|
EL
JUEGO Y LA CONDICIÓN HUMANA
Comunicad de
prensa de monseñor Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
(3 de noviembre de 2004)
1. Se ha difundido, últimamente, la versión del posible aumento de
casas de juego en nuestra ciudad.
Ello plantea a la
conciencia de la comunidad la gran cuestión de los juegos de azar y
despierta el temor de la agudización de los males morales que ellos
entrañan.
Quiero advertir sobre
la gravedad de la instalación de estas casas de juego, por lo que en sí
mismas significan, por las consecuencias inmediatas que acarrean y por la
desconsideración que entrañan ante la difícil situación socio-económica
que están atravesando muchísimas familias.
2. El “Catecismo de la Iglesia Católica”, al explicarnos el séptimo
mandamiento, nos enseña que los juegos de azar resultan moralmente
inaceptables cuando privan a las personas de lo que es necesario para
atender sus necesidades o las de los demás, y que la pasión del juego
corre peligro de convertirse en una grave servidumbre (N° 2413).
Por lo anterior, cuando
el juego de azar supera el límite de un entretenimiento familiar y amical,
se convierte en un mal para la sociedad; y más aún cuando es organizado,
promovido y explotado económicamente por particulares.
Tampoco se lo puede
justificar diciendo que el dinero que se recauda se invertirá en obras de
bien: un axioma secular nos advierte que “el fin no justifica los medios”.
3. La primera víctima es el jugador mismo que, arrastrado por la
pasión del juego, no pierde la esperanza de ganar. En estas casas de juego
se suele crear un entorno que empuja a la corrupción y al vicio del juego
descontrolado y a otras gravísimas faltas morales como son la usura, la
prostitución, la drogadicción, etc.
El jugador apasionado
arriesga y muchas veces pierde aquello que pertenece a los hijos y a la
esposa. Es un acto de injusticia y, más aún, contrario al amor, que
lastima profundamente a la familia.
Por todo ello, es claro
que una sociedad, con sus autoridades al frente, debe procurar que las
personas, las familias y toda la comunidad se realicen plenamente en sus
verdaderos valores, y se aparten de todo lo que ponga en peligro o impida
su digno desarrollo.
4. Me veo obligado a insistir en esta común y constante enseñanza
de la Iglesia. Debemos esforzarnos en promover la educación, una cultura
del trabajo, el deporte y la recreación honesta y no lo que atenta contra
el hombre en lo personal, familiar y social.
Confío esta enseñanza a
la reflexión sincera no sólo de los católicos, sino a la de todos los
hombres de buena voluntad.
Hago un llamado a las
autoridades para que, buscando el bien común, no sigan un camino
equivocado.
A las familias, las
primeras afectadas, las invito para que aprovechen la oportunidad para
educar la conciencia de sus hijos con los principios de la templanza, la
justicia, la solidaridad fraterna, el espíritu de trabajo, y para que
hagan llegar su voz a las autoridades correspondientes.
Termino recordando las
palabras de San Pablo a los filipenses: “En fin, mis hermanos, todo lo que
es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y
digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe
ser el objeto de sus pensamientos” (Flp. 4,8).
San Miguel de Tucumán, 3 de noviembre de 2004.
Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
|