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NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED


Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán, en la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced
24 de septiembre de 2004



Queridos hermanos:

1. Venimos en peregrinación desde todos los rincones de la arquidiócesis, de todas las comunidades, para honrar a Nuestra Señora de la Merced.

Nos hemos reunido para celebrar nuestra fiesta patronal. Queremos honrar a nuestra Madre y pedirle su protección. Desde la cruz, Cristo nos dijo a cada uno de nosotros: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn. 19,27). Le vamos a pedir, especialmente, que nos alcance la gracia de un renovado impulso de nuestra vida cristiana. La vida cristiana es vida de fe. La fe es la raíz, el fundamento de nuestra vida de hijos de Dios. Ser cristiano es ser creyente. San Juan, en su Evangelio, nos dice: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que El ha enviado” (Jn. 6,29). Tener fe es creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación. San Pablo escribe a los colosenses: “Es necesario que ustedes permanezcan firmes y bien fundados en la fe” (Col. 1,23). La fe es la aceptación plena de Jesús Salvador. No solamente una aceptación mental, sino una aceptación cordial de Él, una aceptación del corazón. Por lo mismo, una entrega total y confiada a su persona, a su poder salvador. Nos hace falta la profundización y el fortalecimiento de nuestra fe. Se hace indispensable una fe personal que lleve a la adhesión a la persona de Jesucristo, a su seguimiento, a una vida de comunión con Él y de servicio a nuestros hermanos. Este es el objetivo de nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral.


2. ¿Qué tal es nuestra fe?

Visitando las parroquias, recorriendo los barrios y los pueblos, me asombra constatar la hondura de la fe de mucha gente sencilla, que muestra una sabiduría evangélica. Pero también contemplamos lo contrario. Muchas veces hay una fe débil, una fe incoherente. Decimos que creemos en Jesús, en su Evangelio, pero no vivimos sus enseñanzas, no vivimos los mandamientos. El cristianismo no es sólo la religión de decir la verdad, sino, sobre todo, de practicarla. Jesús decía la verdad y realizaba la verdad del Evangelio que proclamaba. Jesús nos dice: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama” (Jn.14,15.21). No se puede vivir la fe sólo como un momento separado del resto de la vida. El cristiano debe ser tal en su vida concreta de todos los días. La fe debe iluminar toda la vida del cristiano, personal, familiar, social. En cualquier lugar que se encuentre, en cualquier situación, el cristiano debe ser fiel a su fe. El cristiano debe actuar conforme a los criterios evangélicos, en donde no hay separación entre la fe y las obras. Hoy padecemos una crisis de “modelos”. No hay mucha gente que practique lo que dice. Por la misión que tenemos en la vida se espera de nosotros que seamos tales modelos. En la familia se espera de los padres. En la escuela, en el colegio, en la universidad,  de los maestros y profesores. En la sociedad civil de sus dirigentes y gobernantes. En la Iglesia de sus pastores y sus dirigentes. ¿Los cristianos hacemos lo que decimos? Muchas veces sucede que, porque decimos lo que es justo y santo, creemos que ya lo practicamos. Hemos de tener presente las palabras del Señor: “¿Por qué ustedes me llaman «Señor, Señor», y no hacen lo que les digo?”. Esa queja de Jesús a sus oyentes, vale también para nosotros.


3. Jesús dice: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?... Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5,13-14). Y agrega el Señor: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt. 5,16).

Jesús nos ve como hombres insertos en la temporalidad de la vida, y no sólo como miembros de nuestras comunidades cristianas: “Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5,13-14). Por lo mismo, las buenas obras que Jesús espera de nosotros no son sólo las que hemos de realizar en el seno de la comunidad parroquial a la que pertenecemos, o de la asociación o movimiento apostólico que frecuentamos, sino también las que, como ciudadanos, estamos llamados a practicar en el mundo en que vivimos. El desafío fundamental que tenemos en nuestra sociedad argentina y tucumana es la mentalidad individualista  que provoca la ruptura de los vínculos y encierra a las personas y a los grupos en la defensa de sus propios intereses. Ante la realidad de un mundo desigual e injusto, que excluye a una enorme porción de hermanos nuestros, es urgente que asumamos el compromiso solidario. Por eso este año, con el Plan Arquidiocesano de Pastoral, nos hemos propuesto trabajar el valor de la solidaridad. La solidaridad es lo contrario de egoísmo. Ser solidarios es trabajar por rehacer la comunidad, el tejido social. La solidaridad está asociada a la idea de comunidad. El hombre no ha sido hecho para vivir solo y su destino individual está comprometido con el de sus hermanos, de cuya dependencia no puede sustraerse. Dios quiso salvar y santificar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino haciendo de ellos un pueblo, una comunidad, una familia (cf. LG 9). La solidaridad es una exigencia de la fraternidad humana y cristiana. Tenemos que salir de nosotros mismos, venciendo al egoísmo, y ser instrumentos de vida para los demás. Tenemos que hacernos cercanos y solidarios con los hermanos, especialmente con los que sufren. En un mundo donde reina la competencia despiadada, los cristianos estamos llamados a convivir como hermanos. La solidaridad es un compromiso firme y perseverante por el bien de todos, una virtud cristiana atenta a las necesidades del prójimo, que nos invita a mirarlo como un hijo de Dios.


4. Para superar la mentalidad individualista todos tenemos que recorrer el camino de la solidaridad. No es suficiente ser solidarios frente a una catástrofe, una inundación o alguna desgracia. Sin duda un acontecimiento de esa magnitud nos conmueve y nos interpela, pero la solidaridad debemos vivirla como una actitud permanente en nuestras vidas.

En diversas ocasiones el Santo Padre, Juan Pablo II, nos ha dicho que debemos globalizar la solidaridad. Esto significa que en nuestra conducta diaria, en el ejercicio de nuestra profesión, en la vida del barrio y de la ciudad, debemos ser solidarios. Debemos cultivar una espiritualidad para la solidaridad. La solidaridad comienza dentro de la propia familia.

La familia es la primera escuela de solidaridad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias, en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor. La familia es la célula primera y vital de la sociedad. Por eso se debe ayudar a la familia, apoyar a la familia, sostener a la familia, pues de esa manera estamos rehaciendo el tejido social. 

Para ser solidarios cada uno debe cumplir bien su deber de estado, con seriedad, responsabilidad y honestidad tanto el trabajador, como el empresario, el educador, el profesional, y el dirigente de cualquier sector  de la sociedad.

Ser solidarios es ser buenos vecinos, cercanos a todos. Preocupándonos por  solucionar las  necesidades del barrio: el problema del agua, de las cloacas, de la iluminación, de la seguridad. Ser solidarios es apoyar las campañas contra el alcohol, la droga, el juego, la prostitución. Ser solidarios es participar de la vida de la escuela de nuestros hijos, para ayudarla en sus necesidades. Ser solidario es cuidar lo “público”. Entre nosotros lo público no significa que algo es de todos, sino que es de nadie. Por eso deterioramos lo que pertenece a todos: tiramos la basura a la calle, no cuidamos los espacios verdes, destruimos los teléfonos públicos, pintamos las paredes de los frentes, contaminamos los ríos y el aire que respiramos. Ser solidarios es pagar los impuestos. Ser solidarios es crear fuentes de trabajo. La falta de trabajo genera excluidos de la sociedad. Nadie se reconoce a sí mismo sin el trabajo, que es un derecho fundamental de la persona humana. Tanto el estado como los empresarios deben promover nuevas fuentes de trabajo. Hoy no solamente tenemos pobres, tenemos pobres excluidos. Son pobres que han quedado afuera de la sociedad. Ser solidario es buscar, consolar con diligente cuidado y prestar las ayudas necesarias a los que carecen de alimento, de vestido, de vivienda, de medicinas, de trabajo, de instrucción.

Ser solidario es no anteponer el interés personal o de sector al bien común.


Queridos hermanos:

El amor de la Virgen la lleva a ser solidaria con los que la necesitan. Cuando la Virgen intuye que su prima Isabel, que va a ser madre, la puede necesitar, sin necesidad de ser llamada, corre solidariamente en su ayuda: “Se levantó y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá” (Lc. 1,39). María, con un corazón solidario, intercede ante su Hijo para ayudar a los esposos: “Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí” (Jn. 2,1). María se solidariza con su Hijo y participa de su cruz: “Junto a la cruz de Jesús, estaba su Madre” (Jn. 19,25). María acompaña solidariamente a la Iglesia que nace en Pentecostés: “Todos ellos, íntimamente unidos, perseveran en la oración, en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch. 1,14). Aprendamos a recorrer el camino espiritual que recorrió la Virgen.


Oh María, que has dado a Cristo al mundo y que acompañaste a los apóstoles en su misión evangelizadora, te pedimos que Jesús nazca en nuestros corazones y que como tú, lo podamos llevar a nuestros hermanos. Que seamos para los demás: en nuestra casa, en el barrio, en el trabajo, testigos de la solidaridad para poder construir una sociedad verdaderamente fraterna. Te pedimos por todos los que se sienten tristes y angustiados: para que tú hagas amanecer la esperanza de Cristo en sus corazones. Nuestra Señora de la Merced, patrona de nuestra Arquidiócesis, asístenos con tu materna protección.


Mons. Luis Héctor Villalba,
arzobispo de Tucumán



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