particular. De lo contrario tenemos una sociedad
dividida, herida, en permanente litigio.
4. Nosotros somos servidores y queremos vivir nuestra misión con
alegría: “Por eso mi gozo es ahora completo”, dice Juan Bautista. Esta
expresión nos trae el recuerdo de las palabras de Jesús en la Última Cena:
“Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea
perfecto” (Jn. 15,11); como también aquellas palabras de los Hechos de los
Apóstoles: “La felicidad está más en dar que en recibir” (Hech. 20,35).
Cuando se educa así es
fuente de gozo. Educar da alegría, llena de alegría nuestra vida, nos hace
crecer como personas.
Por eso es tan
importante educar en un clima de gozo. Hay una profunda interrelación
entre educación y alegría.
Hay una consecuencia
todavía más amplia: la vida cristiana es vida en la alegría. La Iglesia
recibió el Evangelio como fuente de alegría.
5. Hoy celebramos, también, el día del Niño por nacer, por eso
dedicamos esta jornada a rezar por la vida.
Toda vida es un don. En
este momento rezamos y reflexionamos sobre el valor de toda vida humana,
para anunciar a todos la misión de acogerla y custodiarla.
Hacemos este anuncio a
las familias, a nuestras comunidades eclesiales, a la sociedad civil y a
todos sus responsables. No nos cansaremos de solicitar a todos y a cada
uno para que se reconozca siempre la dignidad de la persona. Se debe
defender y promover en nuestra legislación el derecho fundamental a la
vida, también la del niño por nacer.
Que la Virgen María,
Madre de la vida, interceda por cada uno de nosotros y de nuestros niños.
Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán
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