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II
CONFERENCIA ARGENTINA DE
RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIA
Disertación de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
Fundación del
Tucumán - 18 de
noviembre de 2004
1. Quiero, ante todo, agradecer cordialmente a la Fundación de
Tucumán por haberme invitado a participar de esta II Conferencia Argentina
de Responsabilidad Social Empresaria.
Me congratulo de poder
encontrarme con todos ustedes, que pertenecen al mundo de la empresa, de
las finanzas, de la economía, de la industria y del comercio.
Queridos amigos aquí
presentes, reciban mis fraternales saludos.
Me encuentro ante un
calificado conjunto de personas de cuya actividad depende una parte
considerable de la vida económica y, consiguientemente, el bienestar de
muchas familias.
Les expreso mi estima y
gratitud por la alta función que cumplen al servicio del hombre y de la
sociedad.
Ustedes saben bien que
la misión de la Iglesia no es dar soluciones técnicas a los problemas
socioeconómicos. Pero sí es parte de su misión iluminar las conciencias de
los hombres para que sus actividades sean realmente humanas, para
denunciar lo que degrada a la persona, para señalar que esta crisis es
fundamentalmente moral. Vivimos una crisis moral que aparece por todas
partes, una crisis que afecta a todos. Hay una sensación o una realidad de
decadencia moral que marca nuestra vida.
El hombre debe
descubrir y ser consciente que la fuente de su derecho, de su vida, está
en Dios. También la sociedad, que se forma con el esfuerzo y el corazón de
cada uno, deberá comprender que no podrá resurgir, ni disipar todo este
peso de miseria que la embarga, si no pone su fundamento en Dios.
La mayoría de los
argentinos tenemos algún grado de responsabilidad por los males que nos
afectan. Sin embargo, ésta es, sobre todo, una crisis de dirigencia.
Quienes detentamos mayores cargas en la conducción de algún aspecto de la
vida del país y de la provincia, somos más responsables de lo que nos está
pasando.
Ante esta situación
debemos decir una palabra desde el Evangelio. El Evangelio nos enseña que
la raíz de los males está en el corazón del hombre. Debemos cambiar el
corazón. Y para cambiarlo es necesario un serio examen sobre los deberes
sociales que cada uno tiene, y, de modo especial, los dirigentes de la
sociedad.
Hace unos diez años nos
decía el Papa a los argentinos: “Es oportuno recordar que la situación
social no mejora tan sólo aplicando medidas técnicas, sino también y,
sobre todo, promoviendo reformas con una base humana y moral, que tenga
presente una consideración ética de la persona, de la familia, de la
sociedad. Por ello - prosigue el Santo Padre -, sólo una nueva propuesta
de los valores morales fundamentales, como son la honestidad, la
austeridad, la responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el
espíritu de sacrificio y la cultura del trabajo, en una tierra como la
Vuestra que la Providencia ha creado fértil y fecunda, puede asegurar un
mejor desarrollo integral para todos los miembros de la comunidad
nacional” (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos argentinos con ocasión de
la Visita “ad limina”, 11/11/1995).
2. Con este Encuentro se quiere despertar y acrecentar la
Responsabilidad Social Empresaria
Como ejemplo elocuente
de esta solidaridad empresaria, quiero mencionar al Primer Centro de
Prevención de la Desnutrición Infantil de Tucumán “Madre Teresa de
Calcuta”, inaugurado hace poco, y que tuve la gracia de bendecir. La
Fundación del Tucumán facilitó la construcción y funcionamiento de este
Centro, acompañada por un importante grupo de empresas que, de esta
manera, dan un fuerte testimonio de Responsabilidad Social.
Dios quiera que sean
cada vez más las empresas comprometidas en acciones socialmente
solidarias. La empresa es un lugar privilegiado para organizar la
solidaridad.
La empresa no puede
tener, únicamente, la mirada puesta en la rentabilidad. Las empresas se
deben a las comunidades a las que pertenecen. La empresa debe incorporar a
su accionar una filosofía solidaria. Toda empresa -grande, mediana o
pequeña- en la medida de sus posibilidades, tiene una responsabilidad por
mejorar la calidad de vida de la sociedad en la que está instalada y
actúa.
Ciertamente la
responsabilidad de las empresas se extiende a diferentes ámbitos asumiendo
un verdadero rol social. En este sentido los programas de acción social
que pueden realizar son muchos, por ejemplo, el cuidado del medio
ambiente, la educación, la capacitación de su personal, el combatir la
desnutrición, la protección de la salud, el sostenimiento de la familia,
la construcción de viviendas, etc.
Cuando las empresas
realicen como algo natural acciones solidarias, estaremos dando un gran
paso en la edificación de una sociedad nueva.
3. El tema de esta II Conferencia es sumamente importante y sugerente.
Recurriendo a un
ejemplo bíblico, que ahora evoco, tengo la impresión de vivir la situación
de San Pedro: teniendo que ofrecer peces a Jesús, no sabe cuáles tomar
(ver Evangelio según san Juan 21,10-11). También a mí me sucedió para
elegir sobre qué temática concentrarme.
Me ha parecido oportuno
referirme a la creación de fuentes de trabajo como una de las mayores
responsabilidades sociales de una empresa.
Es verdad que el
problema de la desocupación no es fácil de resolver y que está conectado
con dificultades económicas generales, nacionales y mundiales, a la
necesidad de reestructurar las empresas y a la exigencia de emplear nuevas
tecnologías.
Pero también está en
conexión con una desmedida ansia de ganancia, y a no considerar la función
social del capital y a una mentalidad que mira únicamente su propio
interés.
El trabajo es un bien
primario que hay que defender.
Las relaciones de
trabajo son, ante todo, relaciones entre seres humanos y no pueden medirse
con el único método de la eficacia.
En los tiempos
difíciles y duros que nos toca vivir, no se puede abandonar a su suerte a
los obreros, que sólo tienen sus brazos para mantenerse.
Conviene recordar
siempre un principio importante de la doctrina social cristiana: “la
jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el
capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del
capital” (JUAN PABLO II, Carta encíclica Laborem exercens… sobre el
trabajo humano…, 23).
4. En mis Visitas Pastorales por las parroquias, tanto de la ciudad
como del campo, me encuentro con el deber de consolar y solidarizarme con
tantas personas sin trabajo, a las que, desgraciadamente, no les puedo
solucionar su angustioso problema.
El tema urgente es la
creación de puestos de trabajo.
Para toda persona, el
trabajo es un elemento esencial. Nadie se reconoce a sí mismo sin el
trabajo, que es un derecho fundamental. A través del trabajo, el hombre no
sólo gana el pan para su familia, sino que afirma su dignidad de hijo de
Dios y conserva su libertad.
El trabajo contribuye a
la formación de su ser, puesto que es parte integral de su vida diaria. La
ociosidad no infunde energía interior y no permite afrontar el futuro.
Asimismo, el trabajo brinda a cada uno un lugar en la sociedad, mediante
el justo sentimiento de sentirse útil a la comunidad humana y mediante el
desarrollo de relaciones fraternas; le permite participar en la vida de la
nación y contribuir a la obra de la creación.
Cuando más del 20% de
los tucumanos con deseos de trabajar se encuentra sin empleo, es evidente
que la creación de puestos de trabajo no es solamente un objetivo
prioritario, sino una obligación moral en conciencia de todo el conjunto
social. A esto tenemos que sumarle los subocupados. Sin duda va a ser muy
difícil, al menos a corto plazo, obtener resultados positivos sobre el
nivel de empleo. Pero hay que intentarlo, utilizando todos los medios y
revisando, si es preciso, las políticas utilizadas al respecto hasta el
presente.
Tucumán no puede
permitirse por más tiempo un despilfarro como el que suponen tantos
hombres y mujeres inactivos, y con ganas de trabajar. Ni deben ignorarse o
minusvalorarse los males de todas clases que de ello se están siguiendo
para la economía, la paz social y –lo que es más significativo– para las
familias, y para tantos hermanos nuestros que no tienen trabajo.
Entre las personas
dolorosamente afectadas por el desempleo, se encuentra un gran número de
jóvenes. Pienso, de manera especial, a cuantos hoy están buscando su
primer empleo. A muchos jóvenes la falta de trabajo les crea preocupación
y, a veces, profunda decepción. De hecho, ven cómo se les cierra el camino
para tomar una responsabilidad directa en la sociedad y, a menudo, tienen
que aplazar la formación de una familia. Esta situación, prolongada en el
tiempo, resulta peligrosa e insoportable, pues crea una barrera entre las
personas y la sociedad, y suscita un sentimiento de desconfianza, que no
contribuye a la formación de una conciencia civil.
El Papa en Laborem
exercens dice que la desocupación “puede convertirse en una verdadera
calamidad social” (Nº 18).
Diariamente encontramos
familias que necesitan a corto plazo soluciones tan elementales como
éstas: comer cada día, vestir, disponer de una vivienda digna,
beneficiarse de la Seguridad Social, comprar medicinas, pagar las cuentas
de la luz, del agua o del gas.
Las consecuencias de la
desocupación son, en muchos casos, ya irreparables: humillación,
angustia, depresión anímica y, como consecuencia, droga, delincuencia,
crisis familiares y situaciones personales desesperadas.
Hace apenas una semana
los Obispos argentinos dijimos que “el deterioro sufrido por grandes
sectores del pueblo” no sólo afecta “la capacidad de subsistencia de
muchos argentinos (vivienda, alimento, salud, seguridad), sino que están
heridos niveles profundos de su personalidad. Por ejemplo: dificultades
para comprender y razonar, sometimiento a las situaciones adversas del
entorno, incapacidad para enfrentar los problemas de modo resolutivo y
para proyectar la propia vida, no tener acceso equitativo a recursos
educativos adecuados, etc.” Y agregamos: “La Deuda Social se compone de
privaciones que ponen en grave riesgo el sostenimiento de la vida, la
dignidad de las personas y las oportunidades de florecimiento humano. Su
mayor inmoralidad reside en el hecho de que ello ocurre en una Nación que
tiene condiciones objetivas para evitar o corregir tales daños, pero que
lamentablemente pareciera optar por agravar aún más las desigualdades”
(Para profundizar la pastoral social, 88º Asamblea Plenaria de la
Conferencia Episcopal Argentina, San Miguel, 11 de noviembre de 2004, N°
4).
Es fundamental alentar
la inversión productiva, creando –en todos los ámbitos– las condiciones
favorables para la concreción de proyectos que agreguen valor a la
producción local mediante una industrialización eficiente que sea fuente
de trabajo para los tucumanos. De ahí que me atreva a hacer un llamamiento
responsable a todos los hombres de empresa.
Hay una obligación
moral de invertir, para quienes pueden hacerlo, en vista del bien común.
Los que poseen bienes o responsabilidades sociales deben enfrentar el
desafío de multiplicar las riquezas de nuestra patria y promover nuevas
fuentes de trabajo.
A su vez, entre los
principales deberes del Estado está el promover y garantizar las
condiciones sociales mínimas indispensables que faciliten dichas
inversiones, de manera que la actividad privada pueda ser determinante en
la creación de empleo.
Queridos hermanos y hermanas:
El carisma empresarial
es dado por Dios a determinadas personas para servicio de la familia
humana. Como todo carisma, el del empresario, es para el bien de la
comunidad. Como todo carisma, no es, ante todo, para provecho propio.
El carisma del
empresario es saber organizar, ordenar, producir riqueza, crear
desarrollo, humanizar en el ámbito de lo económico, crear cultura para
edificación de la humanidad.
Que la sensibilidad de
ustedes, creyentes y hombres de buena voluntad, les ayude a cumplir,
magnánimamente, la misión que tienen.
Colaboren con espíritu
de solidaridad en los problemas sociales que nos acosan.
Sean levadura en la
masa para construir una sociedad más justa y fraterna.
La Iglesia confía en
ustedes, los acompaña y alienta.
Permítanme que les
recuerde que no descuiden, por causa del trabajo, a sus familias y a sus
hijos. Y que dediquen el descanso festivo para el encuentro con Dios y a
un merecido esparcimiento.
San Miguel de Tucumán, 18 de noviembre de 2004
Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
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