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SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y
SANGRE DE CRISTO
Homilía pronunciada por
monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán,
en la misa del Corpus Christi
13 de junio de 2004)
Queridos hermanos:
Con gran alegría
festejamos la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor en este año, que es
un año intensamente eucarístico.
En los primeros días de
septiembre próximo celebraremos, en la ciudad de Corrientes, el X Congreso
Eucarístico Nacional, bajo el lema: “Denles ustedes de comer”, tomado,
precisamente, del Evangelio que acabamos de escuchar. Una representación
de cada parroquia, como así también de las diversas instituciones y
movimientos arquidiocesanos, participarán del Congreso. Hoy la
Arquidiócesis de Tucumán se une al Congreso Eucarístico Nacional con esta
celebración del Corpus Christi.
La multiplicación de los panes
1.
En el sacramento de la Eucaristía, Jesucristo, encarnado en el seno de
María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente
de vida divina. La escena evangélica que nos relata Lucas (Lc. 9,11-17) es
uno de los más grandes milagros del Señor. La multiplicación de los panes
es una narración sencilla y sobria, pero de un sentido simbólico profundo.
Las palabras con que el Evangelio refiere la forma en que Jesús realizó el
milagro, nos recuerdan los gestos de Jesús en la Ultima Cena, cuando
instituye la Eucaristía: “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y
lo dio a sus discípulos” (Mc. 14,22-25). Jesús se manifiesta como el
Pastor que guía al rebaño, le enseña y lo alimenta.
El hambre del hombre…
2. Lo que Jesús
les da supera todas las necesidades: “todos comieron hasta saciarse y con
lo que sobró se llenaron doce canastas”, dice el evangelista. La solución
no la tenían los discípulos. Estaba en Jesús. Él mismo es la solución.
El milagro es un signo.
¿Qué significa? Los panes que solucionan resuelven el problema momentáneo
de la gente, representan al mismo Jesús. Él es quien sacia el hambre de
los hombres. El hombre es un ser que tiene hambre y sed. Es decir, un ser
insuficiente a sí mismo; un ser con continuas y múltiples necesidades de
nutrición, de cuya satisfacción depende su existencia presente. Desde el
aire para respirar, desde la leche materna, apenas atraviesa el umbral de
la vida; desde la comida y la bebida material, varias veces al día, hasta
esas otras mil cosas a las que tiende su vida por necesidad constitutiva:
el saber, el poseer, el gozar.
El hombre siente la
necesidad de obtener desde afuera lo que falta a su existencia, a su
desarrollo, a su salud, a su felicidad. Por eso mismo desea, estudia,
trabaja. Por esto quiere, sufre, reza, espera. El hombre está siempre
inclinado hacia algún complemento que lo sostenga y lo haga vivir en
plenitud.
El hombre tiene hambre
de pan.
El hombre tiene hambre
de verdad.
El hombre tiene hambre
de libertad y de justicia.
El hombre tiene hambre
de consuelo y comprensión.
El hombre tiene hambre
de amor.
Dice el Papa: “El
hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el
amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace
propio, si no participa en él vivamente”. (Carta encíclica Redemptor
hominis, 10).
El hombre tiene hambre
de paz.
El hombre tiene hambre
de espiritualidad.
El hombre tiene hambre
de Dios.
Cuando, en 1987, el
Papa visitó la Argentina nos dijo: “¡Ay de nosotros si no supiéramos
presentar hoy el Evangelio a un mundo que, a pesar de las apariencias,
sigue teniendo «hambre de Dios»!” (Homilía a los
consagrados y agentes
de pastoral, 10/4/1987). Este cuadro real lo resumimos en esta expresión:
el hombre necesita el pan que lo nutra, que lo sostenga, que prolongue su
caduca existencia. Pero no hay en la tierra pan que le baste; no hay pan
de la tierra que lo haga inmortal.
…Es saciada por cristo
3.
A esa hambre existencial responde la palabra de Jesús: “Yo soy el pan de
Vida...El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn. 6,48-51). Jesús
viene a saciar el hambre profundo que tiene el hombre.
Y para ello se ha
presentado como el Pan que puede calmar todas las hambres. Él es el
alimento que necesitamos. Cristo es el pan de la Vida. Cristo es el que
colma las aspiraciones, los deseos más profundos del hombre. Cristo se
reviste de las apariencias del alimento material para darnos el pan
espiritual, que es Él mismo; y, además, para reivindicar las exigencias
legítimas de la vida material. Por eso, antes de anunciarse como pan del
cielo, multiplicó el de la tierra para saciar a aquellos que, por
escucharlo, lo habían seguido a una zona deshabitada y que no tenían qué
comer.
Es Él quien, no ya bajo
las especies de pan y de vino, sino bajo aquellas de todo ser humano que
sufre y está necesitado, revelará el último día, el del juicio final, que
cuantas veces hemos socorrido a alguno, le hemos socorrido a Él mismo. Él
es quien nos dice: “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y
me dieron de beber...” (Mt. 25,35). Así la Eucaristía se convierte para
nosotros no sólo en el alimento para nuestras almas y para cada una de
nuestras comunidades cristianas, sino también en estímulo de caridad para
con todos nuestros hermanos que tienen necesidad de pan, de trabajo, de
ayuda, de solidaridad, de comprensión. Cristo es el pan de la vida. Cristo
es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades. Cristo es
necesario para toda acción verdaderamente social, esto es, fundada en el
amor y en el sacrifico de sí mismo por el mundo. Como el pan, Cristo es
necesario.
Consigna del plan arquidiocesano de pastoral
4.
Hoy, nuestra gente, como aquella multitud del Evangelio que seguía a
Jesús, también tiene hambre. Tiene hambre del pan material, que alimenta
el cuerpo y tiene hambre del pan espiritual, que alimenta el alma. Y, hoy,
Jesús nos repite, a nosotros, el mandato que, en aquella oportunidad, les
dio a los Apóstoles: “Denles ustedes de comer”.
¿Cómo podremos saciar
el hambre de nuestros hermanos y hermanas? ¿Cómo saciamos el hambre de
pan? ¿Cómo saciamos el hambre de verdad? ¿Cómo saciamos el hambre de amor?
¿ Cómo saciamos el hambre espiritual? ¿Cómo saciamos el hambre de Dios? La
respuesta es: “Mediante un gran esfuerzo misionero para impulsar la Nueva
Evangelización”. Y, para ello, como nos piden el Papa y el Episcopado
Argentino, hemos elaborado el Plan Arquidiocesano de Pastoral. Hoy tengo
la alegría de entregarles el Plan Arquidiocesano de Pastoral a
representantes de las diversas instancias eclesiales: sacerdotes,
religiosos, laicos, organismos diocesanos, decanatos, parroquias,
institutos de vida consagrada, asociaciones y movimientos, colegios
católicos. Agradezco a todos los que, con su oración, reflexión y trabajo,
han colaborado en su preparación. El Plan Arquidiocesano de Pastoral es un
compromiso de toda la Iglesia de Tucumán a renovar su vida y acción
pastoral, respondiendo a lo que el Señor y el magisterio de la Iglesia nos
están pidiendo. El Plan Arquidiocesano de Pastoral es tarea de todos,
requiere la participación de todos. Todos hemos de sentirnos
comprometidos. La puesta en marcha del Plan Arquidiocesano de Pastoral
requiere de una actitud interior de sincera aceptación del mismo. Se trata
de una disposición eclesial que no admite ausencias, ni realizaciones al
margen de su camino y su espíritu. Pongo bajo el amparo maternal de
Nuestra Señora de la Merced y el patrocinio de San José, el cuidado
pastoral de este camino evangelizador de nuestra Iglesia arquidiocesana.
Mons. Luis H. Villalba, arzobispo
de Tucumán |