CLAUSURA DE LA SEMANA DIOCESANA DE PASTORAL
Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán y
administrador apostólico de Santiago del Estero en la clausura de la
Semana Diocesana de Pastoral
(17 de setiembre
de 2005, Santiago del Estero)
1. En primer lugar, demos gracias al Señor por esta Semana de
Pastoral que está concluyendo.
En estos días hemos
vivido una fuerte experiencia de comunión eclesial.
Lo que hemos trabajado
esta Semana lo traemos al altar para celebrar la Eucaristía.
El pan y el vino que
llevamos al altar y que ofrecemos es el fruto del trabajo del hombre, de
nuestro trabajo. En ese pan y ese vino, ponemos en el altar todo lo que
vivimos, reflexionamos y trabajamos en estos días.
Que el Señor tome y
convierta nuestro esfuerzo en don y en gracia para nuestra Iglesia
diocesana. Que convierta ese pan, ese vino, en su Cuerpo, en su Sangre,
que alimenten nuestra vida.
Así nuestra vida se
hace Eucaristía en el altar y la Eucaristía se hace vida cotidiana al
servicio de la salvación del mundo.
Queremos dar gracias a
Dios por todo lo que nos regaló en estos días y, a la vez, pedirle que
siga bendiciendo y acompañando el caminar de nuestra Iglesia Diocesana.
2. Acabamos de escuchar el texto del Evangelio de San Mateo sobre
la parábola de los viñadores.
Esta parábola nos
muestra la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas que
son llamados por Él y enviadas para que trabajen en ella. La viña, para
nosotros, es nuestra diócesis que debe ser evangelizada según el designio
de Dios.
El Señor llama a los
obreros a su viña a distintas horas de la jornada: a algunos al alba, a
otros hacia las nueve de la mañana, a otros al mediodía y a las tres, a
los últimos hacia la cinco. Así el Señor llama a su seguimiento en todas
las edades de la vida: a algunos desde la niñez, a otros en la juventud, a
otros en la adultez y a otros en la ancianidad. Como así también llama a
trabajar en su viña según las diversas vocaciones: en el sacerdocio, en la
vida consagrada, en el laicado.
“Volvió a salir a media
mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: «Vayan ustedes
también a mi viña y les pagaré lo que sea justo»“.
El llamamiento del
Señor no cesa de resonar. En nuestros días la Iglesia tiene una mayor
conciencia misionera y ha escuchado de nuevo la voz del Señor: “Vayan y
hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir
todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del
mundo” (Mt. 28, 19-20).
“Vayan ustedes
también”. La llamada a la misión no se dirige sólo a los sacerdotes, a los
religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos. También los laicos
son llamados personalmente por el Señor, para realizar su misión en la
Iglesia y en el mundo.
3. Los laicos cumplen una función importante en la edificación de
la comunidad cristiana.
Gracias a Dios, tenemos
el testimonio de tantos laicos que trabajan en la catequesis, en Cáritas,
en la pastoral de los enfermos, como misioneros, como animadores de la
oración, como ministros extraordinarios de la comunión, como responsables
de los movimientos apostólicos, etc.
Pero a los laicos les
corresponde, principalmente, ordenar las realidades temporales según la
voluntad de Dios, en el vasto campo de la cultura, de la vida económica y
social y de la acción política.
Son miembros de la
Iglesia en el corazón del mundo.
Evangelii Nuntiandi
dice: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del
mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por
lo mismo una singular forma de evangelización. Su tarea primera e
inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial
-ésa es la función específica de los pastores- sino el poner en práctica
todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez
presentes y activas en las cosas del mundo” (N° 70).
En octubre próximo se
realizará el Congreso de Laicos que tiene como lema: “Hacia la Argentina
del Bicentenario” y quiere profundizar el proceso de participación de los
laicos como miembros de la Iglesia en la vida del país, consolidando su
condición de ciudadanos.
Lamentablemente, son
todavía pocos los laicos que han vencido la apatía, la indiferencia ante
las urgentes necesidades sociales. Quizás los cristianos tengamos que
hacer nuestro examen de conciencia por no haber sido más protagonistas en
la construcción de una sociedad más humana.
Mons. Luis Héctor Villalba, administrador apostólico de
Santiago del Estero |