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MISA CRISMAL


Homilía pronunciada por monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán, en la Misa Crismal (24 de marzo de 2005)


Queridos hermanos y hermanas.
Queridos sacerdotes:


1. Demos gracias a Dios, que nos reúne, una vez más, como presbiterio diocesano, para revivir el misterio de nuestro sacerdocio.

Esta Misa Crismal, que nos introduce a la celebración de la Pascua del Señor, es para todos nosotros un signo, esperado cada año, de nuestra comunión ministerial y de la misión pastoral que comparto con ustedes desde hace ya más de cinco años. La renovación de las promesas presbiterales, que vamos a realizar, nos vuelve a llevar a la unción recibida el día de nuestra ordenación. Los óleos que bendeciremos para toda la diócesis serán signos sacramentales de la acción penetrante del Espíritu. Ciertamente, por estos óleos, gracias a nuestro ministerio, recibirán la fuerza de lo alto los que serán bautizados. Serán confirmados en la fe los que reciban la Confirmación. Recibirán consuelo y esperanza los enfermos, pasión apostólica y santidad pastoral los nuevos presbíteros. Es hermoso pensar que  hoy están presentes en nuestra oración, mientras bendecimos los óleos, todos los que este año serán bautizados, confirmados, ordenados presbíteros y confortados con el óleo de los enfermos. Quiero en este momento recordar, de modo particular, a los sacerdotes enfermos que no están presentes. Oremos especialmente por la salud del Santo Padre y pidamos que la fortaleza que él encuentra en estas circunstancias sea la fortaleza de toda la Iglesia, y que su esperanza, sea también nuestra esperanza.

Nos unimos igualmente a la acción de gracias del P. Francisco Ibáñez y del Padre Raúl Videla que este año celebran sus bodas de oro sacerdotales. Quiero hacer memoria de los sacerdotes difuntos en este último año. En primer lugar del Cardenal Aramburu que pastoreó esta grey por más de veinte años; del Padre Marcelo, sacerdote lourdista, que durante muchos años trabajó en el Colegio Sagrado Corazón y en la Capilla de San Pedro de Colalao; de los Padres Rubén González, dominico y Ricardo Gutiérrez, franciscano.; del Padre Julio Gotelli, monje del Siambón y del Padre Ricardo Rodríguez, que fue párroco de San Antonio de Padua de los Ralos y de San Francisco Solano en la Banda del Río Salí.

A la oración por las vocaciones, agreguemos una intención por una renovación constante de nuestro presbiterio, para que crezca nuestra comunión y nuestro celo apostólico.


2. Este año la Iglesia está celebrando a la Eucaristía

El Papa nos pide que este año esté dedicado a vivir, especialmente, el misterio de la Santísima Eucaristía.

Sin sacerdote no hay Eucaristía. El sacerdote es el ministro de la Eucaristía. Esto nos hace comprender la importancia de la Eucaristía para la vida y el ministerio sacerdotal.

En esta Misa Crismal consideremos nuestra misión de servidores y ministros de la Eucaristía.

Hoy nos encontramos en la Catedral de la Arquidiócesis para vivir la institución del sacramento del Sacerdocio junto con el de la Eucaristía.

En la Última Cena hemos nacido como sacerdotes. Hemos nacido de la Eucaristía. En el Cenáculo, la víspera de su muerte en cruz, Jesús tomó el pan y luego el cáliz del vino, pronunciando sobre ellos las palabras de la consagración. El pan y el vino se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, ofrecidos en sacrificio para toda la humanidad. Jesús terminó este gesto ordenando a los apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 24). Con estas palabras les confió su propio sacrificio y lo trasmitió por medio de sus manos a la Iglesia de todos los tiempos. La vocación al sacerdocio es, pues, vocación para ofrecer in persona Christi su sacrificio.

La Eucaristía es el centro de nuestro ministerio.

Éste, ciertamente, no se limita a la celebración eucarística, sino que también implica un servicio que va desde el anuncio de la Palabra hasta la santificación de los hombres a través de los sacramentos y a la guía del pueblo de Dios en la comunión y en el servicio. Sin embargo, la Eucaristía es la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce.

El Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros del Concilio Vaticano II dice: “Los otros sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están íntimamente unidos con la Eucaristía y a ella se ordenan. Pues en la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo ...que da la vida a los hombres” (PO. 5).

A su vez la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, afirma: “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10).

La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes hará presente en cada rincón de la tierra, la obra realizada por Cristo. En todo lugar en que sea celebrada la Eucaristía, allí, de modo incruento, se hará presente el sacrificio cruento del Calvario, allí estará presente Cristo mismo, Redentor del mundo: “Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Cor. 11,26).


3. La Eucaristía es la fuente de la espiritualidad de comunión

La fuente de esta espiritualidad es la Eucaristía y la espiritualidad de comunión es el alma de nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral. La Eucaristía es el sacramento de la caridad. La Eucaristía es fuente de caridad. La Eucaristía es el sacramento de la comunión cristiana: nos une a Cristo y en Cristo entre nosotros. La Eucaristía se llama comunión, dado que por este sacramento nos reunimos con Cristo y entre nosotros. Celebrar la Eucaristía, recibir a Cristo en la Eucaristía, lleva el compromiso de realizar la comunión entre los hermanos. Debemos escuchar siempre las palabras de Jesús en la Última Cena cuando instituyó la Eucaristía: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn. 13,34-35).


4. La Eucaristía es la fuente de la misión de la Iglesia

Termina la Misa y comienza la misión.

La vida que los fieles recibieron en la Eucaristía, deben comunicarla a sus hermanos. En la Eucaristía la Iglesia renueva su conciencia misionera y recibe la fuerza para el envío. “Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer de ese día «el primero de la semana» (Jn. 20, 19) se presentó a los suyos para «soplar» sobre ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización” (Novo Millennio Ineunte, 58). Una comunidad que se deja formar por la Eucaristía comprende que Jesús quiere atraer a todos los hombres y, por lo mismo, se siente enviada por Cristo a cada hombre, a todos los hombres, a todas las situaciones humanas. La Pastoral Orgánica tiene como eje la Eucaristía. El Plan Arquidiocesano de Pastoral parte de la Eucaristía, se alimenta de la Eucaristía y culmina en la Eucaristía.


5. En la Carta que les escribí les daba algunas propuestas y recomendaciones para vivir con profundidad este año Eucarístico.

Debemos hacer durante este año un esfuerzo para dar a la Eucaristía dominical el puesto central que le compete en la vida parroquial, llamada “comunidad eucarística”. La Eucaristía debe ser el centro vital, el momento culminante, la forma unificante  de la vida de la comunidad cristiana. Poner a la Eucaristía en el centro de la comunidad es ir transformando a esa comunidad. El domingo, la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía. En la Carta Dies Domini el Papa nos recuerda que la participación en la Eucaristía debe ser para cada bautizado el centro del domingo. Y en Novo Millennio Ineunte nos dice que: “La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida...es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor, se convierte también en el día de la Iglesia que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad” (N° 36). Pienso que puede ser útil volver a leer y reflexionar mi Carta Pastoral del año 2001 sobre la Eucaristía: “Hagan esto en memoria mía”. Allí les decía de la importancia de la educación litúrgica y, por lo mismo, la necesidad de ofrecer a los fieles una adecuada catequesis litúrgica  que les permita una participación más plena, piadosa, activa y consciente en las celebraciones de los sagrados misterios. (Cf. Constitución sobre la sagrada liturgia, Sacrosanctum Concilium, 14 y 18). También, en la Carta, recomiendo, incrementar, o si no lo hay, instituir el Equipo de liturgia y cuidar de los diversos servicios en la celebración litúrgica.


Queridos sacerdotes:

¡Volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía!

Entremos en la escuela de la Eucaristía. En ella encontraremos el consuelo prometido por Jesús la noche de la Última Cena, el secreto para vencer la soledad, el apoyo para soporta los sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía para confirmar nuestra fidelidad a la vocación, la fuerza para el apostolado.

Termino con las palabras que les dirige el Santo Padre en este año eucarístico:

“Ustedes, sacerdotes, que cada día repiten las palabras de la consagración y son testigos y anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, déjense interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y orando frecuentemente ante el Sagrario” (Mane nobiscum Domine, 30).

Que la Santísima Virgen, “Mujer Eucarística", nos haga gustar la grandeza del misterio eucarístico y nos renueve el fervor para celebrar cada día los santos Misterios.



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