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HOMILÍA DE MONSEÑOR VILLALBA


Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán al asumir como administrador apostólico de la diócesis de Santiago del Estero
(31 de agosto de 2005, catedral Basílica)



Queridos hermanos y hermanas:


1.
“Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (2 Tes. 1,2).

Con estas palabras del Apóstol Pablo los saludo a ustedes, iglesia diocesana de Santiago del Estero, a la que por designio de la providencia de Dios y por voluntad del Papa Benedicto XVI vengo a servir transitoriamente hasta la llegada del nuevo Obispo.

Abrazo con particular afecto a los sacerdotes. Quiero asegurarles mi deseo de servirlos, acompañarlos y sobre todo amarlos con un amor semejante al de Cristo cuando los llama “amigos”.

A los seminaristas mi palabra de afecto y confianza. Les digo: ustedes son la esperanza de nuestra Iglesia diocesana. Aprovechen a vivir los años de formación, como un tiempo de gracia en orden a prepararse para el ministerio que el Señor les reserva en el futuro.

Saludo con especial cariño a los consagrados y consagradas. Den testimonio constante de la búsqueda de Dios y de la dedicación absoluta a la construcción del Reino.

Saludo con afecto paternal a todos los fieles de la diócesis: a los niños, a los jóvenes, a las familias, a los ancianos.

Saludo a los laicos especialmente comprometidos en las diversas Asociaciones y Movimientos.

Saludo a los que colaboran en la obra de la evangelización en las parroquias, en las capillas, en las Escuelas Católicas: a los catequistas, a los voluntarios de Caritas, a los misioneros, a los que trabajan en la pastoral de la salud, en la pastoral de la juventud, en la pastoral familiar, en la pastoral litúrgica, en la pastoral social y a todos los agentes de pastoral en general.


2. Hoy la Iglesia de Santiago del Estero vive un intenso dolor por la renuncia de Mons. Maccarone y las causas que lo motivaron. Es el momento de renovar nuestra confianza en el Señor.

En el Evangelio de Marcos, que acabamos de escuchar, se nos narra la escena de la tempestad calmada.

El Señor había estado enseñando a la gente. Para quedarse libre de la multitud y descansar un poco, da a los discípulos la orden de navegar hasta la otra orilla.

“Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua”, nos dice el Evangelista (4,37).

El viento es una potencia misteriosa, que no se sabe de dónde viene. A esto hay que agregar el furor de las olas. Frente a este binomio, la pequeña barca parece destinada a hundirse. Parece no tener recursos válidos para oponerse. Parece el fin.

Entonces se produce la reacción de los discípulos. Los discípulos no pueden entender que el Señor duerma. No entienden si es consecuencia del cansancio o de insensibilidad o de no valorar el peligro.

¿Qué hace Jesús? No minimiza el peligro. Da una orden y el Evangelio dice: “El viento se aplacó y sobrevino una gran calma”  (4,39).


3. Esta escena evangélica es nuestra, habla de nosotros, de nuestra Iglesia Particular, nos interpela.

También  nosotros, como los discípulos en la tempestad, tenemos miedo. Son muchas las amenazas.

Las tempestades pueden estar en nuestro corazón: turbaciones, ansiedades, temores, tentaciones, desánimos, falta de esperanza.

Es la experiencia que tantas veces sentimos cuando nos envuelve la tempestad de la prueba, del dolor, del mal, de la enfermedad, de la desgracia. Nos preguntamos: ¿Por qué a  mí? ¿Por qué Dios permite estas cosas? ¿Por qué calla?

Y entonces como los discípulos gritamos: “¡Sálvame, Dios mío, porque el agua me llega a la garganta! Estoy hundido en el fango del Abismo y no puedo hacer pie; he caído en las aguas profundas y me arrastra la corriente... que no me ahogue la corriente, que no me trague el abismo, que el Pozo no se cierre sobre mí”. (Salmo 69,2-3.16).

En ese momento hace falta retornar al diálogo con el Señor: “¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?” (4,39). Él espera nuestro grito para dar su respuesta.

Y entonces escuchamos la voz de Jesús que nos dice: “¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?”. Respuesta que no siempre significa necesariamente el fin de las dificultades, pero si la paz y la certeza de que Él nos acompaña.

No pretendamos dar respuestas fáciles, sino tomemos en serio las palabras de Jesús.

No son nuestras explicaciones las que resuelven los problemas, sino la fe.

¿Cómo llegar al acto de fe? Como el padre del niño poseído por un demonio: pedir la ayuda para creer: “Creo, ayúdame porque tengo poca fe” (Mc. 9,24). Como los discípulos pedir: “Auméntanos la fe” (Lc. 17,5).

Si el Señor permite estas tempestades es porque sabe que puede poner en nuestros corazones la fuerza, la energía, la calma, la inteligencia, para hacer frente a los vientos y a las olas que nos amenazan.

Afrontemos con ánimo sereno las tempestades, porque estamos apoyados en la roca que es el Señor, a quien el viento y las olas obedecen. La última palabra no la tienen las criaturas, aunque potentes, como el viento y el mar, sino el Señor Jesús que vino a salvarnos.

Las tempestades pueden estar en nuestra Iglesia.

La narración de la tempestad calmada es también un símil de la Iglesia en medio de los embates de la historia. También ella, a veces, parece zozobrar. La misión de la Iglesia se hace difícil.

A veces nos atemorizamos frente a las dificultades, las pruebas, los embates. Nos llenamos de miedo y pensamos que la misión de la Iglesia puede fracasar.

A lo largo de la historia, la Iglesia enfrentó dificultades, persecuciones. Pero siempre experimentó la presencia de Jesús: “Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20).

Hoy nuestra Iglesia diocesana sufre el dolor y el desconcierto de nuestro pueblo. Pero tenemos que tener la certeza de que Cristo está con nosotros. No nos asustemos.


4. La comunidad cristiana primitiva que leía la narración de Marcos se detenía en el anuncio cristológico: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (4,41).

La respuesta aflora espontánea: ¡Ningún otro, sino Dios en persona!

Es una invitación a la fe en Cristo, como Hijo de Dios, que Marcos dirige a la comunidad.

Es un mensaje de esperanza: “Sobrevino una gran calma” (4,39).

Esto tiene valor para nuestra Iglesia diocesana. El Señor está dentro de ella y la conduce.

La narración de la tempestad calmada nos pide un salto cualitativo. Seguramente tenemos fe, creemos en las afirmaciones del Catecismo, pero todavía nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado, que actúa en la historia, es débil.

Siempre estamos tentados de decir frente a las dificultades, ¿por qué no actúa? Nos escandalizamos del Jesús débil, del Jesús que calla.

Jesús en cambio nos dice: todas estas fuerzas negativas, no son tan peligrosas, yo las hago inoperantes para el que cree.

Para el que cree, las tempestades, las dificultades no son peligrosas. Cristo las domina.

El problema está en creer. Creer que Jesús es el Mesías resucitado que está en nuestra barca y nos salva de todo naufragio.

Debemos aceptar que la Iglesia es siempre una barca débil en medio de las tempestades. Y no buscar otras seguridades humanas.

La clave de todo esto está en el conocimiento de Jesús, débil y crucificado. Del Mesías cercano a nuestros sufrimientos, del Mesías que mediante nuestra participación en estos sufrimientos, nos guía por su camino hacia Jerusalén.

La imagen de Jesús, del Mesías del que nos podemos escandalizar, está a las puertas de nuestro corazón, que anhela siempre un Mesías de las soluciones fáciles, un  Mesías que convierte las piedras en panes, un Mesías que permita que caigamos desde la parte más alta del templo sin hacernos daño.

Estamos llamados a la verdadera fe en Jesús Mesías, que pacifica profundamente el corazón y que nos permite pasar por las pruebas de la vida, transformándoles el sentido, como hizo Jesús mediante la redención.

Este es el camino cristiano.

De lo contrario corremos el riesgo de construir un Mesías a nuestro gusto, que después nos desilusiona, porque nos damos cuenta de haber construido un ídolo y no haber encontrado, alabado y adorado al verdadero Dios.

La diócesis de Santiago del Estero está comprometida en la Nueva Evangelización, pero el punto fundamental, el punto de partida, está en la calidad de nuestra fe en Jesús resucitado, Señor, Mesías, en Jesús débil, pobre, que pasando por la muerte alcanza su gloria.

Por mi parte, les digo que no habrá ruptura ni se detendrá la marcha de la diócesis. Quiero continuar el camino trazado por los pastores que me precedieron y proseguir juntos la marcha hacia el futuro dejándonos guiar por la confianza y la obediencia al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia.

En el nombre del Señor de los Milagros de Mailín y bajo la mirada maternal de Nuestra Señora de la Consolación de Sumanpa “Naveguemos Mar Adentro y echemos las redes”.


Mons. Luis Héctor Villalba, administrador apostólico de Santiago del Estero



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